Los dogmas políticamente correctos de la Nueva Tiranía tienen, además, como es lógico, su magisterio propio, único autorizado para interpretar este nuevo depósito de la fe laicista. Las liturgias religiosas son tan a propósito de la condición humana, que las religiones civiles acaban remedándolas inevitablemente, adaptándolas al nuevo credo.
Uno de estos principales dogmas es el de la ideología de género, con su pecado capital: la violencia de género. Pero no cualquiera puede pontificar sobre él, porque proliferarían los herejes. Uno de estos herejes es el ministro de Justicia español, Alberto Ruiz Gallardón, que ha osado defender su tímida reforma de la ley del aborto actualmente vigente, entre otros argumentos, afirmando que "en muchas ocasiones se genera la violencia de género estructural contra la mujer por el mero hecho del embarazo".
Dejando aparte lo confuso de la frase y el abuso de la generación, lo que viene a decir el ministro, según lo entiendo, es que la mujer embarazada encuentra con frecuencia una presión violenta que la induce a abortar, en lugar de a dar a luz o, por lo menos, a plantearse esta segunda opción con libertad.
En este sentido, la frase de Gallardón me parece no solo acertada sino magnífica, porque pone el dedo en la llaga en una realidad miserable: la sociedad tal como está montada, los valores personales y sociales predominantes, conforman una estructura de violencia sobre la mujer (de género) que la fuerzan a abortar. En este caso hay una confluencia perversa de machismo y feminismo que provoca, como siempre, el sufrimiento y la muerte del más débil: la mujer embarazada y el no nacido.
Pero claro, el ministro ha cometido una doble heterodoxia: ha profanado el sentido ortodoxo de la violencia de género, al aplicarlo a un supuesto excluido por el Laico Oficio, y ha cometido el crimen de usarlo para la defensa de la libertad de la mujer, en lugar de para su presunta "liberación".
El señor ministro y yo ya no solo somos tocayos, sino que compartimos herejía.
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Uno de estos principales dogmas es el de la ideología de género, con su pecado capital: la violencia de género. Pero no cualquiera puede pontificar sobre él, porque proliferarían los herejes. Uno de estos herejes es el ministro de Justicia español, Alberto Ruiz Gallardón, que ha osado defender su tímida reforma de la ley del aborto actualmente vigente, entre otros argumentos, afirmando que "en muchas ocasiones se genera la violencia de género estructural contra la mujer por el mero hecho del embarazo".
Dejando aparte lo confuso de la frase y el abuso de la generación, lo que viene a decir el ministro, según lo entiendo, es que la mujer embarazada encuentra con frecuencia una presión violenta que la induce a abortar, en lugar de a dar a luz o, por lo menos, a plantearse esta segunda opción con libertad.
En este sentido, la frase de Gallardón me parece no solo acertada sino magnífica, porque pone el dedo en la llaga en una realidad miserable: la sociedad tal como está montada, los valores personales y sociales predominantes, conforman una estructura de violencia sobre la mujer (de género) que la fuerzan a abortar. En este caso hay una confluencia perversa de machismo y feminismo que provoca, como siempre, el sufrimiento y la muerte del más débil: la mujer embarazada y el no nacido.
Pero claro, el ministro ha cometido una doble heterodoxia: ha profanado el sentido ortodoxo de la violencia de género, al aplicarlo a un supuesto excluido por el Laico Oficio, y ha cometido el crimen de usarlo para la defensa de la libertad de la mujer, en lugar de para su presunta "liberación".
El señor ministro y yo ya no solo somos tocayos, sino que compartimos herejía.
Comentarios
Saludos desde Tarraco.
Y gracias por la nota: no he obtenido muchas de estas en mi vida.
Un saludo desde Elvira.