Me ha ocurrido algo inaudito, aún no doy crédito a mis oídos, pese a que han transcurrido varios días del suceso. Ya sabía que las críticas a la Iglesia por cuestión de dinero son tan cerriles que se vuelven pertinaces, inasequibles a cualquier razonamiento. Pero de ahí a comprometer sin necesidad el buen fin de una gestión profesional, creía que había un trecho.
Pues no. Les cuento. Esta semana que acaba me llama -por enésima vez- un empleado de un banco para ofrecerme un producto "Oro", es decir, muy ventajoso..., para el banco. El caso es que a mi pregunta de si el beneficiario tiene que ser forzosamente un pariente, me dice que en mi caso no, que puede ser una entidad, una oengé, una iglesia..., y añade, más o menos: le he dicho una iglesia, pero espero que no se lo deje a la iglesia, porque tienen mucho dinero...
No le dejé abundar en el argumento porque tenía prisa -los prometidos cuatro minutos eran ya diez, el marketing bancario se ha puesto de un amigable que empalaga- y porque me sorprendió tanto que se me escapó decirle que me parecía muy arriesgado manifestar tan a las claras opiniones polémicas sin conocer de nada a su interlocutor, cuando pretendía colocarle un sacaperras, comprometiendo innecesariamente el negocio. Añadí, ya puesto, que en mi caso, además, había pinchado en hueso, y que si existía alguna remota posibilidad de que "activara" la operación, acababa de esfumarse para los restos.
Lo que me preocupa de verdad, pensándolo luego, es con qué clase de persona imaginaba este bancario que estaba tratando. ¿Es que ya no guglean a la gente?
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Pues no. Les cuento. Esta semana que acaba me llama -por enésima vez- un empleado de un banco para ofrecerme un producto "Oro", es decir, muy ventajoso..., para el banco. El caso es que a mi pregunta de si el beneficiario tiene que ser forzosamente un pariente, me dice que en mi caso no, que puede ser una entidad, una oengé, una iglesia..., y añade, más o menos: le he dicho una iglesia, pero espero que no se lo deje a la iglesia, porque tienen mucho dinero...
No le dejé abundar en el argumento porque tenía prisa -los prometidos cuatro minutos eran ya diez, el marketing bancario se ha puesto de un amigable que empalaga- y porque me sorprendió tanto que se me escapó decirle que me parecía muy arriesgado manifestar tan a las claras opiniones polémicas sin conocer de nada a su interlocutor, cuando pretendía colocarle un sacaperras, comprometiendo innecesariamente el negocio. Añadí, ya puesto, que en mi caso, además, había pinchado en hueso, y que si existía alguna remota posibilidad de que "activara" la operación, acababa de esfumarse para los restos.
Lo que me preocupa de verdad, pensándolo luego, es con qué clase de persona imaginaba este bancario que estaba tratando. ¿Es que ya no guglean a la gente?
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