Ciudadanos religiosos

domingo, 27 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

Robert Spaemann, en el VII Congreso católicos y vida pública, noviembre de 2005

El año pasado tuvo lugar en Bruselas una humillación de los ciudadanos cristianos de Europa como nunca antes había sucedido. Y que esta humillación haya sido simplemente asumida y no haya conducido a una crisis purificadora de las instituciones europeas, ilumina con una luz inquietante la situación interna del corpus catholicorum en este continente. Todo sigue con el business as usual. ¿Qué había sucedido? El candidato presentado por Italia para Comisario europeo de Justicia, el ministro italiano Rocco Butiglione, fue obligado a renunciar a su candidatura. ¿Cuál fue el motivo?

"No todas las normas morales pueden ni deben convertirse en normas jurídicas. No todo lo que consideramos mandamiento moral puede ser mandado también jurídicamente e impuesto por el Estado."

"Y digo en el moderno Estado de Derecho; no digo en el Estado secular, como se dice habitualmente hoy día."

"En los Estados de libertad no se protege el honor de Dios. El honor de Dios no puede ser protegido políticamente; de hecho, su honor no sufre ningún daño en ningún caso. Lo que tiene pretensión de ser protegido es la convicción religiosa de los ciudadanos."

"En la democracia, las cosas se plantean de otra manera, aunque no totalmente. También aquí los cristianos son obedientes, mientras no se les pida algo que contradiga los mandamientos de Dios. Pero, en la democracia, los creyentes, como los increyentes, no son sólo súbditos, sino también ciudadanos, y como ciudadanos, parte del sujeto de la soberanía. No sólo están sometidos a las leyes, sino que son corresponsables de las leyes."

"Pero la autoridad en la democracia está en la mayoría. De todos modos, tras las experiencias de las dictaduras erigidas democráticamente, las democracias occidentales aprendieron a reconocer derechos fundamentales, cuya vigencia no proviene de una decisión mayoritaria, sino que, al revés, limita la voluntad de la mayoría."

"La defensa de una emancipación radical, no de la naturaleza humana, sino con respecto a la naturaleza humana, está caracterizada por un alto grado de irracionalismo."

"Creyentes e increyentes se diferencian en que los increyentes tienen una fundamentación débil para aquello para lo que los creyentes tienen una fundamentación fuerte."

Para leer el discurso completo (nueve folios), pulsa el enlace siguiente.

En una audiencia, preguntaron a Buttiglione por sus convicciones personales a propósito de la familia, de la posición de la mujer y de la homosexualidad. Respondió haciendo, en primer lugar, la distinción kantiana entre derecho y moral. No todas las normas morales pueden ni deben convertirse en normas jurídicas. No todo lo que consideramos mandamiento moral puede ser mandado también jurídicamente e impuesto por el Estado. Buttiglione hacía propio el Estado moderno de Derecho y de libertades. No obstante, también para este Estado de Derecho existen obligaciones de tipo preestatal. Por ejemplo, el Estado tiene que tener en cuenta el hecho de que, por una parte, los niños necesitan a sus madres y crecen del mejor modo si las madres disponen de una cierta cantidad de tiempo para ellos, y de que, por otra parte, las mujeres tienen hoy más que antes el deseo de una actividad profesional fuera de casa. De modo que es una tarea del Estado preocuparse por la legislación correspondiente a una mejor compatibilidad de las obligaciones profesionales y familiares. Aunque no fuera por otra razón, la catastrófica situación demográfica obligaría a ello. Por lo que se refiere a la homosexualidad, a propósito de la cual se pidió también la opinión personal de Buttiglione, él condenaba la discriminación de personas homosexuales, pero se identificaba en sus convicciones personales con la
doctrina del Catecismo de la Iglesia católica, según la cual la tendencia homosexual es un defecto y su ejercicio práctico un pecado. Esta confesión fue el motivo del rechazo de su candidatura. Lo que significa, tanto en alemán como en español, que un católico cuyas convicciones coincidan con la doctrina moral de la Iglesia católica, sólo por ese motivo, no está cualificado para ocupar un puesto de dirección en la Comunidad europea. Hay que añadir que se trata de la doctrina moral de toda la tradición cristiana, e igualmente de la tradición filosófica de Europa, incluida la época de la Ilustración. Y hay que añadir que, según los criterios aplicados en el caso Buttiglione, los padres fundadores de la nueva Europa tras la segunda guerra
mundial no podrían ocupar ningún puesto de dirección en esta Europa. Robert Schuman, Alcide de Gasperi, Konrad Adenauer eran, los tres, católicos ortodoxos.

Como se ha dicho, estos acontecimientos no han conducido a una crisis, porque la cristiandad europea está claramente atemorizada. Pero tanta más razón hay, por tanto, para repensar a fondo el estatus de los ciudadanos religiosos en el moderno Estado de Derecho. Y digo en el moderno Estado de Derecho; no digo en el Estado secular, como se dice habitualmente hoy día. Quien caracteriza al Estado moderno como Estado secular ha tomado ya partido por una posición. Se hizo muy claro recientemente en un artículo del conocido escritor y periodista alemán Jan Philipp Reemtsma, en el periódico Le Monde Diplomatique. El artículo se titulaba ¿Tenemos que respetar a las religiones? La respuesta era No. Tenemos que tolerar conciudadanos religiosos, lo queramos o no. Pero en un estado secular son y permanecen unos extranjeros. Con gentes que comparten la doctrina del Papa sobre la relación entre el derecho divino y el humano, sólo hay una tregua. La sociedad secular se siente orgullosa de no reconocer ningún origen divino a la distinción entre malo y bueno; se considera a sí misma como la creadora de esta distinción. Por ello, para los que defienden esta opinión, los cristianos, que no comparten este orgullo son ciudadanos de un Estado secular sólo en el sentido en que los árabes israelitas son ciudadanos del Estado de Israel. Por la naturaleza misma de las cosas, el orgullo de un Estado judío no puede ser su orgullo, pues el Estado de Israel se define a sí mismo como un Estado judío. Así también, según la concepción de laicistas militantes como Reemtsma, el moderno Estado se define como Estado secular que tiene por presupuesto la no existencia de Dios, o la falta de toda consecuencia por su eventual existencia.

Estado secular y de Derecho

Merece consideración que Jürgen Habermas, en un artículo reciente sobre ciudadanos religiosos y seculares en un Estado moderno, renuncie explícitamente a definir al Estado moderno como Estado secular. Y precisamente por este motivo exacto: tal definición haría de los ciudadanos religiosos ciudadanos de segunda clase. Pero, ¿no nos encontramos en un dilema? ¿No está condenado al fracaso todo intento de neutralizar la oposición entre fe y no fe, y de ordenar la comunidad humana poniendo entre paréntesis la cuestión de la verdad? ¿Pueden los creyentes renunciar a convertir en legislación lo que consideran mandamientos de Dios, cuando lleguen a ser la mayoría en un Estado? Y al revés, ¿no es comprensible que increyentes rechacen una legislación cuyos fundamentos no son plausibles para ellos?

¿Acaso no puede comprenderse que digan a los creyentes: Nadie os obliga a abortar a vuestros hijos, a divorciaros, a establecer vínculos homosexuales, a visitar Peep-Shows, a matar a vuestros parientes cuando la vida se les haga incómoda a ellos o ellos sean incómodos para vosotros? Nadie os dificulta que recéis, que vayáis a la Iglesia, que cuidéis gratuitamente a los enfermos de sida. Pero, por favor, permitid que otros hombres piensen de modo diferente que vosotros, y vivan como les guste.

