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Lo público y lo púdico

Por Antonio Barnés Vázquez. Sevilla (1967).

Ser vergonzoso o sinvergüenza no son conductas atractivas ni positivas. Como decía Aristóteles, en el medio está la virtud. Entre la mojigatería y la sirvengonzonería, lo púdico –pudor, pudoroso- se muestra lo más razonable y equilibradamente humano.

Lo púdico se relaciona con lo público desde el momento en que hablamos de intimidad en la persona humana, concepto que no aplicamos a los simios. No hay orangutanes desnudos o medio desnudos, porque el vestido no es una categoría pertinente para los animales.

Para los hombres y mujeres sí es significativo el vestido, y no tanto en relación con el calor y el frío cuanto a su intimidad.

El ser humano no es reducible a su cuerpo por la sencilla razón que apunta Viktor Frankl: una persona con un cuerpo exactamente igual al de mi madre, no es mi madre, que es mucho más que su organismo perfectamente reproducido.

Hombres y mujeres poseemos intimidad porque, entre otras cosas, somos libres para desvelarla y entregarla a quien merece nuestra confianza.

Por eso, el escenario por antonomasia de la intimidad es la familia, en sentido amplio, pues incluye también a los amigos.

El chimpancé es el mismo en el cuarto de baño, en la playa y en la calle.

Pero el ser humano no debe confundir la playa con el cuarto de baño ni la calle con la playa, porque estaría despojándose de la intimidad y se deshumanizaría.

En la actualidad, abundan en nuestras playas y calles personas masculinas y femeninas que abdican de su intimidad, porque en su modo de desvestir no disciernen entre el cuarto de baño, la playa y la calle.

Se ha producido un corrimiento antropológico. Muchos están en la costa como en la ducha y en la vía pública como en la playa.

Para recuperar el respeto a los demás –violencia doméstica, violencia en las aulas, conflictividad laboral, etc- hay que empezar por el respeto a uno mismo y al propio cuerpo. Hay que empezar por recuperar la intimidad.

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