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Peregrino en Tierra Santa. Capítulo II. Ain Karim

Foto MJN
Ain Karim. Lo que es no estar en lo que se hace. Y debería estar avisado: “Por aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea". Lo narra Lucas y lo comprueban mis ojos; comenzamos a trepar por las montañas de Judea, ahora sembradas de edificios de la sempiterna y cansina piedra blanca, desproporcionadamente grandes para lo que estamos habituados en España en las faldas de los montes. "A las doce", un enorme hospital, colgado de modo inverosímil de la escarpada, orgullo de la sanidad israelí: "allí atendieron a mi padre -dice Ramzi, el guía-, y murió. Allí operaron a mi tío, y murió. Ahí estuvo interna mi tía, y murió".

Viajar en un autobús de 54 plazas con 54 personas tiene, entre otras cosas, que donde caes el primer día, caes el resto de los días. Yo caí hacia el fondo, así que cada vez que el guía señalaba algo "a las doce", para mí no pasaba de ser una entelequia hasta que alguna curva piadosa lo ponía a las tres o, preferiblemente, a las nueve. Tampoco pasa nada, las montañas de Judea están repletas de curvas.

Ain Karim está, lo he comprobado, en la montaña, a escasos seis kilómetros de Jerusalén; pero en otra vertiente. Además, según Ramzi, Isabel se habría refugiado fuera del pueblo para ocultar su embarazo esos cinco meses en los que cuenta Lucas que se decía: "Así ha hecho conmigo el Señor, en estos días en los que se ha dignado borrar mi oprobio entre los hombres.". Total, que nos apeamos en el pueblo y nos dispusimos a subir a pie los últimos metros hasta la casa de campo de Zacarías, en competición con un grupo de brasileños. Luego, cuando has viajado hasta Nazareth -en autobús- y has conocido las montañas de Judea, lees de otra forma el escueto relato del apresurado desplazamiento de una adolescente embarazada para ayudar a su prima a dar a luz, y vuelta, tres meses más tarde, más embarazada aún; para viajar de nuevo muy poco después hasta Belén, todo a pie, porque los burros eran para trasportar la carga, no las personas, según Ramzi; aunque mi amigo el Dr. Correal asegura que iría sobre una asna (sin aire acondicionado, airbag, cinturón de seguridad ni asiento ergonómico).

Magnificat en catalán
Foto atarifa CC
El santuario de la Visitación es, naturalmente, el hogar del Magníficat, ese maravilloso canto de alabanza embellecido por tantos artistas y meditado piadosamente por tantos santos. Ahí empiezas a tocar con los sentidos que estás en el origen de algo grande, precioso y global. Los textos del Magnificat en multitud de idiomas (50), colgados de las paredes del atrio de acceso abren tu conciencia cristiana a todos los puntos cardinales, empezando por Cataluña, pues la oración en catalán abre la serie, arriba a la izquierda. Es llamativa la presencia del cristianismo catalán en Tierra Santa, supongo que tiene que ver con el espíritu práctico y la generosidad económica de cuando Cataluña era cristiana, y quizá por eso, ahora que parece no ser ni lo uno ni lo otro, nos va como nos va de mal. Sobre esto de los dineros ya volveré; pero aprovecho para precisar que el texto está también en español, naturalmente, y que la presencia de España en Tierra Santa (y de Cataluña, por tanto) es para estar orgullosos, si es que estos tiempos de tirar piedras sobre nuestro tejado nos lo permite.

Regresemos al encuentro de las dos primas, que encubre y descubre a la vez el encuentro de los dos mejores hombres de la Historia, cuando ambos eran embriones. Hay en la cripta de esta iglesia del prolífico e incansable Antonio Barluzzi una curiosidad, la roca tras la que Isabel habría escondido a su hijo Juan de los lacayos de Herodes, salvándole la vida. Ahí fue fácil tener un recuerdo para todos los cristianos perseguidos a muerte desde aquel instante hace dos mil años, hasta ahora.

Y de aquí a Belén, sin pasar por Nazareth, todavía. Pero eso será en el capítulo III.


Continuará...

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