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“Respetar las propias raíces”

Artículo de Alejandro Llano, catedrático de Metafísica de la Universidad de Navarra en la Gaceta de los Negocios, lunes 21 de diciembre de 2004
Algunas guarderías de Barcelona han cambiado el tradicional belén por un abstracto y frío paisaje invernal. (...) ¿Cómo se lo habrán explicado a los niños? En Madrid también tienen aspiraciones de asepsia globalizadora: en la sopa de palabras de algunas decoraciones conceptuales se ha prohibido que figuren palabras con sabor religioso, escrúpulo que no se ha tenido en cambio con los vocablos ofensivos o malsonantes. Para completar el panorama, se dice que en algunos ayuntamientos se han cancelado los concursos de villancicos, y que el corcho y las figuritas de los nacimientos van a estar ausentes de bastantes institutos y colegios públicos. Todo lo cual cuadra muy bien con el deterioro de la enseñanza que adscriben a nuestro país los informes internacionales. La cultura retrocede, la vulgaridad avanza.

Fuerte contraste con lo que sucede en Italia. La ministra de Educación, Letizia Moratti, ha escrito una carta a los directores de todas las escuelas -públicas y privadas, de cualquier tipo y grado- recomendándoles que instalen el pesebre en sus centros educativos. No se debe privar a los estudiantes de ese símbolo de amor. Se trata de un mensaje universal -argumenta Moratti- que no cierra las puertas a la recepción de otras llamadas, sino que abre la inteligencia y el corazón a todas ellas.

Es un razonamiento que cualquiera puede entender, con la única condición de que el sectarismo no le haya sorbido el seso. El primer requisito para abrirse a un horizonte multicultural es justamente el de situarse en el nivel propio de la cultura. Y lo cierto es que no hay culturas amorfas, porque lo que aporta cada una de ellas es una configuración en la que se plasman los diferentes estilos de vida. El genio del idioma alemán lo sabe bien cuando una de las palabras de que dispone para referirse a la cultura es precisamente Bildung, es decir, formación. Por eso no tiene sentido erosionar las propias tradiciones con objeto de ser capaz de recibir otras. El diálogo sólo es posible si los interlocutores se sitúan a la misma altura. Respetar nuestras raíces es condición necesaria para que nuestras ramas se entrelacen con las que brotan de otros troncos. El multiculturalismo presupone la cultura.

Es también la ministra Moratti quien mantiene en su carta que sin respetar nuestra historia cultural -vinculada, nos guste o no, al cristianismo- no tendremos la posibilidad de comprender la historia y los valores de culturas diferentes a las nuestras. Imponer un laicismo que en España nada tiene de constitucional produciría una desertificación cultural que nos incapacitaría para comprender a los inmigrantes que llegan a nuestra tierra a ritmo creciente. Por de pronto, la mayoría de ellos son cristianos. Y muchos de los que no lo son creen también en el Dios único. ¿Qué podrá ofrecer a unos y otros la pedantería de ciertos pseudoilustrados hartos de tópicos televisivos y que apenas han leído algún panfleto de autoayuda intelectual? Nada que le interese o les consuele. Todo lo contrario: dureza, frialdad, materialismo rancio. Por lo que yo sé, los inmigrantes no suelen quejarse en España del cristianismo -que no se les impone y quizá ni siquiera se les ayuda a conocer- sino de la asepsia que lleva consigo la superficialidad presuntamente cosmopolita, la peor de las globalizaciones.

Derivar este laicismo simplón de las exigencias de la democracia es un signo más que deja traslucir la ignorancia escondida tras estas actitudes de intromisión abusiva en el tejido social social. No nos vendría mal una relectura de Tocqueville, cuya fundamental obra Democracia en América pone de relieve el papel de la religión en la génesis y consolidación de la más antigua y lograda democracia moderna, que no es precisamente -¡lástima!- la surgida de la Revolución Francesa.
El desarraigo es pretotalitario. Si se cortan las raíces que le hincan en la tierra, el árbol queda a merced del viento que le arrastra. Bien lo sabía Juan Ramón Jiménez cuando cantó: "libertad de lo bien arraigado / seguridad del infinito vuelo". La savia que vivifica desde dentro constituye el único dinamismo de resistencia a la fuerza anónima del poder, del dinero y de la influencia manipuladora. Pero no cabe esperar que sean los políticos y los detentadores del poder económico o mediático quienes fomenten la libertad de los ciudadanos de a pie. No hay más libertad que la que uno se toma. Y ésa hay que tomársela de una vez por todas. Si es necesario, a través de una conspiración cívica, que sea leal y transparente, en lugar de oblicua y tenebrosa. Humildemente, al estilo que hoy se lleva, yo lanzo mi mensaje: "Haz tu belén allí donde puedas, y procura que se vea lo más posible". Pásalo

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