Excelente y bellísima carta al director de mi buen amigo Javier Peña Vázquez, presidente del Banco de Alimentos de Málaga.
Hablaba Sonsoles, a través de las ondas de la radio, la mañana del Viernes Santo. Una chica de veintitrés años, cuya mayor ilusión en este mundo sería ver despertar a su hermano Miguel. Un ser real que supera ampliamente a la “Bella Durmiente” porque mientras ésta permanecía a la espera, en la soledad de su torre, Miguel se ha transformado en la médula del comportamiento y la razón de ser de toda una familia que ha sabido conformarse a su alrededor. Una historia que hace pensar.
Como un gran lago azul y verde, como un inusitado mar interior, fui concibiendo la historia, trágica y dulce de Miguel, según la relataba una de sus principales protagonistas. Una niña que, a sus siete años, entró de lleno en las contradicciones de este mundo. La historia de un chico que permanece en coma profundo, víctima de un accidente de tráfico, desde hace quince años y que ella narra con la entereza de lo asumido y hecho vida.
Azul y verde. Imagen de un mar en el que se une el cielo con la tierra. La historia de una vida descarnada que se hace maravillosa, cuando somos capaces de elevar a lo más alto aquello que se gesta en las entrañas de la tierra y se reviste de su grandiosa frondosidad. Un mar doméstico en el que se enlaza el azul más puro con el verde más intenso, como se entreteje lo divino con lo humano en cada vida. Pero, un mar con límites definidos en el que uno no se pierde, en el que la bravura de sus tempestades se atenúa con la calma de lo cotidiano; un mar con fronteras de ética y amor.
Miguel ha sido y es el centro vital de una familia numerosa que se mueve y respira con él y por él. Dos turnos de enfermería le cuidan y toda la casa gira a su alrededor. Tras los primeros momentos de incertidumbre en los que su vida se perdía, fueron sus padres y hermanos los que le reincorporaron al hogar y le atendían de noche y de día, sin separarse un momento de su lado. Después vino el orden y la organización.
Nadie entra o sale de casa sin pasar por el cuarto de Miguel, para despedirse o saludarle al regreso, para contarle el día a día de cada vida. Una costumbre que se convirtió en cultura familiar y un don para los que, por matrimonio, se fueron agregando; así como para los niños que después vinieron. Todos comparten sus vidas con Miguel. Ahora, probablemente, no lo concebirían de otra manera.
Miguel, al que cariñosamente se le nombra como “ángel de la casa” y que sin duda lo será, se encuentra en un lapso temporal que se me figura como un presente continuo, no sólo para su familia, sino para todos sus amigos y compañeros que siguen visitándole arrastrados por tan admirable ejemplo de amor y constancia. Una historia que sólo se detiene en Miguel, inmutable como es el amor de Dios que permanece mientras transcurre nuestro tiempo, para acompañarnos como nuestro principal referente.
Sonsoles tiene planes de boda a corto plazo, ella y su hermana gemela. La vida sigue, mientras Miguel permanece. Pero, jamás al margen de Miguel.

Como un gran lago azul y verde, como un inusitado mar interior, fui concibiendo la historia, trágica y dulce de Miguel, según la relataba una de sus principales protagonistas. Una niña que, a sus siete años, entró de lleno en las contradicciones de este mundo. La historia de un chico que permanece en coma profundo, víctima de un accidente de tráfico, desde hace quince años y que ella narra con la entereza de lo asumido y hecho vida.
Azul y verde. Imagen de un mar en el que se une el cielo con la tierra. La historia de una vida descarnada que se hace maravillosa, cuando somos capaces de elevar a lo más alto aquello que se gesta en las entrañas de la tierra y se reviste de su grandiosa frondosidad. Un mar doméstico en el que se enlaza el azul más puro con el verde más intenso, como se entreteje lo divino con lo humano en cada vida. Pero, un mar con límites definidos en el que uno no se pierde, en el que la bravura de sus tempestades se atenúa con la calma de lo cotidiano; un mar con fronteras de ética y amor.
Miguel ha sido y es el centro vital de una familia numerosa que se mueve y respira con él y por él. Dos turnos de enfermería le cuidan y toda la casa gira a su alrededor. Tras los primeros momentos de incertidumbre en los que su vida se perdía, fueron sus padres y hermanos los que le reincorporaron al hogar y le atendían de noche y de día, sin separarse un momento de su lado. Después vino el orden y la organización.
Nadie entra o sale de casa sin pasar por el cuarto de Miguel, para despedirse o saludarle al regreso, para contarle el día a día de cada vida. Una costumbre que se convirtió en cultura familiar y un don para los que, por matrimonio, se fueron agregando; así como para los niños que después vinieron. Todos comparten sus vidas con Miguel. Ahora, probablemente, no lo concebirían de otra manera.
Miguel, al que cariñosamente se le nombra como “ángel de la casa” y que sin duda lo será, se encuentra en un lapso temporal que se me figura como un presente continuo, no sólo para su familia, sino para todos sus amigos y compañeros que siguen visitándole arrastrados por tan admirable ejemplo de amor y constancia. Una historia que sólo se detiene en Miguel, inmutable como es el amor de Dios que permanece mientras transcurre nuestro tiempo, para acompañarnos como nuestro principal referente.
Sonsoles tiene planes de boda a corto plazo, ella y su hermana gemela. La vida sigue, mientras Miguel permanece. Pero, jamás al margen de Miguel.
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