Cuando Jared se encontró por primera con aquel doctor, no era más alto que una cerca de un huerto de sandías y tenía esa manera de mirar el mundo que tienen algunos niños listos, como si sospecharan que los adultos están fingiendo saber lo que hacen. Jared era inteligente, amistoso y hablador. De esos chicos que hacen preguntas tan raras que uno termina pensando en ellas dos días después. En la escuela le iba bastante bien. Aprendía rápido, escribía bonitas historias y sabía dibujar de maravilla. Pero cuando cumplió ocho años todo empezó a torcerse, igual que un junco batido por un huracán. Jared empezó a odiar la escuela. —Es una tontería —decía. Y cuando un chico pequeño llama tontería a algo que los adultos consideran importante, ya puede uno apostar el caballo a que se avecinan problemas. Hasta entonces, Jared había obtenido buenos resultados en las pruebas de aptitud, especialmente en escritura creativa y arte. Los problemas parecían haber comenzado después de que lo incluye...
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