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Un rostro en la multitud

Correo farmacéutico
CARTAS DEL DIRECTOR 09/01/2006

La noticia ha de tener rostro. Es una lección esencial en periodismo. Del mismo modo que vende más un acontecimiento próximo al lector que uno lejano, vende mucho más una persona que un grupo. El rostro en la multitud del título de la película de Kazan. Por eso en España no vende el ciclismo hoy, y hace unos años, cuando lo hacía de verdad, no eran el ciclismo o el Tour, sino Indurain. Y por eso el fenómeno mediático de 2005 fue Fernando Alonso. Es la misma razón por la que los medios, para intentar vender un colín con esa selección de fútbol que va de fracaso en fracaso, se inventaron en un Mundial a Caminero y luego a Raúl.

Francisco J. Fernández

El rostro es lo que conmueve, lo que impacta, lo que seduce. Es con lo que se identifica uno, todos. En el filme El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), una senadora estadounidense se dirige, a través de los medios, al secuestrador de su hija, un asesino en serie, y repite varias veces el nombre de la chica. Le pone un rostro, una identificación... La humaniza e individualiza, como explica la protagonista, la agente Claridge Starling, tratando de contrarrestar la tendencia del secuestrador a deshumanizar, cosificar, a sus víctimas para poder maltratarlas o asesinarlas.

Por otra parte, cuántas veces se asiste a través de los medios a sucesos dramáticos como un accidente de montaña en el que un alpinista queda atrapado y malherido en alguna garganta, o alguien desaparece en el mar o en un río. Todo un dispositivo de rescate se pone en marcha para intentar salvarle. Nadie repara en el gasto importante que representa o incluso en el riesgo que constituye el intento de rescate. Es una vida. Y todo, todo, vale la pena por salvarla.

Se publicaban hace unos días -el día antes de los Santos Inocentes- las cifras oficiales de abortos -sólo los conocidos, los considerados legales- y no han temblado los cimientos de nada ante el estremecedor número de 84.985. Sí. 84.985 abortos en España en 2004. Si se contabilizaran en las estadísticas oficiales de muertes serían las segundas después de las enfermedades cardiovasculares. Y dos cosas llaman la atención en particular, además de que haya caído en el saco del conjunto de las noticias -una más, y no de las importantes-: una, que en general, en informaciones y valoraciones, se aborda como un problema de la mujer (que es joven, soltera, con pocos medios económicos..., e incluso algunos, muy pocos, hablan de las consecuencias que para la salud tiene el aborto, probadas y casi siempre despreciadas) y no del pequeño que tiene dentro, que es un ser vivo inocente. Y, dos, el modo en que se tiende, aun inconscientemente, a cosificar al ser cuya vida se siega con el aborto. En la información de un periódico se decía: "El 60 por ciento de las mujeres toma la decisión de abortar al poco tiempo de conocer que se ha quedado embarazada, así que en el momento del aborto el feto sólo cuenta con ocho o menos semanas de gestación". ¿Y qué? ¿Es menos grave si el feto tiene ocho semanas en vez de diez o quince?

Hay algo enfermo en una sociedad en general y un sistema sanitario en particular que se vuelcan para salvar una vida casi a cualquier precio y parecen mirar a otro lado ante millares de muertes inocentes. La Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública (Fadsp) incluso denuncia que hay un exceso de objeción de conciencia entre los médicos del sistema público y que habría que revisar caso por caso.

A lo mejor habría que ponerles rostros a esos pequeños, a esas pequeñas judías que en las ecografías muestran enseguida sus manitas y en cuyo pecho vibra valiente y obstinado su minúsculo corazón. Se les individualizaría así y se tomaría conciencia de la realidad tozuda y trágica del aborto (¿es excesivo llamarlo genocidio?). Como hace la Administración con esas imágenes descarnadas e impactantes de jóvenes haciéndose cisco en accidentes de tráfico. Para salvar vidas.

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