La respuesta del Islam a este respecto es clara: el mandamiento de Dios no regula sólo la vida privada, sino también la pública. No permite tolerar una desobediencia pública a estos mandamientos, y menos que se abandone la verdadera fe. Hace varios siglos, la respuesta de la Iglesia era muy semejante a la musulmana; pero hace mucho que ya no lo es. A algunos les parece que la posición actual de la Iglesia es un compromiso inaceptable con el secularismo. La respuesta musulmana parece tener la lógica de su parte.Y, si esto es así, entonces parece plausible que ciudadanos tanto cristianos como seculares vean en la extensión del Islam un peligro para la subsistencia de una sociedad libre, es decir, el peligro de la teocracia.

Un reino que no es de este mundo

Pero, ¿no quieren una teocracia también los cristianos?; ¿no quieren el reinado, el reino de Dios en la vida tanto privada como pública? Realmente sí lo quieren. Pero tienen también la frase de Jesús ante Pilatos: «Mi reino no es de este mundo». Y Jesús dice esta frase para aclarar que Él no quiere extender o defender este reino con los medios de los reinados terrenos. Con estos medios sólo se puede obligar a una obediencia exterior, mientras que a Jesús le importa el reinado sobre los corazones, la fe, que no se puede forzar. El libre asentimiento de la fe presupone que es posible también la increencia. La exigencia de la libertad religiosa no es un compromiso de la Iglesia con el mundo liberal, sino una exigencia que proviene del núcleo mismo del cristianismo. Por eso, una teocracia real no es una forma de Estado. Allí donde se comprende el reinado de Dios como una forma política de reinado, resulta consecuente, por ejemplo, que se castigue la blasfemia con la pena de muerte. Es el crimen mayor que existe; sancionarla con una pena menor, sería en sí mismo una blasfemia. En los Estados de libertad no se protege el honor de Dios. El honor de Dios no puede ser protegido políticamente; de hecho, su honor no sufre ningún daño en ningún caso. Lo que tiene pretensión de ser protegido es la convicción religiosa de los ciudadanos. No se puede ofender públicamente aquello que es santo para ellos, sin ofender a los fieles. Y esta ofensa ha de tener una pena, pues es una injusticia contra hombres y contra conciudadanos. Pero no es la injusticia peor, y la pena adecuada no es la pena más severa de que dispone el Estado. El Estado moderno se refiere a la verdad siempre sólo indirectamente, y directamente sólo a las convicciones sobre la verdad.

Coexistencia

En esto descansa la paz interior. Pues la verdad en cuanto tal es intolerante. Si algo es verdadero, lo contrario no puede ser también verdadero. Y así, Dios, tal como la Biblia lo entiende, también es intolerante: «No tendrás otro Dios fuera de mí». Pero las convicciones sobre la verdad pueden coexistir unas con otras. Sus contenidos pueden excluirse, pero, por contra, su existencia como convicción es mutuamente compatible. Se trata de una distinción que ya hacía san Agustín, cuando escribía que ha de odiarse el error, pero amar al que yerra; y cuando hablaba de la paz, que es común a creyentes e increyentes (Pax illis et nobis communis).

De todos modos, con ello no se resuelve sin más el problema de una comunidad ciudadana hecha de creyentes e increyentes; y menos aún en el caso de un Estado democrático. En el Nuevo Testamento, se amonesta a los cristianos a ser súbditos leales, incluso en regímenes injustos. Durante trescientos años se dejaron perseguir y matar por los emperadores romanos, y siguieron rezando por el emperador. Y esto lo practican hasta hoy. Recuerdo una pequeña historia de la antigua República Democrática Alemana. Yo había ido de visita en otoño. En aquel año, había una buena cosecha de manzanas. Los bajos precios de mercado habían conducido a que muchos dueños de un par de manzanos dejasen pudrirse la fruta en los árboles. Por eso, el Estado compró manzanas a un precio aceptable, para venderlas luego en los comercios
estatales por debajo del precio de coste. En todos los hoteles había cestas con manzanas que se podían coger gratuitamente. ¿Cuál fue la consecuencia de este procedimiento antieconómico? Que la gente vendían sus manzanas al Estado y luego las compraban en los negocios estatales a mitad de precio, para volvérselas a vender a los negocios estatales al precio oficial. Un párroco me comentó que los cristianos fueron los únicos que no participaron en este juego, sino que se daban por contentos con la ganancia de una sola operación, ya que toda esta operación antieconómica del Gobierno estaba destinada claramente a servir al bien común. En estas ocasiones, los funcionarios comunistas sabían con toda precisión que los únicos con los que podían contar en casos semejantes era con los cristianos. Pero, estos mismos cristianos seguían ahí cuando ya no quedaba ningún comunista en el poder. En la antigua Roma, los trescientos años de persecución terminaron con que el emperador se hizo cristiano.

En la democracia, las cosas se plantean de otra manera, aunque no totalmente. También aquí los cristianos son obedientes, mientras no se les pida algo que contradiga los mandamientos de Dios. Pero, en la democracia, los creyentes, como los increyentes, no son sólo súbditos, sino también ciudadanos, y como ciudadanos, parte del sujeto de la soberanía. No sólo están sometidos a las leyes, sino que son corresponsables de las leyes. No se pueden contentar con no hacer nada injusto, pues son corresponsables de la injusticia que permita el legislador, ya que son parte del legislador, y, en una democracia, deben incluso esforzarse por ser la parte mayor posible.

Tomás Moro fue Canciller de un rey preconstitucional. Como Canciller, no podía sostener la política del rey, separar a la Iglesia inglesa de la romana. Como persona privada podía callarse. Por eso dejó su cargo estatal y volvió a ser un hombre privado. En su boca no se encontró ninguna palabra crítica. Testigos falsos tuvieron que poner en sus labios palabras críticas, para que el rey le cortara la cabeza. Tampoco los cristianos de los primeros siglos proclamaban públicamente su fe si no se les exigía. Simplemente, como Rocco Buttiglione, rechazaron renegar públicamente de su fe. En la democracia, ningún ciudadano puede abandonar su responsabilidad, como en cambio lo pudo hacer Tomás Moro. Ya que puede hablar, hay situaciones en las que tiene que hablar. Pues somos responsables de las consecuencias de la falta de ejercicio de un derecho. Pero es propio de la democracia también que sean diferentes, o incluso opuestas, las opiniones sobre qué es lo mejor para el bien común. En todo caso, la soberanía popular es un mito. Un soberano tiene que saber lo que quiere. Pero no existe el pueblo, que sabe lo que quiere, sino que hay unos que quieren una cosa y otros que quieren otra. La mayoría decide, pero no porque tenga razón, sino porque es el único procedimiento indiferente a la cuestión de quién tiene razón, una pregunta que lleva consigo potencialmente el riesgo de la guerra civil. Para evitarla, Thomas Hobbes había escrito: «Non veritas sed auctoritas facit legem» (No la verdad, sino la autoridad determina lo que es ley).

Límites a la mayoría

Pero la autoridad en la democracia está en la mayoría. De todos modos, tras las experiencias de las dictaduras erigidas democráticamente, las democracias occidentales aprendieron a reconocer derechos fundamentales, cuya vigencia no proviene de una decisión mayoritaria, sino que, al revés, limita la voluntad de la mayoría. ¿En qué descansan estos derechos fundamentales? Son claramente derecho pre-positivo. En la constitución de mi país, estos derechos fundamentales no pueden ser cambiados por ninguna mayoría parlamentaria. Por el contrario, será inválida toda ley que, según el juicio del Tribunal Constitucional, no concuerde con estos derechos
fundamentales. Por desgracia, la praxis no responde siempre a esta exigencia, aunque, en principio, esté generalmente reconocida. Así, por ejemplo, el legislador alemán ignora desde hace años determinaciones concretas del Tribunal Constitucional concernientes al aborto.

