José Antonio Senovilla. Vicario del Opus Dei en Rusia (y Ucrania)

miércoles, 10 de agosto de 2016 ·

Conocí a José Antonio Senovilla cuando era el prototipo de lo que hoy se llama un emprendedor. Tenía proyectos para sí y para cualquiera que se le acercara. Muchas personas con espíritu emprendedor se le acercaban en busca de asesoramiento y encontraban, normalmente, aliento para ir más allá de lo que nunca soñaron. Luego trabajamos juntos unos cuantos años y comprobé en carnes propias su empuje y magnanimidad.

Solo una persona de su magnanimidad y empuje podía ordenarse sacerdote entrado ya en años y marcharse a comenzar la labor estable del Opus Dei en Rusia. Así, sin saber ruso y, casi, sin saber ser cura. José Antonio merecía una entrevista, y así lo entendió el Diario Jaén, que le abrió una página entera en su Dominical del pasado domingo. Esto es lo que escribió:

D. José Antonio (i) con un amigo sacerdote


"En Jaén, la ciudad en la que nací y a la que vuelvo siempre que puedo, como ahora, aprendí de Rusia lo que habitualmente un niño alumno de los Maristas puede saber sobre el país más grande del mundo: Rusia ocupa más o menos un sexto del territorio del planeta. En el colegio aprendí algo de su historia: los Zares; la revolución que dio paso a la Unión Soviética… En mis años de estudiante escuché algo de su música (Chaikovsky, Borodin, y muchos otros) y, sobre todo, leí bastante de su profunda y habitualmente triste literatura: ¡cuánto ayuda a entenderse a uno mismo la lectura de la particular historia de Ródia Roskólnikov, y sobre todo de su novia Sonia, verdadera heroína en Crimen y Castigo; o la de Natasha en Guerra y Paz, Anna en Karénnina o Aliósha en Los Hermanos Karamásov!

Rusia es un país rico en materias primas (en un país tan extenso, puedes encontrar casi de todo), pero sobre todo en su gente: gente acostumbrada a sufrir, viviendo en condiciones muchas veces extremas, de clima, de invasiones, de guerra. La gente aquí goza de una dignidad que impresiona, no relacionada con lo que tienen, sino con lo que son y se saben.

Al terminar el Colegio, me fui a estudiar en la Universidad: entonces en Jaén sólo había la Escuela Normal de Magisterio, la Escuela de Peritos y poco más. Estudié Derecho en Sevilla y luego en Granada. Al acabar la carrera, encontré trabajo en Almería, en el mundo de la empresa, y allí pasé diez años muy intensos, muy felices.

Por aquel entonces Dios ya me había llamado al Opus Dei. Siempre tuve la seguridad de que Dios esperaba algo de mí, hasta que a través de un compañero de clase conocí las actividades que organizaba el Opus Dei para gente joven en un pequeño chalet de la calle Arquitecto Verges, a cinco minutos andando de mi casa (esto, en Moscú, suena asombroso: a cinco miutos andando de tu casa! Aquí te consideras afortunado si vives a menos de quince minutos de la parada del metro más cercana!).

Supuso un ruptura de mis propios límites: una cosa es que una locura se me ocurra a mí, y otra muy distinta que sea una invitación que viene “como caída del Cielo”. Por eso, cuando me preguntaron si quería venirme a Rusia, a comenzar la labor del Opus Dei , sin dudarlo dije que sí…

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Pero he dado un salto quizá demasiado grande en mi particular biografía: diez años como abogado en el mundo de la empresa en Almería, otros diez años Granada colaborando en las tareas de formación y dirección en el Opus Dei… y, de pronto, ¡oh, sorpresa!, el Prelado del Opus Dei -me conoce muy bien y sobre todo sé que me quiere bien!- me preguntó: hijo mío, ¿estás dispuesto a que te ordene como sacerdote?

Y así, después de terminar los estudios y ordenarme en Roma, volví a Sevilla para unos años de prácticas. Y allí fue, un 28 de junio donde me preguntaron si estaba dispuesto a irme a Rusia: “El idioma es duro, el clima es duro… Piénsalo bien”. No lo pensé nada en absoluto, contesté en seguida que sí. Pero aquel día en Sevilla hacía calor, unos 45, y por la noche, ya en la cama, con la emoción, me hice mi propia cuenta: chaval, vas a pasar de los 45 sobre cero de Sevilla a los 30 bajo cero de Moscú: la diferencias son… ¡75 grados! Pero Dios hizo al hombre muy adaptable al medio…

Mi amigo Paco, compañero de estudios en Granada y siempre muy directo, me decía: oye, estás un poco loco: primero te haces cura “a mitad de carrera” y luego te vas a Rusia. ¿Estás seguro? La pregunta me hizo gracia, porque no se me había ocurrido “no estar seguro”: la idea no era mía, sino del de arriba. Y yo, como mi paisano de Arjonilla, García Morente, estaba seguro de una cosa: si Dios me lo pedía, Él se encargaría… Hasta el momento al menos, funciona…

Y nos vinimos a Moscú: con bastante poco dinero para empezar (esto es carísimo!), sin hablar una palabra de ruso… Vinimos cinco: de México, de Italia, de Francia, de Lituania, de España. Y aquí llevamos va para diez años: el cinco inicial, más los que fueron llegando (de Chile, más de España), más los primero rusos del Opus Dei… ¡Es muy bonito! Preguntan al principio: oye, ¿tú vivías mal en España, como para venirte a Rusia? (muchos lo que querrían es irse de Rusia a España!): no, no es por eso… es… ¡por ti!

