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Bernard Kouchner:

Un toque de "diplomacia moral" para Francia

Por Antonio R. Rubio Plo, Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
En Análisis Digital, el 5 de junio de 2007

Nicolas Sarkozy tiene prisa, mucha prisa, y con un doble objetivo: convencer a la opinión pública de que tiene proyectos con los que trabajar de inmediato, y arrebatar bazas a sus adversarios políticos para las elecciones legislativas de junio. Ha jugado, por ejemplo, la carta políticamente correcta de la paridad ministerial aunque no con esa lógica de ciencia exacta que se respira en otros países: en Francia son ocho hombres y siete mujeres, pues lo más importante son las capacidades y no las cuotas preestablecidas. Pero lo más llamativo del nuevo gobierno es el toque de “gabinete de unidad nacional” que le ha infundido el presidente al convocar a personalidades centristas como Hervé Morin en Defensa y a izquierdistas como Bernard Kouchner en Asuntos Exteriores. La oposición ha quedado desconcertada en un momento de fuertes tensiones internas tras la derrota de Ségolène Royal, pues Sarkozy da la imagen de apostar por un centrismo que François Bayrou pretendía monopolizar. Si la reacción socialista es radicalizar su discurso en la próxima campaña electoral, seguramente las urnas no le serán muy propicias y la UMP de Sarkozy consolidará sus posiciones en el ejecutivo y en el legislativo.

Por de pronto, el socialismo francés ha reaccionado con la expulsión automática de Bernard Kouchner del PS. Pero el ex ministro de Acción Humanitaria del gobierno Jospin y fundador de Médicos sin Fronteras y Médicos del Mundo, no lo lamentará excesivamente. Siempre se consideró hombre de izquierdas: fue militante del PCF en su juventud y un activista en la universidad parisina en mayo del 68. Mas a diferencia de otras personas de su generación, que adoptaron posiciones pragmáticas o selectivas, se tomó muy en serio lo del combate por los derechos humanos. Al presenciar sobre el terreno muchas de las catástrofes humanitarias de las décadas de 1970 y 1980, propagó al final de la guerra fría una doctrina que le daría a la vez prestigio y críticas: el derecho de injerencia. Esto implicaba la oposición global a todas las tiranías fueran del signo que fueran. Se explica así que Kouchner aplaudiera la intervención en los conflictos balcánicos, sobre todo en Kosovo. No está tan lejano aquel 1999 en el que líderes izquierdistas europeos como Jospin, Blair, Fischer o D’Alema, unidos al presidente demócrata Clinton, se implicaran en una guerra contra la Serbia de Milosevic, pese a no tener el aval del Consejo de Seguridad. El propio Kouchner sería designado representante especial del secretario general de la ONU en Kosovo entre 1999 y 2001. Los albano-kosavares tienen que agradecerle su labor en la reconstrucción del territorio con unas elecciones municipales democráticas y estarán sin duda encantados por su nombramiento como ministro de Exteriores, un claro indicio de que Francia apostará inequívocamente por la independencia de Kosovo.

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Se ha dicho de Kouchner que ama las contradicciones. Desde luego es atípico en un hombre de izquierdas apoyar el derrocamiento de Sadam Hussein pero el nuevo ministro francés lo consideraba legítimo pues él mismo participó en la operación de ayuda humanitaria a los kurdos tras la guerra del Golfo de 1991. La dictadura de Sadam no merecía sobrevivir y Kouchner no está de acuerdo con ese relativismo moral, presentado como pragmatismo, que asegura que en Irak se vivía mejor con aquel régimen. Por la misma regla de tres habría que ser un nostálgico de la guerra fría y del equilibrio del terror nuclear para no tener que soportar un mundo más impredecible y peligroso como el que ha surgido tras el 11-S. La conclusión que puede sacarse de estos argumentos, unos confesados y otros inconfesables, es que el mejor amigo de la paz es el statu quo, con lo que muchos que se proclaman pacifistas nos estarían diciendo que la paz puede y debe conseguirse a cualquier precio. Esto se llama apaciguamiento y desde luego no se asienta sobre bases morales sólidas, sí acaso sobre sentimientos. Puede llevar incluso a cerrar los ojos o a disculpar violaciones de los derechos humanos en nombre de unas supuestas y legítimas diferencias culturales. Kouchner se ha rebelado siempre contra estos planteamientos y, en consecuencia, se ha hecho..... pro-americano. No le gusta, sin embargo, la Administración Bush ni los neocons, pero adora el idealismo de tipo wilsoniano en el que la democracia liberal es un paradigma para el mundo y debe propagarse por la corteza terrestre en desafío a toda clase de tiranías. Esto no es obstáculo para que haya criticado la gestión americana de la posguerra en Irak, que ha recaído más sobre el Departamento de Defensa que sobre el de Estado, y que no ha implicado desde el principio a los distintos grupos étnicos y políticos en la reconstrucción. Dicen también que Kouchner es atlantista: lo será en el sentido de veneración por el sistema democrático y como un signo de que Sarkozy quiere distanciarse de la diplomacia de Chirac respecto a Washington. Mas no cabe duda de que todo el historial del ahora ministro está repleto de combates por causas tercermundistas desde Liberia a Somalia pasando por el Kurdistán.

Con la designación de Kouchner, el presidente francés quiere dar a su gobierno un toque de “diplomacia moral”, un poco más de valores y un poco menos de pragmatismo relativista. En Moscú no se habrá recibido con mucho entusiasmo a quien ha criticado la guerra en Chechenia, y en algunos países árabes se hablará de las supuestas simpatías pro-israelíes de un hombre de padre judío. Mas no olvidemos que la última palabra en política exterior la marcará el palacio del Elíseo.

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