
Pero comentando este artilugio con unos amigos, alguien señaló que ya no hacía falta tampoco pedirle a un tercero que nos fotografiara; aquello tan humano de solicitar a un desconocido que nos hiciera el favor de "echarnos" una foto, con las bromas que solían ser del caso. Recuerdo cierta ocasión en que unos compañeros ya veteranos de la mili quisimos hacernos una foto juntos y alguien sugirió que eligiéramos a una mujer con tacones, no fuera a ser que el fotógrafo improvisado saliera corriendo con su cámara...
No, ya no hace falta pedir ayuda a ningún ser humano, comentábamos. Ahora puedes hacerte tu propia foto; con el gps ya no tienes que preguntar a ningún indígena cómo se va a ninguna parte; con el Trip Advaisor o el Foursquare ya no hace falta acudir a un lugareño para averiguar el mejor sitio para comer bien y barato o para alojarse cómodamente. Antes, en Granada, ciudad eminentemente turística, de vez en cuando te paraba algún turista para preguntar por dónde se iba a La Alhambra, lo que me daba pie a practicar mis oxidados inglés o francés y, de propina, indicarles dónde tomar las mejores tapas. Ahora no: les ves con su Google Maps, tomando coordenadas; les miras por si quieren preguntarte algo y nada, ellos a su cacharro, adiós al contacto humano.
Concluimos que este turismo tan frío de tips, hoteles impersonales y tecnología tiene sus días contados, y que el negocio ya mismo está en dar a los turistas la experiencia del viaje con contacto humano, en el que la foto te la hace el camarero o el guarda jurado, en el que la información te la da el taxista o el veterano en barras y terrazas, en el que el vecino de toda la vida te acompaña a conocer ese rincón que ninguno de tus amigos de Manchester ha visto nunca.
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