En opinión de los defensores liberales de una sociedad secular, los derechos fundamentales, como todo derecho, provienen de la voluntad asociada de hombres. Si tal fuera el caso, estos derechos tendrían que poder ser abolidos. Y si ello está excluido por la Constitución, estaríamos ante una dictadura de los muertos, que codificaron estos derechos, sobre los vivos. Pero si estos derechos le corresponden al hombre independientemente de su voluntad, entonces tienen que ser de origen divino. Quien no cree en Dios, tendrá que considerarlos una ficción, quizá una ficción útil; o incluso necesaria. En todo caso, no se opondrá en modo alguno a una referencia a Dios en la Constitución de su país y de Europa. Si lo hace, cabe la sospecha de que quiera anclar menos sólidamente los derechos humanos. El ordenamiento jurídico ha de hacerse etsi Deus non daretur (como si Dios no existiese), exigían los filósofos europeos del Derecho en el siglo XVII. Lo que sea oportuno para el bien común, y lo que no, tiene que poder mostrarse con la pura razón. Esta frase, sin embargo, se encuentra ya en Tomás de Aquino, que escribe: «Dios no le ha mandado al hombre nada que no sea bueno y beneficioso para el hombre por la naturaleza misma de las cosas».

Pero, por otra parte, está vigente lo contrario de la frase etsi Deus non daretur. Pues si el contenido de las normas morales, así como el de los derechos fundamentales, se sigue de la naturaleza de los hombres y puede ser aprehendido por la razón -«en el silencio de las pasiones», como decía Diderot-, hay un vacío por lo que respecta a la vigencia de estas normas. Para el hombre, como persona, no está vigente una especie de autoridad de la naturaleza. Y tampoco existe ninguna autoridad natural de alguna mayoría de otros hombres sobre él, de la que no pueda emanciparse. Si deseamos que los hombres sigan su intuición moral, y si queremos que algo así como los derechos humanos tengan vigencia independientemente de la voluntad de la sociedad, entonces tenemos que comportarnos en relación a ellos etsi Deus daretur (como si Dios existiese), como le decía recientemente al Papa la periodista italiana Oriana Fallaci, que se profesa atea.

Tras todas estas consideraciones, el problema de la convivencia política de creyentes e increyentes parece resuelto. La razón nos enseña qué ordenamiento de las cosas humanas es bueno para el hombre. La fe en Dios nos da motivos para suponer, tras este entendimiento de las cosas, la voluntad de una autoridad incondicionada. El contenido de los derechos naturales nos es dado etsi Deus non daretur, la fuerza vinculante de esta percepción presupone el etsi Deus daretur.

Ciudadano religioso y secular

Pero en realidad las cosas no son tan armónicas. La construcción ideal típica no refleja perfectamente nuestra realidad. En primer lugar, hay que precisar el concepto de creyente, el concepto de ciudadano religioso en contraposición con el secular. Pues hay diferencia si hablamos de musulmanes o de cristianos. Y es diferente si hablamos de creyentes en la Revelación o de hombres que creen en la existencia de Dios, pero no en la revelación de su voluntad a través de un libro o a través de otros hombres. Normalmente, esta última categoría es ya bastante insignificante en el ámbito político, mientras que en la época de la Ilustración jugaba un gran papel. La mayoría de los llamados ilustrados en Europa no eran ni ateos ni agnósticos. Estaban de acuerdo con la idea cristiana de que existe un conocimiento puramente racional de Dios, y de que Dios, como escribe el apóstol Pablo, inscribió sus mandamientos en el corazón de los paganos, también sin Sinaí y sin Evangelio. La Revolución Francesa, en la época del poder jacobino, castigaba el ateísmo con la pena de muerte.

Los laicistas de hoy día, es decir, los ciudadanos seculares de hoy, ya no creen en una religión natural y en un conocimiento natural de Dios. La Ilustración, surgida en el seno de la Iglesia, había combatido, en nombre de la razón, a la fe cristiana en la Revelación. La diosa razón fue entronizada en el altar de Notre Dame en París. Hoy es la Iglesia quien defiende a la razón contra los autoproclamados herederos de la Ilustración. Fuera del cristianismo, la duda en la capacidad de la razón para conocer la realidad se ha convertido en la visión del mundo dominante. E igualmente la duda en la capacidad de la razón práctica para reconocer normas morales.
Escepticismo y relativismo cultural son los paradigmas dominantes.

Friedrich Nietzche había diagnosticado esta evolución hace ya un siglo. Su tesis era: la razón ha destruido la fe en Dios. Pero con ello ha destruido sus propios fundamentos, la fe en algo así como la verdad y en la posibilidad de su conocimiento. Si Dios no existe, entonces sólo hay perspectivas subjetivas, pero ninguna cosa en sí. Con ello se termina la Ilustración. Hoy son los cristianos quienes sostienen la capacidad de la razón humana para alcanzar verdades universales, una posibilidad que ya negaba David Hume, cuando escribía: «We never do one step beyond ourselves» (Nunca damos un paso más allá de nosotros).

Fe y confianza

La fe en una revelación divina presupone una confianza elemental en la razón humana, una confianza que, sin embargo, como Nietzsche observó correctamente, implícitamente ya es una fe. Una fe que significa que Dios es la verdad, que la verdad es divina.

En esto se funda la posibilidad de comprenderse con no cristianos en cuestiones referentes al ordenamiento humano de la vida. Los cristianos quieren una referencia a Dios en la Constitución de su país, porque sólo así se expresa que a los hombres no está permitido todo lo que puedan hacer, en el caso en que quieran darse a sí mismos, por vía de mayorías, un ius ad omnia, un derecho a cualquier cosa. Desean el reconocimiento de normas éticas como si Dios existiese, ya que no el de la existencia de Dios. Y esto significa simplemente el reconocimiento de una ley moral natural. Sólo conel fundamento de este reconocimiento es posible una pax illis et nobis communis, una convivencia pacífica de cristianos y no cristianos en un país.

Un reconocimiento semejante significa el sometimiento de deseos, intereses y preferencias individuales bajo un criterio común. Sólo en base a un criterio semejante es posible un discurso público en el que verdaderamente esté supuesto el bien común, y en el que los argumentos no sirvan sólo al enmascaramiento de intereses. Los intereses chocarían entre sí, y se impondrían aquellos que fueran representados con mayor energía, aun cuando objetivamente no pudieran pretender tener el rango más elevado. Pero si el rango no es ordenado objetivamente, todo discurso racional es sólo una velada lucha por el poder, como afirma por ejemplo Michel Foucault. Entonces, sin embargo, se pone en cuestión una base esencial de la democracia, pues la democracia vive de la fe en la posibilidad de un entendimiento racional. Sin la idea de un derecho según la naturaleza, que agradecemos a los griegos, no hay ninguna base común entre creyentes e increyentes. Pero quienes mantienen hoy esta idea son los cristianos católicos. A la táctica de sus oponentes pertenece caracterizar esta idea de una ley moral natural como una idea cristiana y, por tanto, considerarla inaceptable para los no cristianos. Pero esto es injustificado. Todo el que argumenta sobre cuestiones de justicia e injusticia presupone silenciosamente esta idea. A quien denuncie que un vecino le impide dormir, porque toca la trompeta entre las dos y las cuatro de la noche, el tribunal le hará justicia, aunque el trompetista explique que para él es algo existencialmente necesario y que sólo tiene tiempo por la noche. El interés en un mínimo de sueño tiene objetivamente la prioridad. Y también evidentemente el interés de un hombre ya engendrado en poder vivir toda una vida tiene la prioridad sobre el interés eventual de otro hombre -de su madre- de poder autodeterminarse sin cortapisas durante los nueve meses de embarazo. Después el niño puede ser dado en adopción. Todo el que juzgue sin prejuicios -pues la razón habla, como decía Diderot, «en el silencio de las pasiones»- concordará en esta preferencia. Sólo quien niegue por principio que existe una estructura objetiva de preferencia de intereses, aceptará que el interés evidentemente superior sea sacrificado al otro por una regulación liberal del aborto. O tomemos la cuestión de la manipulación genética de la naturaleza humana, que rechazó hace poco Habermas con argumentos claramente de derecho natural. Construir hombres según el proyecto de otros hombres choca con la igualdad fundamental de los hombres. Además, el hombre tiene derecho a conocer a sus progenitores.

