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Foto MJN |
Dos experiencias previas me fueron preparando para lo prosaica que puede llegar a ser la realidad, si se empeña. El primer encuentro con el autoservicio de un hotel árabe preparado para grupos como bandadas de paso. Íbamos muy prevenidos sobre el agua y la carne, así que nos dedicamos a las ensaladas. Muy variadas, muy sabrosas, muy coloridas, algunas muy picantes -hubo que aprender rápido a distinguirlas-. Hice un curso de bufés con los siguientes aprendizajes:
1. Echa un vistazo antes a todo o cuando llegues a lo que más te apetece no tendrás sitio en el plato.
2. No eches todo de una vez, haz tres viajes, por lo menos.
3. La carne de hotel -pollo mayoritariamente- está buena y no provoca diarreas. En general, todo está bueno.
4. Se puede beber el agua potable: no es la de Granada; pero no mata.
5. Acostúmbrate al famoso y omnipresente hummus, es muy suave si no está aliñado (si lo está, prepárate para sudar).
6. Agradecerás la gelatina durante todo el día -y la noche-.
7. Todos los bufés de todos los hoteles son parecidos: ¡ánimo, solo vas a estar unos días!
8. Si quieres una hamburguesa, vete a un MacDonald.
9. Si comes un día en Tiberias, aparecerá el Pez de San Pedro: consuélate, verás al fin patatas fritas.
La segunda experiencia fue el famoso muro que separa Belén de Jerusalén. El muro quedaba "a las doce", lo que, como expliqué en otro capítulo, me impidió apreciarlo bien. El paso fue decepcionantemente fácil y rápido, tanto que apenas pude alcanzar a vislumbrarlo. Uno de mis objetivos inconfesos era hacer algunas fotos a los graffiti del lado palestino del muro, para enriquecer mi pequeña colección. No hubo posibilidad, y sumé mi segunda frustración a la lista.
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foto MJN |
Y por fin, un primer "gran momento": la basílica de la Natividad. No voy a contar cosas que están mejor contadas en infinidad de sitios (aquí, por ejemplo). Son impresiones personales, y la primera es que había cola, la segunda es que la puerta era muy pequeña, la tercera es que estaba abarrotado el templo y en obras parcialmente, la cuarta son los apretujones para entrar en la gruta; porque a base de construir y destruir edificios unos encima de otros, los lugares más santos están en los sótanos.
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Foto MJN |
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Foto atarifa CC |
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Foto atarifa CC |
La paciencia todo lo alcanza, así que al fin me vi echado sobre la estrella que enmarca el lugar exacto del nacimiento de Jesús (vide foto in principio) y rezando ante el lugar del pesebre: "Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento", narra Lucas escuetamente.
Todo el encanto del momento se esfuma para dejar paso a un grupo de rusos que nos empuja fuera, hacia la iglesia de Santa Catalina y las grutas en las que, ¡sorpresa para mí!, Jerónimo de Estridón tradujo la Biblia hebrea y griega al latín (la Vulgata), para que todos pudieran leerla y entenderla (todos los que supieran leer, claro). Qué mejor sitio para este trabajo que el "quinto Evangelio", en el sentido que recogió Benedicto XVI -no en el que le gusta a los amigos de lo esotérico-, "porque aquí podemos ver, es más tocar, la realidad de la historia que Dios ha realizado con los hombres".

Belén. Hombres solos. Las mujeres solo salen a la calle para algo concreto y regresan a casa. Imposible distinguir árabes cristianos de musulmanes. No hay chilabas. Cosas fuera de sitio. Buenos coches entre edificios descascarillados o a medio hacer. Chavales que te venden cualquier cosa, chicles o así, para pedir, quizá porque esté prohibido mendigar, pues no he visto ningún mendigo.
Volvemos a atravesar el muro casi sin darnos cuenta, ahora camino, por fin, de Jerusalén, del Monte de los Olivos, del Hotel Seven Arches, con una de las mejores vistas del mundo: la Ciudad Vieja de Jerusalén, la Explanada del Templo en primer término, con su cúpula dorada, detrás del Valle de Josafat, y abajo el Torrente Cedrón. Después de cenar, salimos unos cuantos al mirador, ya es de noche, Jerusalén brilla como en los viejos cuentos orientales. Ahora sí, peregrino, has llegado a tu destino. Esto dijo Ciro, rey de Persia: "El que de vosotros pertenezca a ese pueblo, que su Dios esté con él y suba a Jerusalén, en Judá, para construir el Templo del Señor, el Dios de Israel, que es el Dios que está en Jerusalén".
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Foto JLM |
Continuará...
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