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Peregrino en Tierra Santa. Capítulo III. Belén


Foto MJN
Belén. Cuando has fantaseado con pasear por Belén -"Pero tú, Belén Efrata, aunque tan pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser dominador en Israel; sus orígenes son muy antiguos, de días remotos." (Miqueas, 5, 1)- a la luz de la luna llena, como aquellos pastores de hace dos mil años, bajo el son de sus campanas, llegar a eso de las cuatro de la tarde e ir directamente a una cooperativa católica de souvenirs, te plancha todo el misterio.

Dos experiencias previas me fueron preparando para lo prosaica que puede llegar a ser la realidad, si se empeña. El primer encuentro con el autoservicio de un hotel árabe preparado para grupos como bandadas de paso. Íbamos muy prevenidos sobre el agua y la carne, así que nos dedicamos a las ensaladas. Muy variadas, muy sabrosas, muy coloridas, algunas muy picantes -hubo que aprender rápido a distinguirlas-. Hice un curso de bufés con los siguientes aprendizajes:

1. Echa un vistazo antes a todo o cuando llegues a lo que más te apetece no tendrás sitio en el plato.
2. No eches todo de una vez, haz tres viajes, por lo menos.
3. La carne de hotel -pollo mayoritariamente- está buena y no provoca diarreas. En general, todo está bueno.
4. Se puede beber el agua potable: no es la de Granada; pero no mata.
5. Acostúmbrate al famoso y omnipresente hummus, es muy suave si no está aliñado (si lo está, prepárate para sudar).
6. Agradecerás la gelatina durante todo el día -y la noche-.
7. Todos los bufés de todos los hoteles son parecidos: ¡ánimo, solo vas a estar unos días!
8. Si quieres una hamburguesa, vete a un MacDonald.
9. Si comes un día en Tiberias, aparecerá el Pez de San Pedro: consuélate, verás al fin patatas fritas.

La segunda experiencia fue el famoso muro que separa Belén de Jerusalén. El muro quedaba "a las doce", lo que, como expliqué en otro capítulo, me impidió apreciarlo bien. El paso fue decepcionantemente fácil y rápido, tanto que apenas pude alcanzar a vislumbrarlo. Uno de mis objetivos inconfesos era hacer algunas fotos a los graffiti del lado palestino del muro, para enriquecer mi pequeña colección. No hubo posibilidad, y sumé mi segunda frustración a la lista.

foto MJN
El paso por la cooperativa católica era obligada, para ayudar a los cristianos de Belén, que están siendo expulsados de su tierra a base de asfixia económica, política y social. Entras en un patio destartalado, rodeado de edificios destartalados, y te encuentras en una tienda grande, perfectamente organizada para los grupos de turistas y peregrinos gordos occidentales -u orientales-, a los que nos ven como billetes de 100 euros o dólares (prefieren euros) con patas. Si no sales del circuito turístico-peregrino, no ves un séquel ni por el forro. Con un grupo tan numeroso y concienciado como el nuestro, hicieron el agosto en abril. Hasta yo compré. Y eso que, viniendo de tierras cubiertas de olivares, no nos gustan, por lo general, los objetos hechos con esa madera de color café con leche.

Y por fin, un primer "gran momento": la basílica de la Natividad. No voy a contar cosas que están mejor contadas en infinidad de sitios (aquí, por ejemplo). Son impresiones personales, y la primera es que había cola, la segunda es que la puerta era muy pequeña, la tercera es que estaba abarrotado el templo y en obras parcialmente, la cuarta son los apretujones para entrar en la gruta; porque a base de construir y destruir edificios unos encima de otros, los lugares más santos están en los sótanos.

Foto MJN
En Tierra Santa, las puertas son importantes. Como los muros. La basílica de la Natividad tiene aspecto de fortaleza, su entrada tenía cinco metros, pero hoy la puerta apenas mide metro y medio, para que emperadores y califas no entrasen a caballo en la casa de Dios. Se requiere humildad y paciencia para llegar al lugar donde El Altísimo se abajó hasta convertirse en un bebé de nuestra misma naturaleza: exinanivit formam servi accipiens, in similitudinem hominum factus ("se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre").