Homosexualidad

Otro ejemplo: la homosexualidad. Que un hombre, como también un animal, no responda a la fuerza de atracción sexual del otro sexo es claramente un defecto biológico, como aparece también en el resto de la naturaleza, un fallo de la naturaleza, como escribía Aristóteles. Pues la supervivencia del género humano descansa en esta fuerza de atracción. Si un hombre que sufre este defecto e inclina sus tendencias sexuales al propio sexo, sigue o no esta tendencia, es una cuestión moral, que no debe interesar al legislador estatal. El Estado no tiene nada que buscar en los dormitorios, excepto en caso de violación o corrupción de menores. Pero el Estado sí tiene un legítimo interés en que esta tendencia no se extienda, por la propaganda o por una pedagogía correspondiente, más allá de los que ya tienen esta disposición. Ante todo, contradice completamente a la razón institucionalizar de alguna manera uniones de este género y acercarlas a lo que es el matrimonio. El interés público en la institución de la unión permanente de dos personas de diferente sexo está relacionado, naturalmente, con que de esta unión pueden provenir niños, y normalmente vienen. Si no, también podrían casarse los hermanos. Y no se encuentra realmente motivo alguno por el que la comunidad de vida, por ejemplo, de un párroco y su hermana, que cuida la casa, no pueda ser una institución jurídicamente privilegiada, como también una comunidad de tres personas, o un matrimonio entre tres, una pequeña comunidad de vida religiosa o la convivencia de un pequeño círculo de amigos del mismo sexo. Que la comunidad de vida privilegiada públicamente tenga que ser sexual, que no pueda establecerse entre parientes, etc., que existan todas estas restricciones se basa en una imitación del matrimonio que no puede fundamentarse ya con ningún argumento racional. Que alguien se vaya a la cama con otra persona, sólo es de interés público en relación con los eventuales niños que pueden provenir de este género de unión.

Completamente absurdo es ya que se otorgue a parejas semejantes el derecho a la adopción de niños. Esto esconde un individualismo craso, según el cual los niños existen para satisfacción de los padres. La única pregunta legítima, ¿qué es lo mejor para los niños?, pasa a segundo plano. Nada justifica aceptar que para estos niños, que ya tienen el difícil destino de no poder crecer con los propios padres naturales, sea indiferente si pueden experimentar el ser hombres desde el inicio en la forma dual y polar de los dos sexos, es decir, en la forma plena, o han de hacerlo en la forma reducida de una comunidad homosexual. Que sea una suerte adquirir un carácter homosexual creciendo en una comunidad homosexual, no querrá decirlo nadie en serio. Tras esta exigencia hay un ataque de principio contra algo que pertenece esencialmente a la vida, la normalidad. Y además una normalidad no arbitraria, sino caracterizada por la naturaleza específica de una especie.

Emancipación de la naturaleza

La defensa de una emancipación radical, no de la naturaleza humana, sino con respecto a la naturaleza humana, está caracterizada por un alto grado de irracionalismo. Para los discípulos de Nietzsche y de Foucault, la razón misma es sólo un medio de poder para imponer deseos individuales, no una instancia para examinar estos derechos según un criterio universal de lo aceptable para todos. Deseos sadomasoquistas tienen el mismo valor que el deseo de curar una enfermedad. Una manifestación en la que se exponían escenas sadistas asquerosas fue saludada oficialmente por el alcalde de Berlín. Lo importante es que el sádico lo haga con un masoquista, que está de acuerdo en ser tratado como basura.

Tras haber iniciado este camino, parece que ya no es posible detenerse. En la pequeña ciudad de Fulda, en la que está enterrado san Bonifacio, el apóstol de los alemanes, pasó lo siguiente el año pasado. Un hombre joven buscó por Internet a alguien que estuviese dispuesto a dejarse matar y comer por él. Y de hecho apareció uno, un ingeniero. Los dos se encontraron y se pusieron de acuerdo en el procedimiento. A la víctima voluntaria se le cortaron, en primer lugar, los testículos, los asaron y se los comieron juntos. Luego el joven mató al ingeniero de varias cuchilladas, asó partes del cadáver y se las comió, congelando otras partes. Casi no es posible pensar una lesión más extrema de humanidad. El joven fue juzgado y condenado por homicidio, no por asesinato, a una pena limitada de cárcel. El hecho de que la víctima estuviese de acuerdo sirvió de atenuante en el juicio. Absolver a este hombre hubiera sido consecuente con el punto de vista del liberalismo individualista, según el principio volenti non fit iniuria (a quien está de acuerdo no se le hace injusticia). El estremecimiento que a todos recorre la espina dorsal, muestra para el liberal sólo que no hemos progresado todavía suficientemente en el camino de la emancipación con respecto a la naturaleza humana, y en el de la arbitrariedad de nuestras preferencias. Menciono sólo otros dos ejemplos de este abandono del fundamento común de humanidad que existe en todas las naciones civilizadas, al que, por ejemplo, los chinos llaman Tao y que entre nosotros se llama derecho natural.

El primero es la eutanasia, que, tras ser tabú a causa de la praxis nacionalsocialista, es aconsejada de nuevo hoy como un progreso. No puedo profundizar aquí en el tema y menciono sólo dos argumentos contra esta praxis -para aquellos para los cuales el mandamiento No matarás no significa nada-. Si es un derecho de un enfermo o de un hombre muy anciano el pedir a otro hombre que lo mate, entonces, tras un determinado tiempo, este derecho se convierte en un deber moral. Quien tiene un derecho, tiene la responsabilidad de hacer o no hacer uso de ese derecho. El enfermo, que tiene el derecho de pedir que lo maten, tiene desde ese momento la completa responsabilidad de todos los costes y fatigas que sus parientes y la sociedad habrán de sufragar para cuidarlo. De ahí se sigue la increíble presión moral de liberar a otros del propio peso, y la exigencia silenciosa de seguir la indicación: Ahí está la salida.

Justificaciones de la muerte

El segundo argumento es el siguiente: Los defensores de la eutanasia conservan para sí el derecho de juzgar si el deseo de morir está justificado o no. Están dispuestos a matar a depresivos, pero no a gente con males de amor. Juzgan cuándo una vida es digna de ser vivida y cuándo no. Pero, en tal caso, también podrían apropiarse el derecho de matar a hombres que no son capaces de expresar el propio acuerdo. Y esto sucede ya masivamente en Holanda, donde la cifra de los muertos sin consentimiento propio y sin castigo penal alcanza millares, y donde la gente mayor atraviesa la frontera y se va a residencias de ancianos alemanas, porque ya no se sienten seguros en las holandesas. Pero estos argumentos presuponen que al hombre no le está permitido hacer lo que quiera, sólo porque la sociedad se lo permita. Presuponen algo así como una ley moral natural.

Un terreno común semejante, un terreno de evidencias comunes, es en primer lugar el terreno de una cultura con costumbres morales comunes. No nos engañemos: la democracia presupone una cierta medida de homogeneidad cultural. Pero estas costumbres tienen que enraizarse a su vez en una homogeneidad fundamental de todos los hombres, una homogeneidad de la naturaleza humana y de lo que los griegos llamaban justo según naturaleza. Una cooperación política pacífica entre cristianos e increyentes sólo es posible sobre esta base. Para los cristianos, la naturaleza humana y la razón práctica que descansa en ella son la revelación de la lex aeterna, de la voluntad eterna de Dios. Pero los cristianos creen, como decía san Pablo, que esta ley está escrita también en el corazón de los paganos. Sin embargo, san Pablo tenía ante los ojos a paganos para los cuales la pietas, la veneración, la piedad era la más importante de las virtudes. Ejemplo de un ilustrado radical, que ha superado toda piedad como superstición, es el Marqués de Sade, cuyo orgullo era no horrorizarse de nada en sus orgías. Horkheimer y Adorno tenían a Sade ante los ojos cuando escribieron que, al final, el único argumento contra el asesinato es religioso. De hecho, añadiría yo, todo argumento en cuestiones morales es religioso. Pues presupone la disponibilidad de, al menos, escuchar argumentos y someter el propio comportamiento a un mandamiento de la razón práctica. Y esta disponibilidad ya es religiosa, porque si Dios no existe, está vigente lo que escribía Dostojewski: «Todo está permitido». «Todo nos está permitido» era, por lo demás, también frase de Lenin.

