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San Pablo en Atenas

San Pablo en el Areópago
Rafael Sanzio (1515-1516 ) 
Londres, Victoria & Albert Museum
He releído recientemente el discurso de San Pablo en el Areópago de Atenas* y me ha fascinado su actualidad: es un ejemplo plenamente útil para la comunicación de la fe en el Occidente contemporáneo.

Atenas

Atenas. Año 52 d.C. 16 o 19 años después de la muerte y resurrección de Cristo. Algo así como si estos hechos fundamentales hubieran ocurrido en 2000 y Pablo llegase a Atenas hoy. En realidad, menos tiempo, porque entonces todo iba mucho más despacio que ahora, y 17 años entonces eran un ayer.

Atenas era una ciudad en decadencia. Aún conservaba el aura de capital cultural del Mundo; pero el centro de poder y cultura se había desplazado hacia el oeste, a Roma. Un ejemplo con todas sus limitaciones, como si habláramos hoy de París y Nueva York.

En Atenas se mezcla un materialismo desencantado y un sincretismo religioso que resulta en un relativismo muy parecido al de hoy día en Occidente: “Porque todos los atenienses y los extranjeros que residían allí, no tenían otro pasatiempo que el de transmitir o escuchar la última novedad”.

Pablo de Tarso llega solo a Atenas desde Berea escapando a la persecución de los judíos de Tesalónica. Mientras espera la llegada de Timoteo y Silas, “Pablo sentía que la indignación se apoderaba de él, al contemplar la ciudad llena de ídolos”.

Discute con los judíos en la sinagoga y en el ágora, la plaza pública, con los que pasaban por allí. Algunos filósofos epicúreos y estoicos dialogaban con él.

Los epicúreos, discípulos de Epicuro (341-270 a.C.) eran materialistas, no creían en los dioses o los consideraba ajenos al mundo de los hombres; su ética acentuaba la importancia de los placeres sencillos -nada que ver con el hedonismo actual- y la tranquilidad.

Los estoicos, fundados por Zenón de Citium (340-265 a.C.), veían en el logos la causa que configura, ordena, y dirige el universo y la vida de los seres; razón y principio último de lo existente, inmanente en las cosas; suponía un panteísmo; su ética insistía en la suficiencia y la responsabilidad del hombre, y hablaba un lenguaje de libertad, aunque concebía al ser humano movido por la fuerza irresistible del destino. Una contradicción también muy actual.

Interesados, estos filósofos le conducen al Areópago para saber más de lo que Pablo enseña. El Areópago designaba antiguamente una colina al noroeste de la Acrópolis de Atenas; más tarde indicaba el tribunal que tenía allí las audiencias. En ese momento indicaba tanto la colina como el tribunal, que se había trasladado al Pórtico Real, en el ágora. Es probable que el discurso tuviera lugar en este pórtico; así al menos lo han representado los pintores.

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El Discurso

Es el recogido más extensamente de los pronunciados por San Pablo a los paganos. Constituye probablemente el primer modelo conocido de apologética cristiana: tiende a mostrar la naturaleza razonable del cristianismo y lo mucho que puede decir al pensamiento humano sin prejuicios. Como se sabe, los discursos de San Pablo a los judíos se basan en el cumplimiento de las Escrituras.

San Pablo lleva tiempo ocupado en predicar el Evangelio a paganos, según un esquema que habla primero del único Dios vivo y verdadero y anuncia a continuación a Jesucristo, Salvador divino de todos los hombres (cfr 2 Tm 1,9 - 10).

El motivo central del discurso está en que el hombre tiene su origen en Dios y, por eso, conserva una nostalgia de Él que le impulsa a buscarle.

Los Padres de la Iglesia desarrollaron con gusto esta imagen: «Si alguien levanta su atención un poco sobre lo corporal y, liberado de la servidumbre y sinrazón de las pasiones, examina su propia alma con pensamiento honesto y sincero, verá claramente en su naturaleza el amor de Dios hacia nosotros y el designio del Creador. Observando de esta forma, descubrirá que es esencial y natural al hombre el deseo hacia lo hermoso y óptimo; descubrirá también, sembrado en su naturaleza, el amor impasible y feliz hacia aquella Imagen inteligible y bienaventurada de la que el hombre es copia» (S. Gregorio de Nisa, De instituto christiano).

