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Una nueva geografía espiritual

Los funerales de Juan Pablo II que hoy viviremos en Roma consolidan los cambios muy hondos que su vida pastoral ha precipitado en cinco continentes
JUAN PEDRO QUIÑONERO. E. ESPECIAL/ABC/ IDEAL, 8 de abril de 2005ROMA.
Colofón sacro de su pontificado, los funerales de Juan Pablo II consolidan los cambios muy hondos que su vida pastoral ha precipitado en cinco continentes, echando los cimientos de una nueva geografía espiritual mundial, cuyas convulsiones políticas, sociales, morales y religiosas confirman de manera apoteósica la peregrinación de 200 jefes de Estado y gobierno, millones de peregrinos europeos, americanos, africanos y asiáticos. «Ni siquiera Gandhi tuvo una despedida con estas proporciones planetarias», comenta Jean Daniel, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación, agregando: «Apoyándose en la modernidad tecnológica, Juan Pablo II ha sido al mismo tiempo un judío errante, un profeta y un jefe de Estado de dimensión universal: la síntesis entre Moisés y Josué».En 1948, un millón de hindúes despidieron a Ghandi. La no violencia era consagrada como una nueva forma de revolución pacífica. Juan Pablo II ha hecho suya la doctrina estratégica de la lucha no violenta contra la injusticia, pero dándole un mensaje evangélico definitivamente universal: «Nuestro horizonte es la unidad espiritual del mundo».En 1953, un millón de soviéticos enterraban a Stalin. Quedaban atrás 100 millones de víctimas del comunismo ruso. Moscú soñaba con un parque de artillería nuclear que cubriese todo el planeta. Entre los millones de peregrinos llegados a Roma los hay católicos, agnósticos, judíos, musulmanes, europeos, asiáticos, africanos, unidos en la creencia en un solo destino moral del hombre.
Los ejemplos más recientes
En 1963, 800.000 americanos despedían al presidente Kennedy. La nueva era audiovisual estaba dominada por el imperio de los grandes medios norteamericanos. Los funerales de Juan Pablo se siguen en cinco continentes a través de cadenas de radio y televisión comerciales, religiosas, judías, católicas, musulmanas.En 1976, un millón de chinos despedían a Mao Tse Tung. Detrás de su tumba quedaba la sombra fúnebre de millones de cadáveres inmolados en el altar del comunismo de Estado. Detrás de la tumba de Juan Pablo II ya florecieron las semillas de la libertad en toda Europa del Este, y hoy es perceptible la floración de nuevas de esperanza de libertad en los países árabes, asiáticos y africanos, a través de la siembra audiovisual planetaria.En 1989, de cuatro a seis millones de musulmanes despedían al Ayatola Jomeini, cuya memoria está íntimamente ligada a la expansión del islam revolucionario y el fantasma de la teocracia islamista. Jomeini soñaba con instaurar regímenes religioso-totalitarios. Lech Walesa recuerda el primer mensaje del Papa: «No tened miedo a cambiar el mundo y construir un mundo mejor».La siembra espiritual del planeta, a través de la peregrinación personal y el apoyo estratégico de los medios de comunicación planetarios, ha precipitado cambios profundos en la nueva geografía mundial. Dos días antes que el Papa muriese, el cardenal Godfried Danneels, arzobispo de Bruselas, estaba en Pekín con una delicadísima misión diplomática: trabajar por la normalización de las relaciones entre el Vaticano y Pekín. Ayer, el gobierno chino anunció que no enviaría una misión oficial a los funerales, como protesta contra la presencia de una delegación oficial de Taiwán. Sin embargo, en Roma, nadie lo duda: Juan Pablo II inició la larga marcha de la normalización de las relaciones con China. Mario Giro, representante de la Comunidad de Santo Adigio comenta: «Asia es un continente indispensable para el futuro de la Iglesia. La normalización de las relaciones con China, el país más poblado de la tierra, es una tarea urgente del próximo Papa».La presencia en los funerales del presidente Mugabe recuerda otra evidencia: la influencia determinante de Juan Pablo II en la emergencia de las nuevas iglesias africanas. Y la independencia del Vaticano a la hora de dialogar de igual a igual con regímenes con quien la Unión Europea y los EE.UU. tienen muchos problemas.En Europa, el viejo bastión del catolicismo, es fácil reconocer a Juan Pablo II su gigantesca tarea de «liberador» de una parte del continente. En Oriente Medio, el polvorín incendiario del planeta, el Papa difunto sembró varias revoluciones silenciosas: pidió perdón por las faltas de la Iglesia contra el pueblo judío, celebró el primer encuentro histórico entre los representantes religiosos de las más grandes religiones del planeta y recibió, en dos ocasiones, a Yasser Arafat.Hoy, el 33 por ciento de los habitantes del planeta son cristianos (católicos, protestantes, etcétera). Otro 20 por ciento son musulmanes y un 13,4 por ciento hindúes. Agnósticos, sin religión o con otras religiones, son minoritarios. Ante tal evidencia demográfica, Juan Pablo II trabajó por la unificación espiritual del mundo. Y el carácter planetario de los funerales parece sugerir que, en su caso, la nueva geografía política mundial ha sido modificada a través de su confianza mesiánica en la vida del espíritu.

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