Creyentes e increyentes se diferencian en que los increyentes tienen una fundamentación débil para aquello para lo que los creyentes tienen una fundamentación fuerte. Pero, como Habermas escribe de nuevo en su último libro, los hombres irreligiosos que resisten a la objetivización científico-técnica del hombre, tendrían que estar contentos, si los creyentes tienen para esta misma resistencia fundamentos más fuertes que los increyentes o los agnósticos.

Falta de fundamentos fuertes

Los fundamentos débiles de una vida como si Dios no existiese (etsi Deus non daretur) no penetran normalmente hasta la plena realidad, hasta el ser, la existencia del hombre. Se quedan en situaciones experimentadas subjetivamente por el hombre. Para ellos, como por ejemplo para Richard Rorty, nada es más importante que el placer y el dolor. Por tanto, ser persona coincide para ellos con la autoconciencia experimentable, el valor de la vida con las situaciones agradables experimentables, y la ofensa de la dignidad humana con la provocación experimentable de dolor, etc. Ahora bien, es posible mostrar con argumentos que esta limitación a lo subjetivamente experimentable no puede ser fundada a partir de la experiencia. Al contrario, los hombres, cuando piensan espontáneamente, piensan de otro modo. Pueden afirmar mil veces teóricamente que el embrión no es aún un hombre, pero dicen sin problema alguno que ellos, personas que están diciendo Yo, fueron engendrados y estuvieron en el cuerpo de su madre. Y hay que haberse alejado ya mucho del Tao humano para, con Peter Singer, negar el derecho a la vida de un bebé de un año, porque no tiene todavía autoconciencia. Estos argumentos se salen fuera de la experiencia de la vida, de la experiencia de hombres normales. Y tampoco el argumento contra la eutanasia, que acabo de presentar, parte del mandamiento No matarás, sino del empeoramiento de la calidad de vida a través de la legalización del matar a petición. Quien dispone de una fundamentación fuerte, naturalmente puede usar también la débil, que es la base común de cristianos e increyentes, la base de una realidad estatal en la que participan ambos, de una paz, de una pax nobis et illis communis, que es más que una tregua pasajera.

El mal tiene un olor inconfundible

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Discurso del escritor judio Amos Oz, durante la recepción del "premio Goethe" frankfurt (alemania). artículo publicado en la contraportada del suplemento babelia del diario El País, sabado 1 de octubre de 2005

El escritor judío Amos Oz (Contra el fanatismo) denuncia el olvido al que las modernas ciencias sociales han condenado el problema del bien y el mal. Frente a los que culpan de todo al sistema y se refugian en un pluralismo acrítico, el novelista reivindica la responsabilidad individual y la capacidad de imaginar al otro como imperativo moral. Estos argumentos sirvieron de base al discurso que el escritor israelí leyó en Francfort el pasado 28 de agosto durante la recepción del Premio Goethe.

"El mal tiene un olor inconfundible. Así como es enorme­mente difícil defi­nir la verdad, pero muy fácil detectar una mentira, a ve­ces puede resultar difícil definir el bien, pero el mal desprende un olor inconfundible."

"Por pri­mera vez en su larga historia, am­bos quedaron abolidos por la idea de que las circunstancias son siem­pre las responsables de las decisio­nes humanas, las acciones huma­nas y, sobre todo, el sufrimiento humano. La culpa es de la sociedad. La culpa es de una niñez difícil. La culpa es de la política. El colonia­lismo. El imperialismo. El sionis­mo. La globalización. Así comen­zó el gran campeonato mundial del victimismo."

"Pues bien, los tiempos pueden estar cambiando de nuevo. Es posible que se despidiera a Satán, pero él no se quedó parado. El siglo XX fue el peor escenario de maldad sanguinaria que ha visto la his­toria."

"El post­modernismo volvió a dar trabajo a Satán, pero, en esta ocasión, su tra­bajo raya en lo hortera: un herméti­co puñado de "fuerzas oscuras" es el responsable de todo, la pobreza y la discriminación, la guerra y el calen­tamiento global, el 11 de septiem­bre y el tsunami. La gente normal siempre es inocente. Las minorías nunca tienen la culpa."

"Volvamos a Goethe. El Fausto de Goethe nos recuerda de forma indeleble que el diablo no es imper­sonal, sino personal. Que el diablo pone a prueba a cada individuo, y cada uno puede aprobar o suspen­der. Que el mal es tentador y seduc­tor. Que la agresividad puede abrir­se un hueco en cada uno."

Para leer el discurso completo (cuatro folios), pulsa el enlace siguiente.

El mal tiene un olor inconfundible. Así como es enorme­mente difícil defi­nir la verdad, pero muy fácil detectar una mentira, a ve­ces puede resultar difícil definir el bien, pero el mal desprende un olor inconfundible; cualquier niño sabe lo que es el dolor. Por consiguiente, cada vez que causamos dolor a otra persona de manera deliberada, sabe­mos lo que estamos haciendo. Esta­mos haciendo el mal.

Sin embargo, los tiempos modernos han cambia­do todo eso. Han difuminado la cla­ra distinción que hacía la humani­dad desde su más tierna infancia, desde el Edén. En algún momento del siglo XIX, no mucho después de que muriera Goethe, entró en la cul­tura occidental una nueva forma de pensamiento que dejaba de lado el mal, que incluso negaba su existen­cia. Aquella innovación intelectual se llamaba Ciencia Social.

Para los nuevos practicantes de la psicolo­gía, la sociología, la antropología y la economía, seguros de sí mismos, exquisitamente racionales, optimis­tas y totalmente científicos, el mal no tenía importancia. En realidad, tampoco la tenía el bien. Todavía hoy, algunos especialistas en cien­cias sociales, sencillamente, no ha­blan del bien ni del mal. Para ellos, todas las razones y acciones huma­nas son consecuencia de las circuns­tancias, que muchas veces se escapan a nuestro control. "Los demonios", decía Freud, "no existen, del mismo modo que no existen los dioses; no son más que productos de la activi­dad psíquica del hombre". Esta­mos dominados por nuestro entor­no social. Desde hace unos 100 años nos dicen que sólo nos mueve el interés económico, que somos meros productos de nuestras cultu­ras étnicas, que no somos más que marionetas de nuestros propios subconscientes.

En otras palabras, las ciencias so­ciales modernas fueron el primer in­tento serio de eliminar el bien y el mal del escenario humano.

Por pri­mera vez en su larga historia, am­bos quedaron abolidos por la idea de que las circunstancias son siem­pre las responsables de las decisio­nes humanas, las acciones huma­nas y, sobre todo, el sufrimiento humano. La culpa es de la sociedad. La culpa es de una niñez difícil. La culpa es de la política. El colonia­lismo. El imperialismo. El sionis­mo. La globalización. Así comen­zó el gran campeonato mundial del victimismo.

Por primera vez desde el Libro de Job, el diablo se había quedado sin trabajo. Ya no podía jugar co­mo antaño con las mentes huma­nas. Satán estaba descartado. Es­tábamos en la era moderna.

Pues bien, los tiempos pueden estar cambiando de nuevo. Es posible que se despidiera a Satán, pero él no se quedó parado. El siglo XX fue el peor escenario de maldad sanguinaria que ha visto la his­toria.

