ABC, 1 de septiembre de 2005
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Comienza el curso político, y también el otro, el más importante, el curso escolar, allí donde se encuentran los peligros y las esperanzas de salvación. Como escribió Hölderlin, «es cercano/ y difícil captar al Dios./ Pero donde está el peligro, crece también lo que da salvación». Y nace el nuevo curso entre la polémica, porque acaso donde unos ven el peligro, otros ven la salvación, y donde aquéllos esperan la salvación, éstos atisban el peligro. No estaría mal que la polémica política huyera de lo accesorio y falso, y se centrara en lo que verdaderamente importa: en el cuidado del alma del alumno. El debate aguarda en el Parlamento y quizá también en la calle. El proyecto de Ley Orgánica de Educación suscita naturales alarmas. ¿Dónde se centra la polémica? Si no me equivoco, en dos cuestiones fundamentales: la calidad y la libertad (de los padres). Y, también, en una tercera, que afecta a la igualdad: la necesidad de que el sistema educativo garantice una formación mínima común a todos los españoles, con independencia de su región de origen.
Y sobre los tres planean sombras e inquietudes... No parece que el nuevo proyecto, carente del debido acuerdo entre las dos principales fuerzas políticas, vaya a contribuir a mejorar la calidad, que nace del rigor y de la exigencia, y no de una superada concepción que atiende principalmente a la igualación por abajo, y para la que toda distinción nacida del mérito parece agravio a la igualdad y atentado contra la autoestima de los peores estudiantes. Se trata, pues, de rebajar exigencias y allanar mediocridades. Lo mismo cabe augurar de la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos, sagrado deber reconocido y garantizado por la Constitución. El lema parece ser: laicismo y «Educación para la ciudadanía», para todos; y el que quiera algo más o algo distinto, que se las apañe como pueda.
Por lo demás, la educación cívica debería ser más práctica cotidiana en la escuela que objeto de una asignatura especial que huele a adoctrinamiento. También se pretende que las comunidades autónomas estén en su derecho de hacer de su capa pedagógica un sayo a su particularista conveniencia. Y así, la Religión católica, la Historia de España, las Humanidades clásicas, por no hablar de la Filosofía, resultan condenadas o, si se es más moderado, puestas bajo sospecha.
Y, de esta guisa, caminamos hacia Europa, renegando de lo que constituye la secular esencia espiritual de nuestra cultura. Lejos de nosotros la funesta manía de exigir y la disciplina de las Reválidas, muy elitistas y generadoras de agravios. El sistema educativo parece orientado a mantener a los alumnos en las tinieblas de la caverna platónica. Ionesco afirmó que «los hombres giran alrededor de su jaula que es la tierra, porque han olvidado que se puede mirar el cielo». Desde las oscuras profundidades de la caverna, no se puede ver el cielo.

Y sobre los tres planean sombras e inquietudes... No parece que el nuevo proyecto, carente del debido acuerdo entre las dos principales fuerzas políticas, vaya a contribuir a mejorar la calidad, que nace del rigor y de la exigencia, y no de una superada concepción que atiende principalmente a la igualación por abajo, y para la que toda distinción nacida del mérito parece agravio a la igualdad y atentado contra la autoestima de los peores estudiantes. Se trata, pues, de rebajar exigencias y allanar mediocridades. Lo mismo cabe augurar de la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos, sagrado deber reconocido y garantizado por la Constitución. El lema parece ser: laicismo y «Educación para la ciudadanía», para todos; y el que quiera algo más o algo distinto, que se las apañe como pueda.
Por lo demás, la educación cívica debería ser más práctica cotidiana en la escuela que objeto de una asignatura especial que huele a adoctrinamiento. También se pretende que las comunidades autónomas estén en su derecho de hacer de su capa pedagógica un sayo a su particularista conveniencia. Y así, la Religión católica, la Historia de España, las Humanidades clásicas, por no hablar de la Filosofía, resultan condenadas o, si se es más moderado, puestas bajo sospecha.
Y, de esta guisa, caminamos hacia Europa, renegando de lo que constituye la secular esencia espiritual de nuestra cultura. Lejos de nosotros la funesta manía de exigir y la disciplina de las Reválidas, muy elitistas y generadoras de agravios. El sistema educativo parece orientado a mantener a los alumnos en las tinieblas de la caverna platónica. Ionesco afirmó que «los hombres giran alrededor de su jaula que es la tierra, porque han olvidado que se puede mirar el cielo». Desde las oscuras profundidades de la caverna, no se puede ver el cielo.
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