Francesc Torralba
forumlibertas
Hay una forma de laicismo que no merece ningún tipo de consideración intelectual, puesto que se trata de una pura expresión estética, de una indumentaria ideológica que obedece a intereses creados. El laicismo líquido es puramente superficial.
Este laicismo que, generalmente, se identifica con el anticlericalismo y la ideología pseudoprogresista hace mucho ruido, pero intelectualmente es muy frágil, tan insoportablemente leve que ninguna mente lúcida puede defenderlo. No estamos hablando de una opción metafísicamente fundada, sino de una actitud postmoderna y, como tal, carente de convicción, constitutivamente débil. Nada tiene que ver este laicismo con el laicismo duro y químicamente puro del apologista convencido que estaría dispuesto incluso al martirio para defender sus tesis.
Éste ismo se podría definir, utilizando la conocida expresión de Zygmunt Bauman (Polonia, 1925), de laicismo líquido, puesto que carece de ideas sólidas, es puramente epidérmico y de fachada, pero, en ocasiones, da sus frutos tanto desde el punto de vista electoral, como social, político o educativo. Además de este laicismo, hay otro tipo de laicismo que puede calificarse de sólido, porque se estructura a partir de un pensamiento fuerte, articulado filosóficamente y que tiene referentes inteligentes que proceden de la tradición materialista y atea que se remonta al siglo XVII y que experimenta su máximo apogeo en el siglo XIX.
El laicista líquido es puramente superficial y, como tal, nunca afronta la dimensión trágica de la existencia, porque, simplemente, se escabulle de ella, practica una forma evasiva e inauténtica de vida y puede permanecer sistemáticamente en la periferia de lo humano, pero el laicista sólido no se evade de la conciencia trágica. El laicista líquido cacarea, pero no piensa, repite eslóganes, pero no medita sobre el sentido y la razón de ser de sus opciones vitales. Su existencia se caracteriza por la carencia de meditación. La misma actitud, salvando la distancias, se puede detectar también en el fundamentalista religioso, lo que ocurre es que éste, es más peligroso socialmente, pues puede inclusive llegar a matar por sus ideas, pero ambos no piensan por sí mismos.
Como dijera el incomparable don Miguel de Unamuno..., la existencia humana tiene, inevitablemente, una dimensión trágica y no sólo de orden intelectual, sino de orden emocional. El ser humano se enfrenta, tarde o temprano, al dolor, al fracaso, a la enfermedad, a la muerte y, en tales situaciones, experimenta muy intensamente la pregunta metafísica, la cuestión por el sentido de su existencia, por lo que merece realmente la pena. Puede censurar esta pregunta en su existencia cotidiana, pero cuando aflora lo trágico -y lo trágico siempre emerge- el ser humano se ve confrontado a pensar sus límites y el sentido de su existencia y en tales situaciones observa que la ideología laicista no aporta ningún tipo de discurso, relato o mito que pueda responder a tal interrogación. El gran relato laicista no contiene una gran narrativa sobre el sentido, sino que es totalmente vacuo respecto a esta cuestión.
En el laicismo líquido, la conciencia trágica se oculta sistemáticamente, pero esto no ocurre en el laicismo sólido. El ser humano que se confronta a tales experiencias necesita hallar una salida, un modo de resolver tal situación. Uno puede pensar que el mejor modo de enfrentarse a tamaña circunstancia consiste en no formularle preguntas que no tienen respuesta científica, en aprender a no preguntar, a acallar esa trepidante pregunta por el sentido último, pero el ser humano en tanto que animal metaphysicum (la expresión es de un filósofo ateo como Arthur Schopenhauer) no puede evitar esta pregunta y aunque trate de acallarla, aflora por algún poro de su piel.
El que fuera rector de la Universidad de Salamanca expresó esta congoja existencial de un modo lacónico en su magistral obra, Del sentimiento trágico de la vida (1918). El laicista líquido no comprende ni el argumento, ni el tormento de Unamuno, porque rehuye tanto como puede la conciencia trágica, huye de ella como si fuera la peste. Desde su punto de vista, Unamuno es un personaje romántico, un esperpento de otro tiempo, pero su congoja nada tiene que ver con su existencia cotidiana. Pero el hombre serio, ateo o agnóstico, que se enfrenta a la conciencia trágica no puede evitar la pregunta por el sentido y necesita hallar una respuesta para sobrevivir a tal congoja.
Una educación constitutivamente laica no puede resolver la dimensión trágica de la existencia, ni puede ofrecer itinerarios razonables para responder a ella y para encauzar correctamente esta problemática. Cuando el ser humano adolece de una correcta articulación de tal dimensión, busca soluciones por recovecos muy complejos y psicológica y socialmente peligrosos. La pregunta por el sentido, por la existencia de Dios, por la muerte y por el más allá son constitutivamente humanas. No son un puro artificio creado por las tradiciones religiosas en la conciencia humana. Emergen en personas y contextos completamente laicos y laicistas, lo que significa que una práctica educativa que no integre la dimensión trágica de la existencia en su seno, no puede satisfacer, de ningún modo, las pretensiones de realización integral que alberga el corazón humano.
