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Uno de los grandes logros de la civilización occidental, tras la erradicación de la esclavitud, es la proscripción de la pena de muerte: las sociedades avanzadas no necesitan eliminar a sus criminales para sobrevivir, con lo que se consigue respetar el máximo bien de la vida, al menos en circunstancias ordinarias, dotando a la fuerza legal y a la sociedad en general de una indiscutible superioridad moral sobre el crimen.
Sin embargo, cuando el respeto a la vida como valor absoluto se resquebraja, por ejemplo, con el aborto y la eutanasia; los logros más civilizados e indiscutibles se tambalean. Al quitar la pena de muerte, los reos de grandes delitos son abocados a penas largas de privación de libertad y se abandona el empeño por la reinserción del delincuente. Antiguamente, el criminal podía llegar a arrepentirse, a pedir perdón y a morir ejecutado en pago de su crimen; pero eran tiempos en que se creía en la trascendencia: no moría, pasaba a vivir eternamente. Hoy día todo se tiene que purgar en esta vida, y eso se hace, a veces, inaguantable.
Esta combinación de desesperación y legalización de la eutanasia trae como consecuencia estos lodos. La diferencia está en que en el caso de la eutanasia es el reo el que la pide, mientras que la pena de muerte viene fatalmente impuesta. Pero fijémonos en que el hecho material es el mismo: la fuerza legal ejecuta al criminal. La paradoja está también en que el método de ejecución puede ser el mismo (una inyección letal); pero ahora tiene que ser un médico quien mate, porque hemos prescindido de los verdugos. Se entiende que los médicos belgas se hayan opuesto a ejecutar a Van den Bleeken o a los otros reos que le han secundado (al menos de momento).
Quizá se podría instaurar la pena de muerte a petición, y olvidar la eutanasia, que sí es una preocupante sangría de humanidad.
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