Ahora que ha acabado el verano, traslado algunas reflexiones que me han asaltado durante el tranquilo y soleado estío, mi época favorita del año, como corresponde a un Leo nacido en el Mediterráneo.
Una de las constataciones más preocupantes es el nivel de hiperregulación que hemos alcanzado en las sociedades posmodernas: todo está legislado y regulado, hasta el punto de que convendría revisar la máxima jurídica de que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento, porque ya es imposible incluso para los más versados conocer todas las normas de obligado acatamiento. De aquí el "Ilegales" del título, porque a poco que te despistas, caes en alguna ilegalidad que fácilmente lleva a una pesadilla, y aún sin despistarse.
Uno de los goces de este verano ha sido un largo rato de conversación con mi hermano, con la vista puesta en un mar levantisco, que nos había impedido navegar a motor y no daba para hacerlo a vela. Estando en esta situación meditabunda, contemplamos la aparición de un guardia municipal "de costa", algo inaudito en los tiempos en que éramos chavales y pateábamos esas mismas playas que se nos antojan salvajes, comparadas con las civilizadas de ahora, con su banderita azul, sus papeleras, sus duchas y sus boyas, sus vigilantes, en las que a uno le sacan del agua si hay demasiadas olas, le multan por ir sobre ruedas en el paseo marítimo y le obligan a soportar una enorme farola justo delante de la terraza. Prefiero aquellas playas de alquitrán y dunas a éstas.
El caso es que a la vista del guardia costero, mi hermano comenta que siendo lo lógico que así debiera uno sentirse más seguro y a gusto, no puede evitar pensar rápidamente en qué clase de ignota infracción puede estar incurriendo. Como avezado marino, con frecuencia topa con la intrincada regulación de la navegación de recreo, sobre la que no solo le advierte el servicio marítimo de la Guardia Civil, sino que ha tenido que soportar los toques de atención de las lanchas de la Cruz Roja. Porque esta es otra; con la hiperregulación crece, directamente proporcional, el Gran Hermano que todo lo ve, y se multiplican las "autoridades" vigilantes de la ortodoxia y las correspondientes cohortes delatoras.
Ahora comprendo el atractivo que para tantos tiene África.
Uno de los goces de este verano ha sido un largo rato de conversación con mi hermano, con la vista puesta en un mar levantisco, que nos había impedido navegar a motor y no daba para hacerlo a vela. Estando en esta situación meditabunda, contemplamos la aparición de un guardia municipal "de costa", algo inaudito en los tiempos en que éramos chavales y pateábamos esas mismas playas que se nos antojan salvajes, comparadas con las civilizadas de ahora, con su banderita azul, sus papeleras, sus duchas y sus boyas, sus vigilantes, en las que a uno le sacan del agua si hay demasiadas olas, le multan por ir sobre ruedas en el paseo marítimo y le obligan a soportar una enorme farola justo delante de la terraza. Prefiero aquellas playas de alquitrán y dunas a éstas.
El caso es que a la vista del guardia costero, mi hermano comenta que siendo lo lógico que así debiera uno sentirse más seguro y a gusto, no puede evitar pensar rápidamente en qué clase de ignota infracción puede estar incurriendo. Como avezado marino, con frecuencia topa con la intrincada regulación de la navegación de recreo, sobre la que no solo le advierte el servicio marítimo de la Guardia Civil, sino que ha tenido que soportar los toques de atención de las lanchas de la Cruz Roja. Porque esta es otra; con la hiperregulación crece, directamente proporcional, el Gran Hermano que todo lo ve, y se multiplican las "autoridades" vigilantes de la ortodoxia y las correspondientes cohortes delatoras.
Ahora comprendo el atractivo que para tantos tiene África.
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