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La familia Skywalker: del blanco al negro

Firmante: Miguel Ángel García Mercado
ACEPRENSA 080/02 12-06-2002

De algún modo, hay tantas películas como espectadores. El ataque de los clones, quinta entrega de la saga Star Wars, iniciada en 1977, ¿puede servir para comparar el ideal de juventud de finales de los años 70 y el actual? Así lo piensa el autor de este artículo que, desde la perspectiva de un profesor en Secundaria y Bachillerato, catedrático de filosofía, detecta que el desarrollo de esta popular historia refleja el cambio en los valores socialmente aceptados.

El cine, y especialmente el comercial, suele ser reflejo de la sociedad en la que vive. Transmite lo que ve, y con él, algunos valores socialmente aceptados. Por eso debe convertirse –cada vez más– en un instrumento privilegiado para conocer los valores positivos y negativos de un momento histórico. Los héroes, o incluso los antihéroes, son modelos de comportamiento que responden a lo que se considera apreciable.
La actualidad cinematográfica nos puede servir para comparar el ideal de juventud de finales de los años 70 y el actual, poniendo frente a frente a Luke y a su padre Anakin. Un primer examen resulta desalentador: el Skywalker en puertas de los 80 salvó el Universo y el de principios del Tercer Milenio lo convirtió en el reino del mal. Puesto el futuro en manos del hijo, éste tuvo la valentía y arrojo –atributos de la juventud– para ponerlo al servicio del bien; puesto en manos del padre, el sentimentalismo y la subjetividad en el juicio –propiedades igualmente de los jóvenes– le inclinaron hacia el lado oscuro.
El mismo Lucas parecía consciente de esto al proponer el extraño orden de los episodios. Es más frecuente en la historia del cine que el triunfo de un individuo produzca su saga posterior, pero –en espera de la dudosa realización de la tercera serie de tres películas con los descendientes de Luke– se prefirió partir desde la serie intermedia para luego –con el éxito– contar la inicial.
La causa de este orden procedía –según testimonio del propio Lucas– de que los años 80 no estaban preparados para asistir a la caída del héroe en el mal. Me asusta el hecho de que nuestra época sí lo esté. Siguiendo el orden natural (la caída del padre y la redención del hijo), era muy posible que el público no tuviese voluntad para esperar la reconstrucción del bien.
Tipología de personajes
Luke Skywalker era un joven idealista, dispuesto a empeñarlo todo al servicio de su misión. Ciertamente deseaba salir de Tatooine, pero tanto allí como después, se sometió pacientemente a una autoridad que respetaba: primero, la de su tío el granjero, que ahora se nos ofrece con imagen juvenil en El ataque de los clones; después, la de Obi-Wan. Su rebeldía está perfectamente dirigida hacia el Imperio. En cambio, Anakin es un rebelde sin más: discute con Obi-Wan y con Amidala. En La amenaza fantasma ya se encuentra el germen de esa rebeldía cuando su mentor decide formarlo como Jedi contra la opinión del Consejo. La desobediencia y la arrogancia de quien cree saber más que todo el mundo se han instalado en el inicio de su formación y le siguen en todo su proceso hacia el mal.

