
IDEAL Granada, 13 de septiembre de 2005
POCO a poco se van perfilando las siluetas de una nueva realidad que se atisbaba borrosa, pero que empieza a ser tan contundente y extendida como la amenaza de una epidemia. Se trata de un fenómeno que, en los casos menos graves, resulta pueril, como cuando el niño, que no hace tanto manifestaba a sus padres su antojo por tal juguete, por una moto, por llegar a casa más tarde ha pasado a «reclamar su derecho» a tales cosas. Para la mayoría de los que todavía no se han percatado de la mutación, no ha habido más que una mudanza terminológica, una incorporación de sinónimos. Qué poco se valoran ahora las palabras, casi tan poco como las ideas, y unas y otras van de la mano. Es un ignorante, hay que decirlo así, quien concede el mismo significado al gusto que al derecho. Pero es un peligro el que, además, ejerce como reclamante de uno u otro, que tanto da, por lo visto.
Sería prolijo analizar las causas que han llevado a esta situación, me conformo aquí con ponerla de manifiesto. Porque es una evidencia para cualquiera que lo que antes se sentía como capricho, y se trataba de conseguir con timidez en los mayores y con descaro berreante en los niños, ahora se percibe como derecho, y eso evapora el rubor para que en su lugar el descaro infantil conquiste los rostros, con argumentos de voz adulta en lugar de llantos, pero con la misma raíz. Lo malo es que se cae en el campo de juego del otro, se acepta la mayor, esto es, el derecho, en lugar de negarle tajantemente lo que es, simple apetencia. Por el contrario, se entra en un debate sobre derechos, y entonces ya estamos perdidos, porque cuando se discute lo absurdo y sin fundamento se está concediendo una dosis de razón, y la razón en tal caso no se encuentra con su homónima al otro lado, sino que se despeña y sucumbe.
Se ha llegado a un punto en el que los deseos pueden llegar a convertirse en leyes. No sería la primera vez, para qué negarlo. Lo grave es que esas leyes se impongan a la naturaleza de las cosas, que obvien la realidad y se la salten a la torera. «Por la presente de decreta que el mundo es cuadrado. Por tanto, lo que antes se llamaba redondo ahora se llama cuadrado», proclama el legislador. «¿Y qué pasa con lo cuadrado?», inquiere un pasmado. «Ahora no es momento de discutirlo». No se discute, pero se tendrá que hacer tarde o temprano. Porque si se varía la naturaleza de las cosas, ocurre como en esas películas en las que alguien viaja al pasado, cambia algo allí, y entonces se inicia una cadena de acontecimientos que transforma radicalmente el mundo conocido. Ninguna de esas consecuencias se había previsto, ni siquiera se habían deseado ni resultaban deseables, pero sobrevienen. Cambiar el pasado y sufrir sus consecuencias en el presente es ciencia ficción; manipular la realidad y estrellarse en el futuro ha ocurrido un millón de veces en la historia.
Tan preocupante o más que el deseo imponga el gusto sobre el derecho es que se transforme además en el principio que rija la vida cotidiana. También estamos chapoteando en esa ciénaga, y el lodo ya cierra los ojos, obtura los oídos y hasta puede que se infiltre en el cerebro, a la vista de la oligofrenia en que nos hallamos sumidos. Los ejemplos se multiplican como pústulas. Del afán de paternidad, legítima y comprensible aspiración, se pasa al derecho al hijo, que no solamente socava las leyes naturales si es preciso para «obtener» la prole, sino que provoca que el nuevo ser se despersonalice en objeto de deseo, de derechos, lo mismo que un esclavo o un perro.
Se habla de embarazos no deseados y volvemos a la misma cuestión. El que desea acostarse con alguien, sin más, y lo hace, se puede encontrar con un resultado que no contemplaba. El deseo lleva a lo no deseable. El deseo es la ley del irresponsable, del que se niega a aceptar las consecuencias de sus actos. Hoy, incluso, se puede decir que se enseña a las gentes que los actos fruto del deseo no tienen más conclusiones que la inmediata satisfacción del mismo. Como aquel hombre del que hablaba Tagore, que en primavera se hizo una guirnalda con las flores del almendro, y no halló fruto al ir a buscarlo en otoño. No es difícil imaginar su desconcierto si es que, como parece, nadie le explicó que el fruto era consecuencia de una trasformación de la flor que él arrancó, y que su capricho canceló el proceso. Tampoco cuesta figurarse la oscuridad en que se sumen tantos jóvenes cuando descubren que la felicidad no se construye en noches de placer alborotado, y continúan el resto de su vida buscando esa guirnalda de alegría efímera en una espiral donde giran el sexo, el alcohol y las drogas, procesos que arrastran sus propias consecuencias como son las separaciones, la soledad, la violencia o la muerte.
Qué ingenuidad se nos ha inoculado perversamente, al hacernos creer que la felicidad puede llegar indistintamente a través de cualquier comportamiento. Qué maldad la de quienes nos inducen a pensar que el capricho puede recrear la realidad a mi conveniencia, que tengo derecho a todo aquello que me apetece, que esa es la ley por la que puedo regirme sin temer desgracias. Y es erróneo suponer que por esta vía habrá seis mil millones de leyes que manden en el mundo: siempre hay unos cuantos empeñados en imponer sus deseos. Al final, sólo cuando se estén apurando las heces de este cáliz, se comprenderá la necesidad de derrocar a esos dictadores que quitaron al hombre su libertad y la trocaron por un amasijo de instintos para dominarnos. Muy penoso será entonces desandar el camino para quienes desconocen cómo llegaron al lugar en que se encuentran.
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