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No es Navidad

Rafael Ordóñez
La Opinión de Málaga, 22 de diciembre de 2004
El niño que el pasado viernes me calentaba la oreja en la calle Alarcón Luján con "sus cabellos son de oro y el peine de plata fina" fue el que me dio el timbrazo avisador de que estábamos en Navidad. Iba de la mano de su madre, de escaparate en escaparate, ajeno a todo menos a que los peces seguían y seguían en el río. Este malagueño que lleva apenas seis años en este mundo desconoce, angelito mío, la campaña sectaria y paleta que un grupito de analfabetos, con cargo público, nos quiere endilgar para que creamos que no es Navidad y que un campo de estrellas es lo mismo que un sembrado de melones. Llegan noticias de centros educativos, allende nuestras lindes, en los que han prohibido el canto de villancicos, los belenes, los ángeles, los Reyes Magos y hasta los peces en el río. La verdad es que con los tontos en España urge hacer una regularización imperiosa. No podemos pasar una semana más sin hacer un censo de tontos. Porque no es lo mismo un tonto de babero que un tonto de capirote. Ni es lo mismo un tonto con certificado que un tonto iletrado. Como tampoco es igual un tonto recatado que un tonto con balcones a la calle. Este último es el tonto 10. En este apartado se encuadran los tontos con cargo público, concejales o alcaldes, que adornan y exornan sus otrora cultas ciudades con cualquier cosa imaginable que no sea una madre, un niño, un buey o una mula. Pretenden que olvidemos lo que celebramos. En algunos colegios les han dado el tocomocho navideño a los niños y les han dicho que no celebramos nada, que estamos ante un mero paisaje de invierno. Más tontos que estos no se encuentran, hay que importarlos.
Al primero que habría que catalogar es al mandril que en Londres ha ideado lo del portal de belén con las imágenes de Beckham y su mujer. De más está decir que a este microcéfalo no se le hubiera ocurrido hacer lo mismo con figuras extraídas del Corán. Faltaría más. Tonto sí, y mucho, pero suicida no. Este sujeto iría al apartado de tontos irrecuperables. Incluso se le podría dar una pensión con tal de que no volviera a rebuznar. Encabezando la sección de tontos con pronóstico fatal, podría ir el alcalde promotor de bautizos civiles. Tiene el mérito, este prenda, de haber sido el que inauguró la temporada otoño-invierno de memeces y soplapolleces varias. Todo un mérito para adjuntar al currículo. Esto no se le ocurre a cualquiera. Parece ser que este genio ya tiene en mente celebrar una misa laica en el salón de plenos del ayuntamiento. Habrá que ir. Insuperable. En el proceso de regularización de tontos se debe reservar una sección aparte a los ya mencionados tontos agrupados. Esto es, los que van en comandita, enlazados, amarraditos todos. Es el caso de los alcaldes, concejales, arquitectos, diseñadores y demás adalides del más rancio laicismo retroprogresista que han adornado algunas ciudades españolas de manera tal que no es posible saber qué puñetas estamos celebrando. En su pretendida vanguardia no son más que pura carcunda decimonónica que camina de vuelta hacia la nada. Decía Platón que estupidez y maldad son sinónimos. No hay duda: la imbecilidad es un arma letal. Se lo oí a un admirado profesor, una rara avis en el yermo de nuestra universidad. Suele decir este maestro que un sujeto amputado de la lógica es un animal del que defenderse. Después de dos mil años de celebración de una efeméride, la lógica nos dice que o la seguimos conmemorando o no. Pero lo que no podemos celebrar es un Nacimiento sin Nacido.

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