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Peregrino en Tierra Santa. Capítulo I. El viaje de ida

foto atarifa CC
He viajado muy poco y no tengo ese deseo tan extendido hoy de hacerlo. Me encantaría visitar sitios nuevos; pero no es algo que me obsesione. De hecho, cuando empezó a rondar a mi alrededor la idea de una peregrinación a Tierra Santa, sencillamente descarté la posibilidad, incluso puse sobre la mesa todas las pegas imaginables; pero el círculo se cerró sobre mí y me vi incluido en la lista a mi pesar.

Siempre me ha ido bien en la vida cuando no he deseado nada y me he limitado a ir encontrándome con regalos. Cuando tenía 18 años decidí decir que sí a todos esos regalos, y las cosas no han podido ir mejor. Una prueba de que envejezco es que ahora había dicho que no.

Desde que me apuntaron al viaje, el trabajo y otras cosas sirvieron de excusa para no pensar, mientras a mi alrededor cundía el entusiasmo. Una semana antes de partir, con todos los papeles en regla, eso sí, no tuve más remedio que empezar a ocuparme en la peregrinación. Me dejé impregnar un poco -muy poco- y a dar cierta cancha a la ilusión. Cuando llegó la mañana del domingo 29 de abril, no era el peregrino más feliz; pero estaba involucrado: si vamos, vamos.

Curiosamente, lo que más me atraía inicialmente era el exotismo de Estambul, de la antigua Constantinopla, del Bizancio de las disputas nimias, de la canción de Serrat que proyecta el Mare Nostrum de Algeciras a Estambul, en el punto de encuentro entre Oriente y Occidente; y de Tel Aviv, la ciudad cosmopolita y Bauhaus del medio oriente. Y eso que se trataba de simples escalas nocturnas en sus modernos e impersonales aeropuertos. Precisamente en el primero de ellos, el de Málaga, empecé a sentirme viajero al facturar la maleta en Turkish Airlines, a la vista de un cartel (ver foto) que hace plausible la teoría de Juan Goytisolo sobre el origen otomano de la palabra guiri, y al oír Misa en su capilla.

foto atarifa CC
Hablando de maletas, el viaje de tan imprescindibles compañeras, más cuando hay un trasbordo de por medio, es fuente de inquietudes e historias: pérdidas, candados, desvíos... Te lo tomas a broma hasta que ves caer tres de ellas del portaequipajes y empiezas a preguntarte si no deberías haber metido una muda y tal en la mochila.

A las pocas horas, sin embargo, comprobé que los aeropuertos de madrugada, junto a la hora de retraso en el segundo avión, arrancan todo romanticismo; aunque haya luna llena. Ni siquiera el temido paso de la frontera israelí tuvo el aroma de las películas de espías: las cabinas sí tienen cierto aspecto de Check point de la Europa del Este; pero el funcionario ni me miró mientras comprobaba mi pasaporte y me daba el visado, tumbado en su asiento. Claro que eran las tres de la madrugada. Si, además, un cambio de hotel de última hora te lleva a Netanya, al norte de Tel Aviv, una especie de Torremolinos en pequeño, en vez de a Belén, llegas a las cuatro de la mañana y desayunas a las 7, sin tiempo para un chapuzón en la otra punta del Mediterráneo, te plantas en Israel con poca capacidad de asombro.

foto atarifa CC
Así que el viaje del lunes a Ain Karim fue todo menos Bellochiano. No hay polígonos industriales por ninguna parte -¿de qué vive esta gente? ¿qué producen?-. Siempre la misma piedra blanca y las mismas edificaciones rectangulares, hasta dañar la vista. No hay ladrillo. Cemento y piedra blanca. Vehículos polvorientos, como si no valiera la pena lavarlos, con abundancia de Skoda, Hyundai y coches así. Y banderas de Israel, por todas partes, en las farolas, en los balcones, en los coches, alguien dijo que por las celebraciones del 70 aniversario del Estado de Israel.

También autopistas, hospitales, trenes y otras infraestructuras. Israel ha progresado mucho en ingeniería civil durante estos últimos diez años, según parece; hasta el guía -árabe de Belén- debía admitirlo. Y así llegamos a la Patria del Precursor, Ain Karim, el lugar de la Visitación de la Virgen a su prima Isabel y del primer encuentro entre Juan Bautista y el Mesías. Pero esto será el comienzo del capítulo II.

Continuará...


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