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'Fumata' blanca

JOSÉ GARCÍA ROMÁN/
IDEAL Granada, 17 de abril de 2005

LLEVO grabado en mi memoria el recuerdo de la muerte de Juan XXIII. Cuando se supo que entraba en la agonía, el mundo se conmovió y hasta algunos ateos 'rezaron' por su salud. A pesar de que en la Plaza de San Pedro una inmensa multitud esperaba el milagro, a las 19,49 del día 3 de junio de 1963 expiraba el 'Papa de la bondad', una gigantesca figura disfrazada de hombre gordito, de estatura pequeña y aspecto vulgar, que en menos de cinco años de pontificado conquistó cientos de millones de corazones, y cuya obsesión fue la de volver a hacer inteligible el mensaje cristiano, mostrando el verdadero rostro de Cristo y la misión de la Iglesia en un tiempo de cultura cambiante. Hoy aún me sigue sorprendiendo su expresión: «El Pontífice no hace cálculos políticos, se limita a sonreír y a amar evangélicamente». Y es que Juan XXIII poseía un arma muy poderosa: la sonrisa que fluía de un amor encarnado en una personalidad luminosa que supo abrir ventanas para propiciar renovación de aires, actitudes y compromisos. Cuando a su muerte los obispos pidieron a Pablo VI la beatificación, el Papa contestó que la Iglesia tiene su tiempo, mientras por las calles del mundo resonaban canciones dedicadas a su memoria, editadas en 'singles' cuyos minisurcos cantaban las virtudes del cautivador Juan XXIII.

Otro Papa, de los más breves de la historia, inició un cambio sorprendente cuando se asomó a la 'loggia' vaticana el 26 de agosto de 1978, como sucesor de Pablo VI, fallecido a las 21,45 del 6 de agosto. Se propuso establecer un comedor diario, dotado de los mejores servicios, para ir los domingos a servir a los pobres, imitando al papa Gregorio Magno. Era su afán. Por ello aquellas palabras que darían la vuelta al mundo: «Diez discursos menos y un testimonio de caridad más». ( ) «Los pobres y los enfermos son la eterna prueba con la que los cristianos miden la sinceridad y la verdad de su fe, ante Dios y los hombres La pobreza no es sólo un problema de pan, vestido y casa sino también de marginación, de soledad, de abandono, de enfermedad y de falta de alguien que te quiera, de falta de instrucción y de cultura, de libertad, de raza y de religión». No era partidario de sermonear a quien no tenía qué comer. Acostumbraba a recordar la siguiente exhortación de San Basilio: «El pan que os sobra, es el pan del hambriento; el vestido de más que tenéis en el armario, es el vestido de aquel que está desnudo; el dinero que tenéis guardado, es el dinero del pobre ». Fue generoso en afectos con los sacerdotes que habían abandonado el presbiterio, y dijo en voz alta que «los pastores, los curas y los obispos saben que no han sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión de la salvación que la Iglesia ha recibido». Murió en la madrugada del 29 de septiembre de 1978, quedando escrito en el cielo del otoño romano el verso del poeta Biagio Marin, «Dios mío, soy una sonrisa tuya».

Cuando un vendaval dice aquí estoy yo, arranca superficialidades y deja al descubierto raíces poco profundas; pero después viene la calma, la reflexión ante la contemplación del paisaje. Aunque en los últimos días la palabra 'mediático' nos ha avasallado, y el poder se ha hecho omnipresente, he procurado que en mi corazón permaneciera la mirada misteriosa de un hombre que llegó al pontificado con una fortaleza física y atractivos singulares, recorrió el mundo como un huracán y al final de su vida no ocultó las huellas de la enfermedad, el lado desagradable de la vejez, en estos tiempos de 'lifting' que afectan a la misma interioridad del ser humano. No, no puedo añadir nada interesante a lo que se ha escrito sobre Juan Pablo II con motivo de su muerte, a quien hay que agradecer su paso excepcional por la vida. Pero me pregunto si el Evangelio lo entendemos mejor y lo practicamos más, si hemos olvidado que hay otra Iglesia no tan presente en los medios de comunicación, que sabe que cuando Jesús está en la cruz se produce la desbandada.

La fuerza de la Iglesia Católica radica en su debilidad. Por eso choca el comentario en una televisión sobre el Colegio de Cardenales al ser calificado como el club más prestigioso y antiguo del mundo -Pablo VI lo quiso suprimir, pero al final no lo hizo-, impropio de la Iglesia ni siquiera triunfante, pues siempre la carrera será en sentido contrario: la que conduce a los últimos puestos, el lugar de la elite del cristianismo, donde están los que dan de comer a los hambrientos y de beber a los sedientos.

En estos días me ha llamado poderosamente la atención la siguiente reflexión del Cardenal Godfried Danneels de Bruselas: «Salimos de un periodo en que la Iglesia ha sido muy poderosa: prestigio, instituciones, personal, etc. Quizá Dios quiera purificarnos para que volvamos a la radicalidad evangélica, a la pobreza del Evangelio».

Católicos y no católicos, que saben que ya se produjo la 'fumata' hace dos mil años -por más señas en la ciudad de Belén, en un establo, con un humo blanquísimo que deslumbró el cielo escribiendo con letras gigantescas aquello de «Paz a los hombres de buena voluntad»-, esperan de la chimenea de la Capilla Sixtina una noticia de cercanía y servicio, de comprensión y brazos abiertos, el humo blanco de un hombre blanco que pinte el mundo de un blanco de paz, sea guía de umbrales de esperanza y sepa explicar quiénes son los primeros en la Iglesia. Juan Pablo I decía: «Jesús no me preguntará si ayuné, canté, recé o hice bonitos discursos, si promoví congresos y Sínodos, conmemoraciones y solemnes celebraciones de aniversario, sino si amé a los desheredados, a los que todos rechazan».

Espero un Papa que se eche al hombro parte del rebaño que por muchas razones está alejado de la grey y que su fe es credencial valiosa, fuente de regocijo por una vuelta que la Iglesia necesita, y cuyo principal mandato es amar y servir a todos, y por encima de todo. Un Papa que sea «profeta poderoso en obras y palabras», preste su voz a los que no la tienen -cada vez son más-, señale con el dedo a los de la primera fila, a los que hacen y deshacen a sus anchas en el mundo de las finanzas y de la política, sea bálsamo para heridas que sangran y esperanza para los angustiados, incremente el potencial de energía espiritual y moral convocando un nuevo concilio y suprima títulos del Anuario pontificio, quedando el de Obispo de Roma y Servidor de servidores, es decir, el último, a imitación del Maestro: el único que es Santo y Grande, a quien tenemos un poco apartado de la escena. Un Papa, en fin, capaz de aportar soluciones ante el desafío de la bioética, la globalización y la cultura moderna.

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