Las ciencias sociales fueron incapaces de predecir, afrontar o incluso comprender ese mal mo­derno y tecnologizado. El mal del siglo XX se disfrazó, muchas ve­ces, de una intención de reformar el mundo, de idealismo, de la nece­sidad de reeducar a las masas o "abrirles los ojos". Para algunos, el totalitarismo fue la redención laica, a costa de millones de vidas.

Hoy, después de haber sobrevi­vido al mal del poder totalitario, te­nemos profundo respeto por las culturas. Por las diversidades. Por el pluralismo.Conozco a algunas personas dispuestas a matar a cual­quiera que no sea pluralista.

El post­modernismo volvió a dar trabajo a Satán, pero, en esta ocasión, su tra­bajo raya en lo hortera: un herméti­co puñado de "fuerzas oscuras" es el responsable de todo, la pobreza y la discriminación, la guerra y el calen­tamiento global, el 11 de septiem­bre y el tsunami. La gente normal siempre es inocente. Las minorías nunca tienen la culpa.

Las víctimas son, por definición, moralmente pu­ras. ¿Se han dado cuenta de que, hoy día, el demonio no parece nun­ca invadir a una persona concreta? Ya no existen los Faustos. Lo moder­no es decir que el mal es un conglomerado.Los sistemas son malos. Los gobiernos son malos. Institu­ciones despersonalizadas dirigen el mundo en su propio y siniestro beneficio. Satán ya no está en el de­talle. Los hombres y mujeres, como individuos, no pueden ser "malos" en el viejo sentido del Libro de Job, o Macbeth, o Yago, o Fausto. Usted y yo siempre somos buenas perso­nas. El diablo es siempre el siste­ma. Esto es, en mi opinión, una hor­terada ética.

Goethe no era orientalista ni multiculturalista. No era el exotis­mo extremo e imaginario del Este lo que le tentaba, sino la sólida sus­tancia y la novedad que las culturas orientales, la poesía y el arte orienta­les, pueden otorgar a las verdades y los sentimientos universales de los seres humanos. El bien es univer­sal; y Dios también: "Dios posee Oriente, Dios gobierna Occidente, Norte y Sur por igual, cada tierra reposa en su mano bondadosa".

Más importante aún, el amor es universal, vale lo mismo para Gretchen que para Zuleika. Por eso un poeta alemán puede escribir un poe­ma de amor para una mujer persa imaginaria. O para una mujer persa real. Y puede ser sincero. Y lo más conmovedor de todo es que el dolor también es universal.

Goethe no recurre a Oriente pa­ra demostrar nada. Se toma muy en serio a los seres humanos, a todos los seres humanos. Tanto en Orien­te como en Occidente, los hombres buenos lloran.

En el mundo hay buenas perso­nas. En el mundo hay malas per­sonas. No siempre es posible re­chazar el mal con encantamientos, demostraciones, análisis social o psicoanálisis. En ocasiones, como último recurso, hay que hacerle frente por la fuerza. A mi juicio, el mal supremo en el mundo no es la guerra, en sí, sino la agresividad. La agresividad es "la madre de to­das las guerras". Y, a veces, es ne­cesario repeler la agresión por la fuerza de las armas para que pue­da reinar la paz.

Volvamos a Goethe. El Fausto de Goethe nos recuerda de forma indeleble que el diablo no es imper­sonal, sino personal. Que el diablo pone a prueba a cada individuo, y cada uno puede aprobar o suspen­der. Que el mal es tentador y seduc­tor. Que la agresividad puede abrir­se un hueco en cada uno.

El bien y el mal individuales no son privati­vos de ninguna religión. No tienen por qué ser términos religiosos. La decisión de causar daño o no causar­lo, de hacerle frente o hacer la vista ciega, de contribuir activamente a curar el dolor, como un médico rural entregado a su trabajo, o conformar­se con organizar manifestaciones airadas y firmar peticiones genera­les, es una elección con la que nos encontramos varias veces al día.Co­mo es natural, a veces podemos equivocarnos. Ahora bien, incluso cuando tomamos una decisión equi­vocada, sabemos lo que estamos haciendo. Sabemos cuál es la dife­rencia entre el bien y el mal, entre causar dolor y curarlo, entre Goethe and Goebbels. Entre Heine y He­ydrich. Entre Weimar y Buchen­wald. Entre la responsabilidad indi­vidual y el mal gusto colectivo.

Crecí en la Jerusalén de los años cuarenta como un niño muy nacio­nalista, incluso chauvinista, y pro­metí no poner nunca el pie en suelo alemán e incluso no comprar nunca un producto alemán. Lo único a lo que no me sentí capaz de renunciar fue a los libros alemanes. Sí hacía un boicot a los libros, me decía a mí mismo, me parecería un poco a "ellos". Al principio, me limitaba a leer la literatura alemana de pregue­rra y a los autores que se habían opuesto al nazismo. Más tarde, en los años sesenta, empecé a leer en hebreo las obras de la generación de novelistas y poetas alemanes de posguerra. En especial, las obras de los autores del Grupo 47. Me permi­tían imaginarme en su lugar. Mejor dicho: me seducían para que me imaginase en su lugar, durante los años oscuros, en los años anteriores y en los posteriores. Después de leer a esos autores y a otros, ya no pude limitarme a seguir odiando to­do lo alemán del pasado, el presen­te y el futuro. En mi opinión, imaginar al otro es un potente antídoto contra el fa­natismo y el odio. Creo que los li­bros que nos hacen imaginar al otro pueden hacernos más inmunes con­tra las estratagemas del mal, el Me­fisto del corazón. Así fue como Günter Grass y Heinrich Bóll, Inge­borg Bachmann y Uwe Johnson y, en particular, mi querido amigo Siegfried Lenz, me abrieron la puer­ta a Alemania. Ellos, junto con una serie de amigos alemanes muy que­ridos, me obligaron a romper mis ta­búes y abrir la mente y, al final, el corazón. Volvieron a mostrarme los poderes curativos de la literatura.

Imaginar al otro no es una mera herramienta estética. Es además, a mi juicio, un imperativo moral fun­damental. Y, sobre todo, imaginar al otro es un placer humano profun­do y muy sutil.

El fracaso de la ONU con el SIDA

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En solo un año se han producido 5 millones de nuevas infecciones. Es el fracaso rotundo de una política preventiva contra el SIDA que sigue sin entender que esta enfermedad, como otras que existen, está estrechamente vinculada al estilo de vida.
Dos noticias para pensar por tu cuenta y no dejarte engañar por el mito del preservativo.



Fracaso de la ONU
INFORMEONUSIDA2005

EXTENDER LA IGNORANCIA

viernes, 25 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

EN NOMBRE DE LA EQUIDAD NO SE PUEDE EXTENDER LA IGNORANCIA.
El problema de la educación en España.
ALICIA DELIBES, profesora de Enseñanza Secundaria de Matemáticas

Este texto repasa las distintas leyes españolas de educación: la Ley General de Educación de 1970, que inició la llamada escuela comprensiva; la catastrófica LOGSE, que ha elevado el fracaso escolar en España al 30% del alumnado en Secundaria; la LOCE, intento del Partido Popular de elaborar una ley que primara el esfuerzo, el estudio y la responsabilidad personal de los estudiantes. Sin embargo, la llegada al poder del PSOE ha significado la precipitada elaboración de la LOE, que acaba con los criterios de calidad y de reconocimiento del mérito, y vuelve a principios dogmáticos, como el igualitarismo y la responsabilidad compartida, que otros socialismos europeos han abandonado ya por ruinosos.

Si tienes interés en el texto, no demasiado largo, puedes leerlo AQUÍ

Nos quieren engañar

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Las organizaciones convocantes del 12-N denuncian los engaños reiterados del Gobierno
Lee también en El Foro.

