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El "caso Polaino" y el orgullo gay

José Javier Esparza
Al psicólogo Aquilino Polaino le han arrimado candela por decir en Cortes que la homosexualidad presenta rasgos patológicos. Pero lo que Polaino ha expresado es una convicción bastante compartida en psicología clínica. Desde un punto de vista antropológico, nadie puede decir que la homosexualidad sea algo "normal": si fuera norma, se acabaría la especie –por eso es una anormalidad. La homosexualidad es una desviación respecto al patrón biológico; en el mundo animal se limita a casos de prolongado cautiverio. Ahora bien, ocurre que la norma, en antropología (o sea, en lo humano), no siempre coincide con la norma en biología. Eso lo explicó muy bien Konrad Lorenz: nuestros instintos están menos programados que los de los otros animales; por eso nuestro comportamiento presenta tantas peculiaridades (sacrificio gratuito, suicidio, deterioro del propio nicho ecológico). Esto no significa que nuestra "normalidad" sea menos normal, sino, simplemente, que conviene desdramatizar términos como "desviación" o "anormalidad" cuando hablamos de humanos. Fijamos lo normal conforme a natura y tendemos a desviarnos conforme a cultura. También conforme a cultura fijamos el bien y el mal. Es la condición humana.

Polaino aparte, el debate se está desvirtuando a marchas forzadas (y precisamente en la dirección que el lobby gay pretende) porque está abandonando el plano social para entrar en el individual, y eso es un error. Lo que aquí se tiene que discutir no es la "legitimidad" o la "salubridad" de los gustos sexuales. Lo que aquí está en juego es el concepto social de familia. A mí, padre de familia, nadie me ha reconocido nunca derecho alguno por ser heterosexual, es decir, por las reacciones hormonales que me provocan las señoras. Mi condición se deriva de que he suscrito un contrato de convivencia estable con una dama, contrato que lleva implícito por naturaleza el propósito de engendrar y educar a unas divertidas criaturas. Tal contrato genera (o debería generar) derechos, no por mi inclinación sexual, sino porque garantiza la supervivencia de la sociedad: gracias a mi esposa y a mí (y a otros millones como nosotros), dentro de algunos años seguirá habiendo españoles que tendrán nuevos hijos a su vez. Por eso la familia merece reconocimiento social, y no por el tipo de relación erótica entre los cónyuges. Y dado que la sociedad está compuesta por hombres y mujeres juntos, conviene que la primera instancia de socialización, que es la familia, venga integrada por un hombre y una mujer: así se reproduce el patrón social a través de las generaciones.

Cualquier otro tipo de unión para la convivencia no es un "matrimonio". Será posible contemplar, por ejemplo, derechos asistenciales en casos de dependencia, pero eso no tiene nada que ver con el término "matrimonio", ni siquiera con el concepto de familia. Y por lo mismo, es descabellado incluir entre tales derechos la adopción, que además no es un derecho del que adopta, sino del adoptado.

Lo que está en discusión no es la bondad o la maldad del gusto homosexual. Las sociedades se construyen de cintura para arriba, no de cintura para abajo. La libido sólo es una circunstancia instrumental. En este aspecto, lo de Polaino es una anécdota. Lo que está en juego es qué modelo de reproducción y supervivencia social queremos. ¿Lo sabemos?
22 de junio de 2005.
elsemanaldigital

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