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Peregrino en Tierra Santa. Capítulo IV. Jericó

foto atarifa CC
Jericó. Pero antes algo sobre peregrinar en grupo. Tres patas tiene una peregrinación así. Los peregrinos, la experiencia religiosa y la experiencia viajera. El grupo con el que viajas es definitivo: puede ser agradable, desagradable o maravilloso. El mío era (es)... maravilloso.

No voy a hablar de mis con-peregrinos, porque eso queda para nuestro grupo de Whatsapp y ya tenemos quien lo está haciendo estupendamente. Solo diré que iban dos sacerdotes y uno de ellos cumplía el lunes 30 un número redondo de años. Un grupo como este, con unos organizadores como los nuestros, no podía dejar pasar la ocasión: tarjetón firmado por todos, regalo, pastel con velas, pacharán, felicitaciones... No fue más que el comienzo, en poco menos de una semana celebramos por todo lo alto dos cumpleaños, un aniversario de boda, la renovación de compromisos matrimoniales, bautismales y sacerdotales... y un sorteo. Hasta los hubo que se quedaron a ver el partido de champions del Real Madrid: hace falta afición, porque tuvieron que sortear unas cuantas dificultades técnicas y porque, tomen nota, en un viaje así se duerme poco.

Y en estas nos subimos al autobús conducido por "Jorge" -momento wifi, hay que aprovechar el bus y el hotel para conectar-, y nos fuimos al nordeste,
Foto MJN
Jericó, Cisjordania. Para llegar hay que atravesar el desierto de Judea, un desierto de piedra blanca y marrón claro que cuesta creer que reverdezca en febrero. Es verdad que se entrevén unas finas hileras de hierba amarillenta; pero hay que fijarse mucho para verlas entre el cegador reflejo del sol en la clara piedra. La carretera desciende hasta el nivel del mar y más allá; de vez en cuando ves las marcas: 150, 50, sea level, -150..., hasta los casi 240 metros por debajo del nivel del mar. Uno entiende que Jesús atravesara Samaría para ir y venir, antes que atravesar este desierto.

Semejante desolación tiene, sin embargo, inquilinos: los beduinos, asentados en pequeños poblados formados por corrales de cabras y ovejas y chabolas. Viven de la leche y la lana de su ganado cuando el desierto verdea, y directamente de su ganado el resto del año.

Cuarenta grados, blancura hiriente, 240 metros de agujero, humedad y un oasis. Jericó. Lo de oasis hay que tomarlo con precaución. Es verdad que algunas fuentes del Jordán permiten plantaciones de palmeras que -¡milagro!- convierten en dulzor la salinidad de la tierra y la desalinizan unos centímetros, es cierto que hay brochazos de verde en la parda mano del desierto; pero no es lugar que anime a pasear o dar una vuelta en bicicleta. Es difícil comprender que ahí decidiera la humanidad dejar de dar vueltas y asentarse por primera vez, salvo que tengas en cuenta que venía vagando por los alrededores.

Foto MJN
Lo primero fue subir en un teleférico muy largo y, seguramente, el más caluroso del mundo (vide foto in principio), al monasterio ortodoxo situado en las cuevas del Monte de las Tentaciones. Cuarenta días y cuarenta noches en aquéllos parajes, de ayuno y oración, debieron convertir las perversas proposiciones del diablo en irrechazables. La lección del lugar es que el bien se puede buscar -y evitar el mal- en cualquier circunstancia, si estás con Dios. Lo recuerda el alivio de las cuevas del monasterio, los altares y las pinturas del iconostasio, la quietud del interior y la vastedad y sencillez de las vistas hacia el Monte Nebo y el Mar Muerto. "No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios", recoge Mateo. Hay que dejar las tiendas y los restaurantes (el pan) y subir por la serpenteante cuesta para alcanzar a oír la verdad de nuestra vida (la palabra).

Es extraño dejar atrás un lugar tan señalado con el descubrimiento de que allí solo sucedió la primera de las tres tentaciones. Leído tantas veces sin caer en la cuenta. Pero no había tiempo para consideraciones escriturísticas cable car abajo y entrando en Jericó para llegar a la iglesia del Buen Pastor. Allí tuve la sensación más cristiano-oriental del viaje: la iglesia estaba ocupada por otro grupo y oímos Misa en una destartalada sala de un segundo piso habilitada con un altar y unas sillas de diversa procedencia, como cristianos huidos de Quaragosh. Al salir nos cruzamos con un numeroso grupo indio, con sus saris blancos y su tez aceitunada, que venían a tomar el relevo, y, ya abajo, nos topamos con los famosísimos dátiles de Jericó: los mejores del mundo.

Los dátiles. El ambiente en el autobús fue in crescendo, hasta llegar a la verdadera fraternidad. Empezaron a circular las rosquillas de Fina, de delante atrás, de atrás a delante; y ahora le tocó a los dátiles de Jericó: de ida, dátiles, dátiles de vuelta, dátiles hoy, dátiles los días siguientes, ¡socorro, dátiles! Más adelante, cuando empezamos a patear las calles, apareció el zumo de granada: por aquí, por allá, ¡hay que acabárselo! Casi muero terminando cajas de dátiles y vasos de jugo de granada; no he querido ni pensar en mi nivel de azúcar en sangre.

Foto JLM
Zaqueo. Tipo importante que no se da importancia, rico pero no acomodado, funcionario de Hacienda con muchos amigos, pequeño de estatura pero no de corazón. Me cae simpático y tenía muchas ganas de ver el sicomoro al que se subió. Te enseñan uno que no puede ser, porque le nacen las ramas muy arriba y no hay forma de treparlo, aunque obvies el pequeño detalle de la edad del árbol y todo eso. Pero allí estaba, haciendo el papel, y lo he visto, y he pasado junto a él, como hizo Jesús de modo similar. Y así me volví a Belén, a Casa Nova, tan contento, comiendo dátiles.

Casa Nova, el hogar franciscano contiguo a la Natividad. Macarrones y tertulia con el fray Artemio Vítores, el padre Artemio, un perfecto comercial de sus libros, y de la Custodia de Tierra Santa y de los cristianos de Palestina. No quería que acabase aquella tertulia tan simpática, de hecho se alargó y nos dejó sin la ya postergada visita al Campo de los Pastores, que queda para la próxima ocasión, como los graffiti del muro. Porque hay que volver. A cambio, tuvimos el pequeño tesoro de la visita a la Gruta de la Leche, donde María amamantaría a su divino Hijo. Adoración perpetua del Santísimo, San Josemaría nel bel mezzo della strada, el obispo auxiliar de Bagdad y sus peregrinos caldeos iraquíes de San Diego, un papamóvil de recuerdo y regreso al Monte de los Olivos y al comedor del Seven Arches -el de mejores vistas del mundo-, con tiempo -al fin- de dormir.

Foto MJN
Aunque ¿para qué dormir, jugando el Real Madrid o estando Jerusalén dormitando a nuestros pies, incitadora y eterna.

Continuará...

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