Después de una introducción destinada a atraer la atención de los oyentes -la clásica captatio benevolentiae- y anunciar el tema principal (vv. 22-23: Atenienses, veo que sois, desde todo punto de vista, los más religiosos de todos los hombres. En efecto, mientras paseaba mirando los monumentos sagrados que tenéis, encontré entre otras cosas un altar con esta inscripción: «Al dios desconocido». Ahora, yo vengo a anunciaros eso que adoráis sin conocer**.), el discurso se divide en tres partes:

1) Dios es el Señor del mundo y no necesita habitar en templos fabricados por hombres (vv. 24-25: El Dios que ha hecho el mundo y todo lo que hay en él no habita en templos hechos por manos de hombre, porque es el Señor del cielo y de la tierra. Tampoco puede ser servido por manos humanas como si tuviera necesidad de algo, ya que él da a todos la vida, el aliento y todas las cosas.);

2) el hombre es criatura de Dios y depende en todo de Él (vv. 26-27: Él hizo salir de un solo principio a todo el género humano para que habite sobre toda la tierra, y señaló de antemano a cada pueblo sus épocas y sus fronteras, para que ellos busquen a Dios, aunque sea a tientas, y puedan encontrarlo. Porque en realidad, él no está lejos de cada uno de nosotros.);

3) existe una relación entre Dios y el hombre, de modo que la idolatría es un error (vv. 28-29: En efecto, en él vivimos, nos movemos y existimos, como muy bien lo dijeron algunos de vuestros poetas: «Nosotros somos también de su raza». Y si nosotros somos de la raza de Dios, no debemos creer que la divinidad es semejante al oro, la plata o la piedra, trabajados por el arte y el genio del hombre.).

La cita invocada por San Pablo en su discurso (v. 28: «Nosotros somos también de su raza»), en singular, es del poeta estoico Arato (siglo III a.C.). La forma plural, utilizada por el Apóstol, parece aludir a un verso análogo del himno a Zeus escrito por Cleantes (también del siglo III a.C.).

Más allá de la intención de captar la benevolencia de los oyentes para su mensaje, en esta invocación se descubre el respeto de Pablo y de los cristianos por lo que de hay de verdadero en las manifestaciones de la cultura humana: «Hay en la cultura profana — escribe San Gregorio de Nisa — aspectos que no debemos rechazar a la hora de crecer en la virtud. La filosofía moral y natural puede ser, en efecto, compañera de quien desea llevar una vida elevada (…), a condición de que su fruto no conserve ninguna contaminación extraña» (De vita Moysis 2,37)

Sigue una conclusión en la que exhorta a los oyentes a abandonar sus errores acerca de Dios y decidirse al arrepentimiento, teniendo en cuenta el Juicio Final que realizará Jesucristo resucitado (vv. 30-31: Pero ha llegado el momento en que Dios, pasando por alto el tiempo de la ignorancia, manda a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan. Porque él ha establecido un día para juzgar al universo con justicia, por medio de un Hombre que él ha destinado y acreditado delante de todos, haciéndolo resucitar de entre los muertos.).

El efecto del discurso

Pero el discurso tiene otra cara. Al hablar de la resurrección de los muertos las respuestas se dividen (v. 32: Al oír las palabras «resurrección de los muertos», unos se burlaban y otros decían: «Otro día te oiremos hablar sobre esto.): «Se acepta muy comúnmente que, después de la muerte, la vida de la persona humana continúa de una forma espiritual. Pero ¿cómo creer que este cuerpo tan manifiestamente mortal pueda resucitar a la vida eterna?» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 996).

Para ello es necesaria la fe, que Dios da a los que le buscan con sincero corazón (v. 34: Sin embargo, algunos lo siguieron y abrazaron la fe. Entre ellos, estaban Dionisio el Areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos otros.): «Nosotros creemos firmemente que la naturaleza humana no es capaz de buscar a Dios y de descubrirlo con pureza si no es ayudada por Aquel que ella busca. Y Él es descubierto por aquellos que, después de haber hecho lo que podían, reconocen tener necesidad de Él» (Orígenes, Contra Celsum 7,42).

* Biblia de la Universidad de Navarra, texto y comentarios.
** Las citas son de Los Hechos de los Apóstoles en la versión web vaticana.


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