El sacerdocio católico es lo más hermoso que hay sobre la Tierra.
Se entiende que su corrupción sea la peor de las corrupciones.
Aún así, pienso que el tratamiento que se está dando al caso sucedido en mi ciudad de acogida es desorbitado, por decirlo suavemente.
Desde el punto de vista de la comunicación, que es el que me interesa, la extensión en espacio y tiempo y la presión de los medios por dar más y antes -que no mejor- es demencial, y probablemente delictiva.
Porque es un caso que está bajo el secreto del sumario, en el que, sin embargo, se han producido filtraciones innobles e informaciones que ponen en la picota a personas inocentes -porque todas lo son mientras no se demuestre lo contrario, tanto acusadoras como acusadas-, e instituciones. Y lo más ridículo es que encima los medios te sermonean con ese "ejercicio de responsabilidad que nos impide decir todo lo que sabemos".
Los especialistas en crisis de comunicación corporativa insisten en que son tan importantes los hechos como las impresiones. Alguien debería enseñar a los periodistas que, al informar de estas crisis, deben tener en cuenta no solo los hechos de que informan, sino también de las impresiones que su información produce. Y tentarse más la ropa.
Por ejemplo, el caso al que me refiero está dando pie a columnas de opinión y reportajes que revuelven en la basura sin esperar a que las presunciones se prueben. Parten del prejuicio de que hay mucha porquería bajo la alfombra, y se lanzan a anatemizar al menor atisbo de polvo, antes de comprobar que es polvo -y no un reflejo del sol, por ejemplo-, no vaya a ser que se les pase la oportunidad de atacar al enemigo y sacar a pasear sus fantasiosas aporías (o vender).
¿Qué pasará si todo queda en nada o casi nada? O incluso, si queda en pecado y no en delito. Después de un maremoto, las aguas vuelven a sus límites; pero los cadáveres quedan en las playas.
Se entiende que su corrupción sea la peor de las corrupciones.
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foto atarifa |
Desde el punto de vista de la comunicación, que es el que me interesa, la extensión en espacio y tiempo y la presión de los medios por dar más y antes -que no mejor- es demencial, y probablemente delictiva.
Porque es un caso que está bajo el secreto del sumario, en el que, sin embargo, se han producido filtraciones innobles e informaciones que ponen en la picota a personas inocentes -porque todas lo son mientras no se demuestre lo contrario, tanto acusadoras como acusadas-, e instituciones. Y lo más ridículo es que encima los medios te sermonean con ese "ejercicio de responsabilidad que nos impide decir todo lo que sabemos".
Los especialistas en crisis de comunicación corporativa insisten en que son tan importantes los hechos como las impresiones. Alguien debería enseñar a los periodistas que, al informar de estas crisis, deben tener en cuenta no solo los hechos de que informan, sino también de las impresiones que su información produce. Y tentarse más la ropa.
Por ejemplo, el caso al que me refiero está dando pie a columnas de opinión y reportajes que revuelven en la basura sin esperar a que las presunciones se prueben. Parten del prejuicio de que hay mucha porquería bajo la alfombra, y se lanzan a anatemizar al menor atisbo de polvo, antes de comprobar que es polvo -y no un reflejo del sol, por ejemplo-, no vaya a ser que se les pase la oportunidad de atacar al enemigo y sacar a pasear sus fantasiosas aporías (o vender).
¿Qué pasará si todo queda en nada o casi nada? O incluso, si queda en pecado y no en delito. Después de un maremoto, las aguas vuelven a sus límites; pero los cadáveres quedan en las playas.
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