Foto atarifa CC
Motivos menos piadosos tuvo Solimán el Magnífico para cerrar la Puerta Dorada de Jerusalén a los peregrinos: tuvo miedo de que éstos entraran en gran número en la ciudad recién conquistada y, quedándose dentro, organizaran una revuelta. Por eso trasladó el flujo a la de San Esteban (o de los Leones), mucho más pequeña y controlable, único acceso a la Ciudad Vieja por el este. O quizá sea cierto que la mandase sellar para impedir el acceso del Mesías que, según la tradición, debe entrar por ella el Día del Juicio Final.

Foto atarifa CC
Y menos edificante aún es el cierre de la puerta de la basílica del Santo Sepulcro, convertido en un espectáculo al que acude la gente como si fuera el cambio de guardia de Buckingham Palace. Ya se sabe, las disputas entre las distintas denominaciones cristianas llevaron a confiar la custodia de las llaves a una familia musulmana.

La paciencia todo lo alcanza, así que al fin me vi echado sobre la estrella que enmarca el lugar exacto del nacimiento de Jesús (vide foto in principio) y rezando ante el lugar del pesebre: "Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento", narra Lucas escuetamente.

Todo el encanto del momento se esfuma para dejar paso a un grupo de rusos que nos empuja fuera, hacia la iglesia de Santa Catalina y las grutas en las que, ¡sorpresa para mí!, Jerónimo de Estridón tradujo la Biblia hebrea y griega al latín (la Vulgata), para que todos pudieran leerla y entenderla (todos los que supieran leer, claro). Qué mejor sitio para este trabajo que el "quinto Evangelio", en el sentido que recogió Benedicto XVI -no en el que le gusta a los amigos de lo esotérico-, "porque aquí podemos ver, es más tocar, la realidad de la historia que Dios ha realizado con los hombres".

La iglesia de Santa Catalina merece un comentario, porque en ella se palpa la aportación española a los santos lugares. Aquí se conserva la imagen del Niño de Belén; aquí celebra la Misa de Gallo el patriarca latino de Jerusalén y de aquí, junto al embajador de España, la lleva en procesión hasta el Santo Pesebre en la basílica contigua. La talla fue encargada en 1920 a la Casa “Viuda de Reixach” de Barcelona y fue realizada por el artista Francisco Rogés.

Belén. Hombres solos. Las mujeres solo salen a la calle para algo concreto y regresan a casa. Imposible distinguir árabes cristianos de musulmanes. No hay chilabas. Cosas fuera de sitio. Buenos coches entre edificios descascarillados o a medio hacer. Chavales que te venden cualquier cosa, chicles o así, para pedir, quizá porque esté prohibido mendigar, pues no he visto ningún mendigo.

Volvemos a atravesar el muro casi sin darnos cuenta, ahora camino, por fin, de Jerusalén, del Monte de los Olivos, del Hotel Seven Arches, con una de las mejores vistas del mundo: la Ciudad Vieja de Jerusalén, la Explanada del Templo en primer término, con su cúpula dorada, detrás del Valle de Josafat, y abajo el Torrente Cedrón. Después de cenar, salimos unos cuantos al mirador, ya es de noche, Jerusalén brilla como en los viejos cuentos orientales. Ahora sí, peregrino, has llegado a tu destino. Esto dijo Ciro, rey de Persia: "El que de vosotros pertenezca a ese pueblo, que su Dios esté con él y suba a Jerusalén, en Judá, para construir el Templo del Señor, el Dios de Israel, que es el Dios que está en Jerusalén".

Foto JLM
No entraremos en Jerusalén todavía. Antes hay que retroceder al principio, a Jericó, con nuestras trompetas, y entrar en la Tierra Prometida siguiendo los pasos de Josué. Pero eso será en el capítulo IV.

Continuará...

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