José Javier Esparza Torres
El Semanal Digital. 31 de agosto de 2005
Podrá encontrárselos usted cualquier día 11 de cada mes, al caer la noche, en las puertas de cualquiera de esas fábricas de muerte industrial que son los centros abortistas: algunas decenas de personas, velas encendidas, una alocución breve y sentida, una oración... Son las veladas por la vida que periódicamente organiza un grupo sin más armas ni medios que sus propias convicciones. El grupo se llama 11-V. Pide cosas muy sencillas: que la Administración dote de recursos a las madres embarazadas con problemas para que no estén abocadas a matar a su hijo; que esos recursos sean, al menos, los mismos que se emplean para financiar el aborto; que la sociedad tome conciencia de que "no puede existir una ley tan injusta que condene a muerte al inocente en aras de un ´derecho´ inexistente". Eso hace el 11-V. Es ese tipo de gente que le devuelve a uno la esperanza en el prójimo.
Dentro de pocos días, las Naciones Unidas van a aprobar un documento, dentro de sus "Metas del Milenio para el Desarrollo", en el que se insistirá en la práctica del aborto como instrumento de regulación de la natalidad... El eufemismo empleado es casi sarcástico: "Asegurar el acceso a la salud reproductiva de mujeres y niñas". Para la ONU, la salud reproductiva no consiste en reproducirse, sino en obstaculizar la reproducción. Dentro de ese propósito, el aborto se convierte en práctica recomendable para garantizar un "derecho de las mujeres".
(En la primera parte de mi trilogía El final de los tiempos, titulada El Dolor, Ed. Áltera, imaginé que una sociedad construida sobre el despotismo de la máquina elevaría el aborto a la dignidad de derecho soberano del individuo. Era una previsión que se quería paródica, pero la realidad de la civilización técnica supera los peores augurios. ¿Fue Coleridge quien señaló como maldición expresamente moderna el tomarse las metáforas al pie de la letra?).
El aborto es seguramente el mayor baldón que pesa sobre nuestras sociedades. Nunca, en ningún otro tiempo, en ningún otro lugar, se ha institucionalizado semejante desprecio por la vida. Aniquilar a un embrión es un homicidio; por tanto, es algo malo en sí mismo. Pero hay algo aún peor: una política organizada de abortos. Esto último ya no es un homicidio, sino que es un crimen, y la diferencia no reside sólo en el grado. El hecho de que el crimen venga rodeado de batas blancas e informes técnicos, de moralina humanitaria y de jerigonza filantrópica, acentúa el mal: muestra con mayor claridad que aquí no estamos ante unos hombres que matan a otros -eso no sería nuevo-, sino que lo que tenemos delante es un orden neutro e impersonal que decreta la aniquilación de seres humanos por imperativo tecnoeconómico. Es un genocidio aséptico y frío. Es la barbarie técnica con rostro humano. Es el espíritu pulimentado y mecánico de la civilización menos humana que ha co! nocido la Historia.
Al otro lado de la Historia, quizá por debajo y por encima de ella, está ese grupo que reza, con sus velas encendidas, allá donde los Grandes Matarifes ejecutan sus ritos sacrificiales en los altares temibles de la Máquina. El 11-V es la resistencia. Y donde hay resistencia, hay esperanza.
El Semanal Digital. 31 de agosto de 2005

Dentro de pocos días, las Naciones Unidas van a aprobar un documento, dentro de sus "Metas del Milenio para el Desarrollo", en el que se insistirá en la práctica del aborto como instrumento de regulación de la natalidad... El eufemismo empleado es casi sarcástico: "Asegurar el acceso a la salud reproductiva de mujeres y niñas". Para la ONU, la salud reproductiva no consiste en reproducirse, sino en obstaculizar la reproducción. Dentro de ese propósito, el aborto se convierte en práctica recomendable para garantizar un "derecho de las mujeres".
(En la primera parte de mi trilogía El final de los tiempos, titulada El Dolor, Ed. Áltera, imaginé que una sociedad construida sobre el despotismo de la máquina elevaría el aborto a la dignidad de derecho soberano del individuo. Era una previsión que se quería paródica, pero la realidad de la civilización técnica supera los peores augurios. ¿Fue Coleridge quien señaló como maldición expresamente moderna el tomarse las metáforas al pie de la letra?).
El aborto es seguramente el mayor baldón que pesa sobre nuestras sociedades. Nunca, en ningún otro tiempo, en ningún otro lugar, se ha institucionalizado semejante desprecio por la vida. Aniquilar a un embrión es un homicidio; por tanto, es algo malo en sí mismo. Pero hay algo aún peor: una política organizada de abortos. Esto último ya no es un homicidio, sino que es un crimen, y la diferencia no reside sólo en el grado. El hecho de que el crimen venga rodeado de batas blancas e informes técnicos, de moralina humanitaria y de jerigonza filantrópica, acentúa el mal: muestra con mayor claridad que aquí no estamos ante unos hombres que matan a otros -eso no sería nuevo-, sino que lo que tenemos delante es un orden neutro e impersonal que decreta la aniquilación de seres humanos por imperativo tecnoeconómico. Es un genocidio aséptico y frío. Es la barbarie técnica con rostro humano. Es el espíritu pulimentado y mecánico de la civilización menos humana que ha co! nocido la Historia.
Al otro lado de la Historia, quizá por debajo y por encima de ella, está ese grupo que reza, con sus velas encendidas, allá donde los Grandes Matarifes ejecutan sus ritos sacrificiales en los altares temibles de la Máquina. El 11-V es la resistencia. Y donde hay resistencia, hay esperanza.
Comentarios
Sí puedo decir ¡es asombroso!, un misterio profundo y maravilloso del que somos partícipes pero no dueños, ante el que sólo cabe una actitud de reverencia, y alegrarnos con alegría sincera.
¡Tan pequeño y ya en a blogosfera...!
Disfrútalo.