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foto atarifa |
Mi amigo y yo quedamos de vez en cuando para charlar de lo divino y lo humano, en el sentido literal de la expresión, abiertamente, porque nos conocemos, y para aliviar un poco las cargas el uno en el hombro del otro. En estas, entra en la cafetería un joven para ofrecer unos pocos décimos de lotería. Nos excusamos amablemente, el joven recorre el exiguo local sin éxito y, cuando va a salir, mi amigo le detiene, le da la mano y lo saluda. Se conocen. El muchacho es cocinero, trabajaba en un restaurante cercano al extinto negocio de mi amigo; está en el paro; él también.
-Mi padre tiene una administración de lotería -cuenta-; me da unos décimos para que venda cada día por ahí. Es duro trabajar en la calle. Esa mujer -se refiere a una cliente de la cafetería- ni me ha mirado. Pero yo soy amable siempre con todos.
Tengo la inmensa fortuna de hablar del paro en segunda persona; pero experiencias como la de hoy son una suerte, porque el drama del paro debemos sentirlo todos como propio, y ayudarnos, acompañarnos y, si no se puede hacer más, por lo menos mirarlo a los ojos y ser amable siempre con los que lo padecen.
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