 Zapatero ha incumplido sus promesas de diálogo y negociación en torno a la reforma educativa (LOE).

 Tras la reunión con el Grupo Parlamentario Socialista se ha constatado nula voluntad de alcanzar el auténtico Pacto de Estado por la Educación que la sociedad española demanda.

 Anunciarán un calendario con todo tipo de actuaciones porque “los derechos fundamentales recogidos en la Constitución Española no son negociables.”

Madrid, 24 de noviembre de 2005.- Tras la reunión mantenida ayer por la tarde-noche con el Partido Socialista, las asociaciones convocantes de la manifestación del contra la reforma educativa (LOE), y por la defensa de la libertad y la calidad de la Educación en España desean manifestar:

1. El Grupo Parlamentario Socialista ha incumplido lo prometido por el Presidente del Gobierno el pasado 17 de noviembre respecto a la apertura de un diálogo sobre la LOE sin la urgencia de los plazos de la tramitación parlamentaria. No se han suspendido los trabajos de la Comisión de Educación del Congreso, como se desprendió que ocurriría de las palabras del Presidente del Gobierno.

2. El PSOE ha vuelto a fijar su posición en los mismos términos en los que lo ha hecho en los últimos meses y no se ha mostrado dispuesto a aceptar ninguna de las enmiendas que servirían para incorporar nuestras exigencias. Hemos constado que el Grupo Parlamentario Socialista no apoyará la incorporación al dictamen de la Comisión de Educación de las modificaciones que hemos solicitado.

3. La reunión de ayer ha servido para confirmar que la estrategia de Zapatero consiste en dilatar las conversaciones para no concluir en nada.

4. Tras siete horas de “negociación”, el Grupo Parlamentario Socialista no se comprometió a modificar la ley en ninguna de nuestras reivindicaciones.

5. Ante los sucesivos engaños, incumplimientos y trampas establecidas por el partido del Gobierno, las asociaciones convocantes estamos seguras de que nuestras exigencias no van a ser recogidas en la ley.

6. Como ya advertimos tras la reunión con el Presidente del Gobierno, nuestra disposición al diálogo ha sido permanente, extensiva incluso a los restantes Grupos Parlamentarios. Seguiremos siendo protagonistas activos en la defensa de la libertad y la calidad de la enseñanza, como portavoces de los millones de personas que apoyaron la manifestación del 12-N.

En el empeño por defender los derechos fundamentales recogidos en la Constitución Española, se anunciarán un calendario con todo tipo de actuaciones.

Nuestras organizaciones representan la voluntad de todas aquellas familias, padres, profesores, centros docentes y alumnos que desean una educación de calidad y en libertad.

Para más información y gestión de entrevistas:
www.loe-no.org (sección Prensa)
T: 91 309 59 71-72 / 91 444 89 44 / M: 699 07 00 44

Libertad sin ira

miércoles, 23 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

POR ANDRÉS OLLERO TASSARA. LA TERCERA DE ABC, 19.XI.2005

... No parece tan fácil que creyentes y no creyentes se muestren capaces de suscribir conjuntamente propuestas en beneficio de bienes y valores cuya protección y defensa no exigen obviamente profesión de fe alguna...

En mis primeros contactos, hace más de treinta años, con la vida universitaria y cultural italiana, me llamó la atención, entre tantas otras cosas, la naturalidad con que una buena parte de mis colegas dejaban constancia de su catolicismo en intervenciones públicas, orales o escritas.

En la España del franquismo la confesionalidad pesaba paradójicamente sobre no pocos católicos de mi generación. La oficialidad de aquello que se vivía por propia convicción resultaba particularmente incómoda; sobre todo por la vinculación al régimen que en consecuencia tendía a darse por supuesta, incluso en muchos que no se contaban entre sus beneficiarios. De ahí que cualquier proclama católica sonara más a sospechoso exhibicionismo que a otra cosa.

Todo ello influyó sin duda en mi positiva acogida a la fórmula grociana: apoyemos nuestra convivencia en exigencias éticas que, por ser naturales, compartiríamos también aunque razonáramos «etsi Deus non daretur», como si Dios no existiera. Qué necesidad habría de elevarse a la fe sobrenatural para argumentar exigencias éticas accesibles a la razón...

La confesionalidad acabó pasando a mejor vida, pero no siempre trajo como fruto espontáneo esa «laicidad positiva» que refrenda nuestra Constitución. En ambientes agnósticos, cualquier alusión al derecho natural se veía con frecuencia rechazada sin necesidad de debate argumental; bastaba con su simplista etiquetaje como receta teológica y su obligado correlato autoritario. Entre no pocos creyentes, la resaca confesional se veía también perpetuada al generar un curioso laicismo autoasumido; el laico católico se vedaba ejercer lo que precisamente es su papel: proponer sus propias convicciones a la hora de organizar el ámbito público, con la misma naturalidad con que los demás proponían las suyas.

Dentro de este marco, la puesta en marcha de los congresos «Católicos y vida pública» da fe del paso a un escenario bien distinto. Al llegar ahora a su séptima edición, bajo el título «Llamados a la libertad», vuelve a facilitar que intelectuales y hombres públicos, españoles y extranjeros, se presten a manifestar su condición de católicos a la vez que abordan los problemas más acuciantes de nuestra sociedad. De camino se da pie a un trabajo conjunto entre quienes viven sus convicciones dentro un sano pluralismo, que se ve no pocas veces acompañado de un mutuo desconocimiento.

La experiencia se ha mostrado notablemente oportuna, y no sólo por su admirable capacidad de convocatoria. Católicos con relevancia pública dejan claro que no están dispuestos a dejarse tratar como ciudadanos de segunda; que piensan seguir ejerciendo sus derechos ciudadanos, no a pesar de ser católicos sino precisamente por serlo; que no dejarán que se les aplique, sólo a ellos, la estrábica conseja que prohíbe imponer las propias convicciones a los demás, como si los demás no tuvieran convicciones o las impusieran con el especial desparpajo que da el no estar demasiado convencidos.

Si la laicidad positiva de nuestra Constitución se traduce en la obligación de los poderes públicos de tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española, resulta decisivo que los creyentes no renuncien a aportarlas al debate democrático.

Se ha producido, pues, una significativa transición. Por eso no me extrañó que en el contexto de una multitudinaria manifestación volvieran a oírse, treinta años después, con impactante oportunidad esos sones que invitan a una libertad sin ira. En su escenario original supusieron una llamada a los sectores más rígidos de nuestra sociedad, para que no tuvieran miedo a la libertad ni se sintieran amenazados por ella, a la vez que se les hacía recapacitar sobre lo inútil de cualquier actitud reaccionaria. La invitación no resulta ahora menos necesaria, cuando no faltan núcleos radicales que manifiestan similar rigidez, quizá por saberse minoritarios aun disponiendo de los resortes del poder. Reaccionan con un recelo no exento de enojo laicista cuando, con exquisito respeto a las formas democráticas, se proponen soluciones bien distintas a las que están imponiendo con la displicente actitud de superioridad del déspota que se cree ilustrado.

Parece como si los españoles siguiéramos condenados a la «diferencia», al resistirnos a asumir pautas culturales consolidadas en países de nuestro entorno. No me refiero sólo a Italia, donde con motivo del reciente referéndum sobre la reproducción asistida el inefable Pannella y su minoría radical, que no sueñan con poder gobernar ni por accidente, tocó a rebato asegurando que la llamada de la jerarquía católica a la abstención ponía en peligro el Estado laico (léase laicista...). La respuesta no pudo ser más elocuente. Figuras significativas (Rutelli, Fallaci...), reconocidamente alejadas del ámbito católico, no dudaron en apoyar la llamada a la abstención; algo inconcebible hoy por hoy entre nosotros.