Luke Skywalker
Quizás radique aquí la singular diferencia entre padre e hijo, y entre los paradigmas que describen. Se nos insiste, en los dos primeros episodios, en las singulares cualidades de Anakin (el que cumplirá la profecía de traer el equilibrio a la fuerza). Pese a todo eso, cae en el mal. En el final de la adolescencia ha superado ya en muchas cosas a su maestro. En cambio, Luke, con educación de granjero, formado a marchas forzadas por Kenobi primero y por Yoda después, es el héroe de una victoria imposible. Siguiendo el paralelismo que apuntábamos, no hemos conocido época en la que los medios educativos nos permitieran augurar un mejor futuro: menos alumnos por aula, más conocimientos pedagógicos, más instrumentos, pero el fruto no está siendo el esperado. Vemos en Anakin algunos de esos caracteres que tanto florecen hoy por las aulas pre-universitarias: una conciencia excesiva de las propias cualidades, la impresión belicosa de ser constantemente menospreciado cuando otros le dicen lo que debe hacer, la ausencia de respeto incondicional hacia los maestros o el desarrollo de una hipersensibilidad que pone en primer lugar los planes particulares.
Obi-Wan, figura clave
Resultan singularmente significativos estos últimos factores: El ataque de los clones está lleno de disputas entre el maestro Obi-Wan y Anakin, al que el primero llama despectivamente mi jovencísimo aprendiz en varias ocasiones. Además, advertimos desde el primer momento la falta de prestigio del maestro Obi-Wan. Para resaltar el crecimiento espectacular del joven, éste ha de salvar a su maestro en alguna ocasión. Anakin entiende la posición de Kenobi más como un coartador alienante de su libertad espontánea que como un conductor hacia la perfección. Pese a sus repetidos errores, Anakin piensa –como muchos de nuestros jóvenes– que no necesita maestros. Ante esta nueva óptica, adquiere luz nueva el enfrentamiento entre Darth Vader y Ben Kenobi en el Episodio IV, que inicia el gigante negro del lado oscuro con estas palabras: "Cuando me separé de ti yo era el aprendiz; ahora soy el maestro". Obi-Wan contesta: "Sólo el maestro en maldad". Esa falta de prestigio se traduce en crítica feroz a Obi-Wan y en rechazo a sus consejos. Esa prepotencia no acepta consejos, porque en ellos se esconde siempre la necesidad de mejorar. Sólo piensa en halagos, como los que le dirige el canciller Palpatine, que pide a gritos salir de su falsa impostura como partidario del bien para presentarse como el futuro Emperador.
En cambio, Luke manifiesta una creciente admiración hacia Obi-Wan, al que respeta y obedece. Esta relación tiene su momento culminante en la inmolación de Kenobi ante Vader para permitir que Luke alcance su pleno poder. Este enfrentamiento es tematizado de forma sórdida en El ataque de los clones con la irónica profecía del joven Obi-Wan ante las constantes desobediencias de su discípulo: "Algún día terminarás matándome". Esa falta de prestigio no sólo es fruto del carácter cambiante y soberbio del muchacho. El propio Obi-Wan lamentará en la serie intermedia que quiso ocupar el papel del maestro Yoda, algo que no le correspondía. Nuevamente la ruptura inicial de las normas, considerada como una obligación para los otros, no para los seres superiores, provoca el inicio de la tragedia.
El talante de Obi-Wan se pone de manifiesto en momentos estelares. Así, en El Imperio contraataca, se produce la dolorosa revelación de la paternidad de Darth Vader. Luke, casi destruido por esta noticia, gime buscando a su difunto maestro para que le consuele ante lo que no esperaba: "Obi-Wan, ¿por qué no me lo dijiste?". Hasta en el momento de la queja, Luke acude a su maestro. Sin embargo, en la escena final de El ataque de los clones, la boda entre Anakin y Amidala, Obi-Wan no está presente. No fue invitado porque con seguridad no la habría aceptado.
La escena, sentimental y hermosa, tiene también un matiz muy singular. Anakin es incapaz de controlar sus sentimientos, ni para el bien ni para el mal. Nuevamente aquí nos encontramos una curiosa comparación: en primer lugar, la acción de los soldados imperiales con la familia de Luke en el Episodio IV le llevó definitivamente hacia el bien; la intervención de los moradores de las arenas contra la madre de Anakin -y la posterior venganza de éste- inician su caída hacia el lado oscuro en el Episodio II. La agresividad –condición de todo héroe– no es el problema, sino su control en el bien.
Amores de Jedis
Algo similar sucede con el amor. Éste aparece como algo irresistible, por más que lleve a la ruina en el caso de Anakin; pero resulta sorprendente recordar que –si Luke hubiese actuado de forma similar– habríamos tenido un romance todavía más insalvable entre hermanos. Es lícito pensar que la misma historia posterior obligó a este comedimiento por parte de Luke, pero –aunque sólo sea por eso– ya se afirma que éste era posible. Parece que el joven de los 80 podía controlar sus sentimientos pero que es imposible pedírselo al joven actual. En realidad, el problema es más agudo. En Anakin se advierten -en paralelo con muchos de nuestros jóvenes- una sensibilidad desatada que funciona por libre; en Luke, ésta es parte de su ser y compatible con su misión. El amor de Luke se dirige hacia Leia, pero también –y no en menor medida– hacia Solo o Obi-Wan. Ese amor universal le permite renunciar después a Leia (sin que advirtamos una ruptura interior) y redimir a su padre, algo que parecía imposible. El instrumento que el Emperador pensaba utilizar para su caída –la debilidad producida por la confianza en su patética banda de amigos– será su fuerza.
El amor de Anakin es posesivo, celoso y hasta cruel. Se impone por encima de todo y se tematiza enfrentado con los ideales superiores. Conversando con Amidala (contra la propaganda de los carteles anunciadores de este episodio), dice que a un Jedi no le está prohibido amar sino singularizar ese amor en un único objeto. Ha recibido un caudal de dones y, como Jedi, ha de convertirse en un modelo de donación, de servicio, de entrega. Esa es la causa del celibato. Así, paradójicamente, aunque éste aparezca para Anakin como una rémora para su felicidad, su trasgresión provocará –por ese moralismo inconsciente que se esconde siempre en las películas– la infelicidad de todos y la ruina de la sociedad.
Los jóvenes según Lucas
Una conclusión final nos aparece: el Lucas de los 80 podía esperarlo todo de los jóvenes; ahora teme mucho de los jóvenes de nuestros días. Si antes su actividad era un camino seguro de mejora, en 2001 se duda mucho de ellos. No estoy nada convencido de que esta conclusión –si es que está realmente presente en la saga– sea verdadera, entre otras cosas porque si los adolescentes no construyen el futuro, no lo hará nadie; pero sí entiendo que el fondo moral de esta película -pensada esencialmente para la diversión- nos indica que el camino hacia lo oscuro procede de dos fuentes: nuestra incapacidad para mostrarnos como verdaderos maestros y el hiperdesarrollo de la sensibilidad como único criterio, arma escondida de sofistas y comerciantes.

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