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Sólo ellos pueden

Anuario 2004 de la Asociación de la Prensa de Granada
Juan de Dios Jerónimo
«No es ser homófobo ni reaccionario creer que son respetables y legítimas las opiniones de quienes mantienen reservas sobre el matrimonio homosexual». La frase es de la ex ministra de la familia de Francia. La socialista Sègoléne Royal se ha atrevido a lanzar una consideración que sirve para echar por alto buena parte del argumento de quienes defienden este tipo de uniones. Me ha sorprendido a lo largo de este año oír acusaciones despiadadas contra quienes osaban cuestionar la viabilidad de los llamados “matrimonio homosexuales”. He oído muchos más ataques que argumentos. Esperaba el pronunciamiento de alguien, el que fuera, dando luz sobre una polémica tan artificial como poco consistente. Alguien que pusiera voz a los que pensamos que no se trata de frenar un derecho sino de de defender una institución (la familia) y cuestionar al mismo tiempo lo que se define como un derecho. Por eso, me ha sorprendido encontrar esta afirmación en boca de una ministra francesa y, además, socialista. Gracias a la paciencia del coordinador del anuario, he podido buscar en la hemeroteca y me he encontrado con un artículo de Antonio Burgos que me ha sorprendido. Dice así el periodista sevillano: “Está muy extendido el error de creer que toda discriminación es injusta, por el mero hecho de serlo. Esta idea es consecuencia de la obsesión por la igualdad puesta en circulación por eso que se llama la «corrección política». Pero, como digo, se trata de un error, porque la discriminación debe proscribirse, sí, salvo en una circunstancia en que es admisible e incluso, a veces, obligada: cuando el factor de diferencia sea relevante.” Antonio Burgos pone el siguiente ejemplo: “Un católico tiene perfecto derecho a ser taxista, pero habrá de ser discriminado si pretende entrar en una sinagoga a cantar la Salve: su religión es relevante para esa discriminación justa. Sería muy injusto discriminar a un enfermo de sida para ser contable en una empresa, pero sería justo impedirle trabajar en un centro hematológico, porque su infección es relevante para el contacto con sangre transfundible.” Se dice a menudo que los homosexuales no tienen libertad de casarse y de tener una vida familiar normal y que, por tanto, hay que adecuar una legislación para que ello sea posible. Pero no es cierto. No certificar no es prohibir. Tanto los gays y lesbianas como los monjes tienen plena libertad de hacer votos de fidelidad sin pedir permiso al Estado. Y concluye Antonio Burgos: “¿Es intolerancia el comprobar que la heterosexualidad tiene cierta relevancia en la institución matrimonial?” No, no es intolerancia. Evidentemente. Además, ¿cómo podemos excluir, por ejemplo, a la poligamia u otras formas de matrimonio plural, o a las "comunas de amor libre" si vuelven a estar de moda? Incluso ¿por qué quedarnos solamente con las uniones afectivas en las que hay contacto físico aunque solo sea visual? ¿Por qué no certificar todas las amistades o uniones que la gente quiera registrar, incluso las virtuales? La aprobación estatal que tiene la familia es solamente para que logre criar bien a los hijos, no para que goce de algún estatus religioso o moral. En el caso que nos ocupa el Estado presume que las personas adultas no precisan permisos morales especiales para el ejercicio de su libertad.¿Qué pasaría si proporcionáramos un mismo apoyo público a todas las formas de vida que algunas personas pueden encontrar emocionalmente satisfactorias? Por lo menos multiplicaríamos la injusticia de forzar a todos los que no estén de acuerdo con estas supuestas formas de vida familiar a subvencionarlas a través de sus impuestos.
En cuanto a las adopciones destacar un pequeño matiz: La adopción es un derecho del niño, no del adulto. No hace mucho el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, sentenció que no hay discriminación si se niega la adopción a una pareja por el hecho de ser homosexual. La opinión de los expertos, sobre todo en los campos de la psicología y la psiquiatría, consideran mayoritariamente que un menor adoptado por gays o lesbianas puede ver "fracturada su identidad", explica textualmente Aquilino Polaino, catedrático de Psicopatología de la Universidad Complutense de Madrid. Según el psiquiatra Enrique Rojas, "suponiendo que la educación que reciba un niño se realice buscando lo mejor para el y no ofreciéndolo como un trofeo de las reivindicaciones de la militancia homosexual, seria complejo que se desarrollara de manera similar a un niño educado entre heterosexuales". Me apropio la idea de la ex ministra de familia de Francia y concluyo que si se trata de mejorar un contrato civil a favor de la igualdad de derechos, sí. Si se trata de una confusión de los puntos de referencia y una provocación injustificada a las convicciones familiares y religiosas, no. Necesitamos, en definitiva, debatir con luz y taquígrafos, sin chantajes ni improvisaciones, si esta alteración del matrimonio y la adopción es justa y nos conviene a la mayoría de los españoles. Estoy seguro de que, frente a los precipitados anuncios en los primeros meses de Legislatura, el Gobierno no hurtará a la sociedad española el debate largo que la cuestión del pretendido matrimonio entre homosexuales demanda. Y mucho ojo, por favor, con bipolarizar ese pensamiento único: «Veo que se esboza una nueva tentación biempensante, incluso un temor a ser acusado de homofobia, que podrían impedir que el debate se desarrolle honestamente. Pero se puede reprobar y combatir la homofobia y a la vez no ser favorable al matrimonio homosexual, como es mi caso» La frase es de Lionel Jospin, ex primer ministro socialista de Francia… y, con toda modestia, mía.

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