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El Papa de la esperanza

EVARISTO AGUADO RAIGÓN/SECRETARIO GENERAL DE EMASAGRA
IDEAL Granada, 12 de abril de 2005
LA virtud más propia del hombre para vivir en libertad es la esperanza. San Agustín lo expresó bien cuando hablaba del caminante: si pierde la esperanza de llegar a término, se detiene. ¿Para qué seguir si todo esfuerzo carece de sentido?
Juan Pablo II ha llenado de esperanza al mundo y, sobre todo, a Occidente. Definía nuestra cultura como la «cultura de la muerte». Nos falta ilusión, ganas de vivir, nos refugiamos en el placer inmediato, el consumismo, el confort y la diversión. Tenemos miedo a quedamos a solas con nosotros mismos y necesitamos ir a todas partes con los auriculares puestos, oyendo música, con la radio encendida o viendo la televisión aunque nos aburra. Incluso entre muchos católicos se ha olvidado el sentido del recogimiento interior, de la oración «encerrado en tu aposento», a solas con Dios.

El Papa rezaba continuamente. Llevaba siempre el Rosario en la mano, también cuando estaba con las multitudes. No sabía estar distraído, disperso, desparramado; estaba siempre con Dios y con los hombres. Rezaba por todos. Llevaba sobre sí el peso de la humanidad entera. Quizás no éramos muy conscientes entonces, pero los frutos de tanta oración han sido abundantes: muchos hemos recuperado la esperanza, sabemos que vale la pena vivir y sufrir, porque nos ha enseñado el valor del sacrificio y del dolor.
En la 'Fides et ratio' (n. 71) escribió: «los cristianos aportan a cada cultura la verdad inmutable de Dios, revelada por Él en la historia y en la cultura de un pueblo De esto deriva que una cultura nunca puede ser criterio de juicio y menos aún criterio último de verdad en relación con la revelación de Dios». Estas palabras nos vienen muy bien a nosotros, que creemos ingenuamente que poseemos el monopolio de la verdad y del bien, de la defensa de los Derechos Humanos, y juzgamos a los demás, también a la Iglesia, con criterios temporales, relativos y superficiales. Juan Pablo II nos ha mostrado que, si Occidente pierde sus raíces cristianas, los valores que han fundamentado su cultura se vuelven contra el hombre y se convierten en un peligro contra la vida y la convivencia.

Es duro tener que reconocer estas verdades y, sin embargo, basta ser mínimamente objetivos para aceptar el diagnóstico. «Se ha de tener presente que uno de los elementos más importantes de nuestra condición actual es la 'crisis del sentido'» (n. 81). La ciencia avanza continuamente, los medios de comunicación nos informan de todo en cuanto sucede, la educación llega a todos; creemos que lo sabemos todo, pero desconocemos el sentido de tantos conocimientos y tanta información. Por eso vivimos al día, tomando decisiones sin criterio, movidos por impresiones, sentimientos o slogans; vamos muy deprisa, pero no sabemos a dónde. Quizás porque la velocidad es la única fuente de placer que hemos inventado.
Juan Pablo II, sin embargo, insiste: «lo más urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad y su anhelo de un sentido último y definitivo de la existencia» (n. 102). Estamos tan atiborrados de bienes materiales que hasta el anhelo más profundo del hombre hemos reducido al silencio. Sus enseñanzas y el ejemplo de su vida santa han movido al mundo, han reducido a escombros el telón de acero y el muro de Berlín. Pero todavía debe caer otra muralla: la de la suficiencia revestida de superficialidad, la que Occidente ha levantado, un muro de papel y de ondas, un muro mediático y virtual que nos impide conocer la verdad y llenar de sentido, de esperanza, nuestra vida.

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