
Sin entrar en la polémica concreta (escuelas tiene el protocolo), voy al fondo de la cuestión: la omnipresencia de los políticos, que están en todas partes, a todas horas, hablando continuamente y saliendo en todas las fotos. La culpa es de los políticos, en primer lugar, metidos en una guerra de imagen que ha cambiado lo de "por sus frutos" en "por sus gritos los conoceréis". Me asombra que con el descrédito homérico que tiene la clase política, no solo no se escondan sino que se empujen a la vista de todos para ocupar el cajón más alto de la palestra. Culpa también de los medios de comunicación, que por el dinero y la pereza se abonan a este periodismo declarativo con el que los políticos copan el espacio informativo y la política penetra hasta la cocina de los hogares de los ciudadanos. Y culpa nuestra, que lo toleramos, y aún más, que nos morimos de gusto si logramos poner un político en el folleto de cualquier actividad que organizamos.
¿A qué venía la presidenta de la Junta? ¿A colocar su rollo? Pero si está tooooodo el día hasta en la sopa. ¿No nos puede dejar descansar unas horas? ¿No puede estar presente para dar realce y dejar que la poesía sea la protagonista por una tarde?
¿Qué necesidad hay de que los políticos encadenen largos parlamentos en toda ocasión? No tienen ninguna obligación de ser lectores asiduos y entendidos en la obra poética del mexicano Eduardo Lizalde, es más, presumimos que no lo son, y para el paripé institucional ya estaba el Príncipe de Asturias ese día. Me gustaría que llegara el día en que el alcalde y la presidenta llegaran en taxi, se sentaran en la primera fila y dejaran hablar a los que saben de poesía, al poeta y a la poesía misma, disfrutaran, aplaudieran y se fueran a trabajar o a descansar, según el caso, y nos dejaran trabajar y descansar a los demás.
Todo esto mientras escucho a Nino Bravo cantar Libre, como el viento que recoge mi lamento y mi pesar / camino sin cesar detrás de la verdad / y sabré lo que es al fin la libertad.
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