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Hay una forma de laicismo que no merece ningún tipo de consideración intelectual, puesto que se trata de una pura expresión estética, de una indumentaria ideológica que obedece a intereses creados. El laicismo líquido es puramente superficial.

Éste ismo se podría definir, utilizando la conocida expresión de Zygmunt Bauman (Polonia, 1925), de laicismo líquido, puesto que carece de ideas sólidas, es puramente epidérmico y de fachada, pero, en ocasiones, da sus frutos tanto desde el punto de vista electoral, como social, político o educativo. Además de este laicismo, hay otro tipo de laicismo que puede calificarse de sólido, porque se estructura a partir de un pensamiento fuerte, articulado filosóficamente y que tiene referentes inteligentes que proceden de la tradición materialista y atea que se remonta al siglo XVII y que experimenta su máximo apogeo en el siglo XIX.
El laicista líquido es puramente superficial y, como tal, nunca afronta la dimensión trágica de la existencia, porque, simplemente, se escabulle de ella, practica una forma evasiva e inauténtica de vida y puede permanecer sistemáticamente en la periferia de lo humano, pero el laicista sólido no se evade de la conciencia trágica. El laicista líquido cacarea, pero no piensa, repite eslóganes, pero no medita sobre el sentido y la razón de ser de sus opciones vitales. Su existencia se caracteriza por la carencia de meditación. La misma actitud, salvando la distancias, se puede detectar también en el fundamentalista religioso, lo que ocurre es que éste, es más peligroso socialmente, pues puede inclusive llegar a matar por sus ideas, pero ambos no piensan por sí mismos.
Como dijera el incomparable don Miguel de Unamuno..., la existencia humana tiene, inevitablemente, una dimensión trágica y no sólo de orden intelectual, sino de orden emocional. El ser humano se enfrenta, tarde o temprano, al dolor, al fracaso, a la enfermedad, a la muerte y, en tales situaciones, experimenta muy intensamente la pregunta metafísica, la cuestión por el sentido de su existencia, por lo que merece realmente la pena. Puede censurar esta pregunta en su existencia cotidiana, pero cuando aflora lo trágico -y lo trágico siempre emerge- el ser humano se ve confrontado a pensar sus límites y el sentido de su existencia y en tales situaciones observa que la ideología laicista no aporta ningún tipo de discurso, relato o mito que pueda responder a tal interrogación. El gran relato laicista no contiene una gran narrativa sobre el sentido, sino que es totalmente vacuo respecto a esta cuestión.
En el laicismo líquido, la conciencia trágica se oculta sistemáticamente, pero esto no ocurre en el laicismo sólido. El ser humano que se confronta a tales experiencias necesita hallar una salida, un modo de resolver tal situación. Uno puede pensar que el mejor modo de enfrentarse a tamaña circunstancia consiste en no formularle preguntas que no tienen respuesta científica, en aprender a no preguntar, a acallar esa trepidante pregunta por el sentido último, pero el ser humano en tanto que animal metaphysicum (la expresión es de un filósofo ateo como Arthur Schopenhauer) no puede evitar esta pregunta y aunque trate de acallarla, aflora por algún poro de su piel.
El que fuera rector de la Universidad de Salamanca expresó esta congoja existencial de un modo lacónico en su magistral obra, Del sentimiento trágico de la vida (1918). El laicista líquido no comprende ni el argumento, ni el tormento de Unamuno, porque rehuye tanto como puede la conciencia trágica, huye de ella como si fuera la peste. Desde su punto de vista, Unamuno es un personaje romántico, un esperpento de otro tiempo, pero su congoja nada tiene que ver con su existencia cotidiana. Pero el hombre serio, ateo o agnóstico, que se enfrenta a la conciencia trágica no puede evitar la pregunta por el sentido y necesita hallar una respuesta para sobrevivir a tal congoja.
Una educación constitutivamente laica no puede resolver la dimensión trágica de la existencia, ni puede ofrecer itinerarios razonables para responder a ella y para encauzar correctamente esta problemática. Cuando el ser humano adolece de una correcta articulación de tal dimensión, busca soluciones por recovecos muy complejos y psicológica y socialmente peligrosos. La pregunta por el sentido, por la existencia de Dios, por la muerte y por el más allá son constitutivamente humanas. No son un puro artificio creado por las tradiciones religiosas en la conciencia humana. Emergen en personas y contextos completamente laicos y laicistas, lo que significa que una práctica educativa que no integre la dimensión trágica de la existencia en su seno, no puede satisfacer, de ningún modo, las pretensiones de realización integral que alberga el corazón humano.
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