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El pelanas

Por Juan Manuel DE PRADA/ABC 23 de mayo de 2005


UN pelanas de visita en Jerusalén ha posado haciendo gracietas con una corona de espinas sobre la cabeza, para hilaridad del séquito que lo acompaña y del nieto de un poeta católico que, aunque sólo fuera por respeto a la memoria de su abuelo, debiera haber impedido la bufonada. Si el pelanas no fuera tan quisquilloso y obcecado valedor de ciertos símbolos, entenderíamos que el regocijo que mostraba haciendo escarnio de la corona de espinas obedecía a ese impulso elemental de hozar y revolcarse en el fango que enardece a los gorrinos. Pero, considerando que el pelanas acababa de negarse a participar en un acto oficial por un quítame allá esas banderas, hemos de entender que con su burla pretendía mofarse de quienes han hecho de ese símbolo una expresión de sus creencias religiosas. También hemos de entender que a estas horas el pelanas, tras comprobar que su cuchufleta ha causado el efecto que anhelaba, andará pavoneándose por ahí, muy orgulloso de su bizarría, presentando las naturales muestras de indignación o lastimado pesar de los católicos como prueba de su intrepidez transgresora.

Naturalmente, el pelanas nunca hubiese escarnecido un símbolo religioso si hubiese sospechado que su divertida chufla le iba a ocasionar problemas. Podría haber probado su espíritu transgresor posando con un pelucón de rabino, o exhibiendo un ejemplar del Corán que guardase dentro una petaca de whisky; pero el pelanas prefirió la corona de espinas porque sabía que así su burla quedaría impune. El verdadero transgresor ataca una estructura de poder o coacción; el pelanas se aprovecha de un vacío de poder, de la permisividad rencorosa de unos y del complejito de otros, para posar de provocador ante la galería. ¿Se imaginan al pelanas coronado risueñamente de espinas si en España funcionara un Tribunal de la Inquisición? Puesto que tales estructuras de poder o coacción no existen, el pelanas puede gallear sin temor al castigo, porque sabe que, en esta sociedad tan tolerante, la religión católica se ha convertido en el punching-ball sobre el que cualquier zascandil puede ejercitar sus puños. Por supuesto, al pelanas jamás se le hubiese pasado por su cabecita atestada de serrín dedicar su desprecio a ninguna otra fe que no hubiese sido la cristiana; y en el caso de que a alguien se le hubiese ocurrido hacerlo, él mismo hubiese sido el primero en señalar al ofensor, encaramándose en el pedestal de la tolerancia: ya se sabe que el miedo, además de libre, es acusica.

Pero tampoco conviene sacar las cosas de quicio. No ofende quien quiere, sino quien puede. Es natural que la mierda, resignada a su naturaleza abyecta y a su destino de alcantarilla, aborrezca la columna de mármol que se erige incontaminada de sus efluvios. Es natural que la mierda, ensordecida por el zumbido de las moscas que se disputan su pitanza, envidie la columna de mármol que entabla coloquio con las nubes. Es natural que la mierda, ebria de su propia fetidez, se rebulla en su materia excrementicia, para perturbar con su hedor la rectitud dórica de la columna de mármol. Es natural, incluso, que la mierda busque el séquito de la mierda, para fundar juntas una letrina y procurar, con el ímpetu de su propio oleaje, salpicar la columna de mármol que no inmuta su blancura. Encaramados en esa columna, podemos contemplar divertidos el berrinche de la mierda, podemos incluso contemplar con preocupación sus afanes expansionistas, que amenazan con llenar de inmundicia el aire que respiramos. Pero, por muy lejos que llegue en su esfuerzo colonizador, sabemos que nunca alcanzará a anegar en su materia la columna de mármol. La imagen del pelanas coronado de espinas adquiere, a la postre, el significado alegórico de un pobre montón de mierda consciente de su fracaso.

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