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Cocinar la libertad para dos personas

JOSÉ GARCÍA ROMÁN
IDEAL Granada, 23.I.2005
ÉL ya conoció la mofa momentos antes de expirar y perdonó a la gentecilla envalentonada que en el terremoto y las tinieblas de las tres de la tarde huyó despavorida. No se debe sembrar odio a la sombra de la cruz, ni mover la cabeza como aquellos provocadores en la agonía del Crucificado, ni aprovecharse de la debilidad clavada y sufriente. Hay otras maneras de hacerse famoso y ganar dinero.

Se están alzando en nombre de una extraña libertad voces que dicen quiénes tienen que hablar y callar -métodos hay, y los emplean a fondo también algunos predicadores de la progresía-, olvidando que las cabezas bien amuebladas, como se dice ahora, y de corazón generoso suelen ser personas que no hacen el ridículo en público ni ofenden. Los gritos se producen porque hay una parte de la sociedad, amilanada, que acomplejada calla y mira a otro lado, se conforma con el crucifijo en el féretro y la esquela, y traga lo que se le eche, pues perdió la costumbre de barrer la suciedad de las calles de la vida con la escoba del honor y el recogedor de la vergüenza y del decoro. Parece que se ha abierto la veda con trompas de caza que interpretan 'músicas' dedicadas a una libertad esquilmada por el poder del dinero, en una democracia descafeinada y amiga de sutiles y camuflados pelotazos y blindajes insolidarios, hostigada por la traición y la impostura, en la que subsistimos tantos vividores y rentistas que echamos en olvido que existen límites, vallas y cercas que no se deben violentar, salvo que se desee el libertinaje. Hoy no somos pocos los que pensamos que la libertad sufre acoso y necesita guardaespaldas.

Cristo es digno de respeto, aunque sólo sea porque fue voluntariamente y por amor a un suplicio, en pos de un fin que ha dado consuelo a muertos de hambre, a sedientos de justicia y abandonados. Tomarlo a chanza, como ocurre con la fiesta de la Cruz en la que se rinde culto a la borrachera, es una vileza. En las tertulias de Voltaire se respetaba a Dios.

Cuando se cocinan los símbolos sagrados, las ideas superiores, cualquiera puede ser candidato a ser 'cocinado'. Las disculpas pedidas en el medio televisivo responsable de la emisión del escandaloso video por «si a alguno le han sentado mal estas imágenes» relacionadas con «la mejor forma de cocinar un Cristo para dos personas», mechado con tocino sobre un fondo de cebolla, y metido en el horno durante tres días para salir al final del triduo Él solo, se han quedado a medio camino: no solamente «han sentado mal», sino que no procedía tal exhibición por mucho ambiente de «cultura relevante» que la arropara. El homenajeado, en una salida de insensatez y estulticia, ha dicho que los católicos lo que deben hacer es poner la otra mejilla. Estoy seguro que alguien le habrá recordado al cantautor que cuando se saltan ciertas normas lo más probable es que se acabe en el peligroso juego de partirse la cara. Es repugnante ofrecer recetas para explicar cómo se puede cocinar un Cristo introduciéndolo en un horno. Pero no hay que alarmarse: miles de 'crucificados' muy cercanos agonizan expuestos sin pudor al desprecio y a la mofa, y cuando mueren son llevados a la fosa común donde reposan los restos mortales de los que existieron a duras penas y murieron sin haber vivido.

Necesitamos la defensa de los grandes valores sin los que no es posible la convivencia. De no conseguirlo, acabaremos guisados con ingenio, y encima creyéndonos que vivimos en un mundo maravilloso aunque sea la cocina al gusto del chef de turno, que para eso manda. Es extraño que no se nos comenten recetas que incluyan símbolos sagrados de las religiones islámica, budista o judía. Tal vez la cobardía, disfrazada de valentía, no considere convenientes estos guisos.

Es increíble que los principios nobles y los atributos sagrados puedan ser mechados y recostados en lechos de cebolla públicamente. Los hornos de la cocina deben usarse para alegrar el estómago y no el mundo turbio de las ideas de la caverna que se pasean bravuconas y prepotentes por los arrabales de la razón. La mente humana ya ha ofrecido suficientes pruebas de lo que puede dar de sí: véanse los documentos de la Lubianka estalinista o del Reich hitleriano, por no citar otros ejemplos terroríficos recientes. A la postre siempre acaba todo en 'soluciones finales' de las que todavía no hemos aprendido lo más elemental. La gran herida de nuestra sociedad tiene que ver con la almoneda, con la subasta y venta de todo lo que convenga, y no precisamente a un mundo más humano semejante a aquel que soñara Beethoven, creyente en la hermandad y dignidad del hombre, y rebelde ante el sistema establecido: por ello, llegó tarde la botella de vino que deseara un Beethoven agónico y pobre. ¿Tan pocos beneficios obtuvo de su ejemplar obra musical? Es que la fama la llevaba en su corazón, en el que no existían suburbios vergonzantes, sino pura genialidad rodeada de angustias, sufrimientos, desprecios, abandonos y un testimonio fuera de lo común.

No estamos sobrados de programas de televisión en los que se preparen recetas que tengan que ver con la concordia y la bonhomía, aunque no sean rentables a las cadenas del sistema que nos tiene encadenados. Por otra parte, cocinar la libertad gracias a la libertad no deja de ser una paradoja. De todas maneras, en relación con el asunto principal que nos ocupa, no perdamos de vista aquella frase que sigue grabada en la memoria de la Humanidad: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Cristo es un personaje sin fronteras, y su ejemplo puede ser estímulo para toda persona que ansíe la luz y la verdad. No está limitado al mundo católico, ni siquiera al cristiano. Va más allá. A ver si se enteran algunos de una vez.

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