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foto atarifa CC |
Siempre me ha ido bien en la vida cuando no he deseado nada y me he limitado a ir encontrándome con regalos. Cuando tenía 18 años decidí decir que sí a todos esos regalos, y las cosas no han podido ir mejor. Una prueba de que envejezco es que ahora había dicho que no.
Desde que me apuntaron al viaje, el trabajo y otras cosas sirvieron de excusa para no pensar, mientras a mi alrededor cundía el entusiasmo. Una semana antes de partir, con todos los papeles en regla, eso sí, no tuve más remedio que empezar a ocuparme en la peregrinación. Me dejé impregnar un poco -muy poco- y a dar cierta cancha a la ilusión. Cuando llegó la mañana del domingo 29 de abril, no era el peregrino más feliz; pero estaba involucrado: si vamos, vamos.
Curiosamente, lo que más me atraía inicialmente era el exotismo de Estambul, de la antigua Constantinopla, del Bizancio de las disputas nimias, de la canción de Serrat que proyecta el Mare Nostrum de Algeciras a Estambul, en el punto de encuentro entre Oriente y Occidente; y de Tel Aviv, la ciudad cosmopolita y Bauhaus del medio oriente. Y eso que se trataba de simples escalas nocturnas en sus modernos e impersonales aeropuertos. Precisamente en el primero de ellos, el de Málaga, empecé a sentirme viajero al facturar la maleta en Turkish Airlines, a la vista de un cartel (ver foto) que hace plausible la teoría de Juan Goytisolo sobre el origen otomano de la palabra guiri, y al oír Misa en su capilla.
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foto atarifa CC |
A las pocas horas, sin embargo, comprobé que los aeropuertos de madrugada, junto a la hora de retraso en el segundo avión, arrancan todo romanticismo; aunque haya luna llena. Ni siquiera el temido paso de la frontera israelí tuvo el aroma de las películas de espías: las cabinas sí tienen cierto aspecto de Check point de la Europa del Este; pero el funcionario ni me miró mientras comprobaba mi pasaporte y me daba el visado, tumbado en su asiento. Claro que eran las tres de la madrugada. Si, además, un cambio de hotel de última hora te lleva a Netanya, al norte de Tel Aviv, una especie de Torremolinos en pequeño, en vez de a Belén, llegas a las cuatro de la mañana y desayunas a las 7, sin tiempo para un chapuzón en la otra punta del Mediterráneo, te plantas en Israel con poca capacidad de asombro.
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foto atarifa CC |
También autopistas, hospitales, trenes y otras infraestructuras. Israel ha progresado mucho en ingeniería civil durante estos últimos diez años, según parece; hasta el guía -árabe de Belén- debía admitirlo. Y así llegamos a la Patria del Precursor, Ain Karim, el lugar de la Visitación de la Virgen a su prima Isabel y del primer encuentro entre Juan Bautista y el Mesías. Pero esto será el comienzo del capítulo II.
Continuará...
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