En estos nueve años cumplidos de aventura rusa hemos vivido muchas historias y hemos hecho muchos kilómetros. El verano pasado estuve con un grupo de voluntarias en un campamento solidario en Sajalín, al norte del Japón: a siete mil quinientos kilómetros al este de Moscú. (Adjuntos foto en la orilla del Pacífico, cuarenta kilómetros al norte de la isla de Osaka). Allí las voluntarias ayudaban a niños y ancianos, y yo ayudaba al párroco, un polaco muy valiente que se pasa el año allí solo, con su gente: todo el año solo... Pero hay gente así de buena.

Desde Moscú viajamos a muchas ciudades, desde donde nos piden ayuda. Recuerdo mi primer viaje a Siberia. Una chica de Omsk vino a vivir a la residencia de la Obra en Moscú: buscaba la Iglesia Católica. Y me pidió que fuera a bautizar a su abuelo, un viejecito soviético de origen alemán (de los deportados por Stalin a Siberia: “¡venga, fuera del tren, aquí, en mitad de la estepa desierta y nevada, a cuarenta bajo cero! Venga: fuera!”. Vladimir quería bautizarse y no podía salir de casa. Y allí nos fuimos: fue un bautizo muy bonito.

Viajamos mucho a San Peterburgo, porque hay allí unos curas heroicos, que llevan catorce años dejándose la vida y la salud para sacar adelante una parroquia con una gente majísima, en la ciudad más bonita de Rusia: la ciudad de Pushkin, la antigua “Aldea de los Zares”… Acaban de volver a consagrar la iglesia, después de que los comunistas se la robaran para hacer una sala de conciertos. Si vais a San Petersburgo, no dejéis de visitarles: son gente muy simpática y acogedora. Os mando foto de la Consagración para que os suenen las caras: el Arzobispo, los curas de allí, los que les acompañamos en aquel momento y los mejores parroquianos del mundo. Para que os hagais una idea, además de la ciuad de Pushkin, atienden la República de Komi, junto al Círculo polar ártico, veintitrés horas en tren al norte de Moscú…

El Prelado del Opus Dei me tiene mucho cariño y se mete mucho conmigo: “hijo mío, tienes un país pequeño para encima irte al de al lado!”. Y es que desde hace siete años viajamos todos los meses a Ucrania, para atender a la gente de allí que quiere recibir la formación cristiana que podemos brindarles.

Ucrania es un país aparte. ¡Qué gente más buena! ¡Si parece de Jaén! En cuanto llego a Kiev y pongo la tarjeta del teléfono empiezan a llamar de todo el país: ¿tienes un rato para hablar? ¡Voy a verte! Y vienen desde Jaárkov, desde Jersón, desde Odessa, desde Lvov, desde Ternópol… Quinientos, setecientos kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, solo para poder tener un rato de conversación, de dirección espiritual con un sacerdote del Opus Dei… Y vienen católicos de rito latino, y de rito oriental, y ortodoxos. Os envío una foto con mi amigo el padre Oleg, un sacerdote ortodoxo de Jersón, en el sur de Ucrania, que dice que el espíritu de vida cristiana cabal en lo ordinario le ha enseñado a unir su fe con su vida… y que es lo que transmite a sus feligreses.

Hay que rezar por la paz en ese país de gente increíble. El año pasado, el Arzobispo de Kiev (fallecido repentinamente hace pocas semanas, a una edad muy temprana) estuvo en Jaén, invitado por nuestro obispo Ramón, rezando a la Virgen de la Capilla por la paz en Ucrania… y ahí vamos, poco a poco…

Termino, porque si no esto sería inagotable. Hace unos días Dios, que me quiere mucho, me hizo un regalo estupendo e inesperado. Pude atender, con otro sacerdote que venía desde Almería, a un grupo de chicas de Jaén y de otras provincias andaluzas, que venía a Ucrania a ayudar en un campo de trabajo con niños en Shitomir, una ciudad de camino entre Kiev y Cracovia. Han sido diez días absolutamente inolvidables. ¡Qué gente! ¡Que corazones más abiertos, más generosos! La gente estaba impresionadísima de que no se hubieran ido de vacaciones a la playa y hubieran venido a Ucrania a atender a niños de familias muy humildes, y a ayudar en la catedral. Fue tal la sintonía entre las jaeneras y los ucranianos, que el domingo, en la Misa en la Catedral, les aplaudieron y luego no paraban de darles besos y regalos. Y yo pensaba: Jesús, ¡qué bueno eres! Dejé mi tierra y aquí están las hijas de mis amigos, de mis compañeros de colegio y de facultad, derramando un montón de cariño a gente que ni conocen ni volverán a ver. Es como si el Señor me dijera: anda, que te mandé lejos; pero de vez en cuando te dejo disfrutar con tus paisanos.


2 comentarios:

Juan Ángel Brage dijo...
10:15 a. m.  

Completamente de acuerdo

Alberto Tarifa Valentín-Gamazo dijo...
10:31 a. m.  

Gracias por comentar, Juan Ángel.

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