También en Alemania Jürgen Habermas, tras su llamativo ademán de convergencia con el entonces cardenal Ratzinger, ha sido bastante explícito: «El precepto de neutralidad frente a todas las comunidades religiosas y todas la ideologías no desemboca necesariamente en una política religiosa laicista que hoy en día es criticada incluso en Francia». «Creo que el Estado liberal debe ser muy cuidadoso con las reservas que alimentan la sensibilidad moral de sus ciudadanos, porque además esto es algo que redunda en su propio interés. Estas reservas amenazan con agotarse, sobre todo teniendo en cuenta que el entorno vital cada vez está más sujeto a imperativos económicos».

En España esta fluidez en el debate cultural y político sólo ha llegado a abrirse paso como rechazo a la lacra terrorista, que ha animado a aunar posturas a figuras acostumbradas a moverse en campos bastante alejados. No parece tan fácil que creyentes y no creyentes se muestren capaces de suscribir conjuntamente propuestas en beneficio de bienes y valores cuya protección y defensa no exigen obviamente profesión de fe alguna. Habrá que esperar que también llegue a consumarse esta nueva transición.

Somos no pocos los católicos que incluimos aportaciones de la Ilustración como ingrediente ineliminable de nuestra personal identidad cultural, aunque pueda llevar a alguno a no considerarnos trigo limpio. No es actitud novedosa. El propio Juan Pablo II, en su postrera obra «Memoria e identidad» alababa, no sin un toque de humor, que «ha dado también muchos frutos buenos», ya que «procesos de talante ilustrado han llevado frecuentemente a redescubrir las verdades del Evangelio», como la libertad, la igualdad o la fraternidad.

Personalmente considero, por ejemplo, inseparable de mi marco de referencia cultural la aportación de la Institución Libre de Enseñanza, que tuve oportunidad de estudiar a fondo con ocasión de mi tesis doctoral. De ahí que me mueva a la sonrisa ver oficiar como sus propietarios exclusivos a más de uno que no las ha leído ni por el forro. Esa obsesión maniquea por no compartir señas culturales parece fruto de una pereza un tanto infantil, que ahorra definir la propia identidad.

Quizá pueda ayudar a generar un nuevo escenario tener la audacia, que Habermas parece apuntar, de asumir la propuesta de Benedicto XVI: invertir la vieja fórmula grociana y atreverse a razonar «etsi Deus daretur», como si Dios existiera. Pensar que ello afectaría a la obligada neutralidad de lo público no dejaría de entrañar una falacia. Cabe sin duda discutir si es preciso suscribir un planteamiento inmanente o transcendente del ser humano; entender que sólo una de esas respuestas implica una toma de partido lleva a suscribir una pintoresca neutralidad, que permite al otro planteamiento, precisamente el minoritario, imponerse sin necesidad de discusión.

Puede, en efecto, haber llegado a muchos no creyentes el momento de ser audaces. Quizá no sea mucho pedir que quienes, a fuer de modernos, nos hemos curtido en la asimilación de la fórmula grociana, esperemos de ellos que, siquiera por vía de hipótesis, se animen a razonar como si Dios existiera. Podría irnos a todos mucho mejor; por experimentar que no quede...

Más sobre financiación

sábado, 19 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

Los dineros de la Iglesia
JUAN MANUEL DE PRADA
ABC 19 de noviembre de 2005

HACE unos días, el Congreso votaba una enmienda que pretendía retirar el complemento presupuestario que la Iglesia católica percibe anualmente del Estado. La enmienda fue rechazada mayoritariamente por los parlamentarios, si bien hasta seis diputados socialistas infringieron la disciplina de voto, alarde de bizarría que no mostraron en otras votaciones recientes mucho más peliagudas. De lo que se trataba, en fin, era de trasladar a la opinión pública la imagen de una Iglesia que sigue disfrutando de privilegios y esquilmando el erario público. Convendría especificar, sin embargo, que dicho complemento presupuestario, que suele oscilar entre los 30 y los 40 millones de euros, constituye tan sólo una décima parte del presupuesto anual de la Iglesia, que en sus dos terceras partes se abastece de las aportaciones de los fieles; del tercio restante, la cantidad más abultada la obtiene la Iglesia a través de la asignación tributaria, que una porción nada exigua de españoles destina a su sostenimiento a través de un porcentaje ínfimo del impuesto sobre la renta (el 0,52 por ciento, para ser exactos). Bastaría con que dicho porcentaje se incrementase al 0,8 por ciento, como ocurre en Alemania o Italia, para que la Iglesia pudiera autofinanciarse, renunciando a ese complemento que el anticlericalismo rampante utiliza como levadura para alimentar viejas rencillas.

Entre 30 y 40 millones de euros, repito. Enunciada así, en esa demagógica descontextualización que conviene a los propagandistas del odio, la cifra puede ser considerada por muchas gentes ingenuas y bienintencionadas una exacción intolerable. ¿Por qué, en cambio, no se informa a los españoles del dinero que la Iglesia revierte sobre la sociedad y ahorra a las administraciones públicas? Reparemos, por ejemplo, en las partidas destinadas a la educación. Una plaza en la escuela pública, por alumno y curso escolar, le exige al erario público (utilizo datos suministrados por el Ministerio de Educación) un desembolso de 3.517 euros; una plaza en la escuela concertada tan sólo 1.840. Teniendo en cuenta que el 70 por ciento de las plazas de la escuela concertada corresponden a centros católicos, descubrimos que la Iglesia ahorra al erario público alrededor de 2.300 millones de euros, cifra ligeramente superior a la que el Estado aporta como complemento presupuestario para su sostenimiento. Si probamos a calcular la ingente labor social y asistencial de la Iglesia, descubrimos que las cantidades que se dedican a paliar el sufrimiento y la miseria de los sectores más desfavorecidos de la sociedad dejan también chiquito ese complemento. Así, por ejemplo, el presupuesto de Cáritas durante el pasado ejercicio ascendió a 163 millones de euros, de los cuales más del sesenta por ciento -cerca de 100 millones- lo cubren las cuotas de sus asociados y las aportaciones de los católicos, a través de donaciones y colectas parroquiales; este porcentaje se eleva hasta el 83 por ciento en el presupuesto de Manos Unidos, que el pasado año logró recaudar 35 millones de euros procedentes de las cuotas de colaboradores y de las colectas. Son sólo dos ejemplos entre los miles de establecimientos y entidades católicas consagrados en cuerpo y alma a la ayuda de los más necesitados; ayuda que, naturalmente, la Iglesia seguirá prestando cuando deje de percibir el tan cacareado complemento presupuestario, porque su generosa aportación al bien común no depende de la componenda política, es fruto de un mandato divino.

El otro día, paseando por la plaza de la Marina Española, vi llegar el automóvil del presidente del Gobierno, que acudía a una sesión de control del Senado. Le hubiese bastado, al bajar del coche, con alzar la vista para contemplar a los mendigos que entraban en un centro de Cáritas, donde se les brinda comida y refugio frente a la intemperie. Ahí, señor presidente, ahí se destinan los dineros de la Iglesia.

Financiación Iglesia-Estado

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Esclarecedor:

La Iglesia no se comprometió a la autofinananciación
Carlos Esteban
EL FORO de Intereconomía, jueves, 17 de noviembre de 2005

Camilo Valdecantos "informa " en El país de su edición del miércoles 16 de noviembre que "en 1987,el gobierno socialista firmó un acuerdo que fijaba un plazo de tres años para la autofinanciación ".No es verdad.En 1987,el gobierno estableció un sistema de financiación de la Iglesia a través de la Ley de los Presupuestos Generales del Estado. En tal acuerdo, se establecía un porcentaje del IRPF para financiar a la Iglesia. El gobierno se comprometía además a financiar por vía de complemento presupuestario durante tres años para garantizar la suficiencia financiera.
El compromiso consistía en que pasados tres años, el porcentaje debería de ajustarse para garantizar la citada suficiencia. A partir de entonces, la Iglesia quería al albur de la "X" de los ciudadanos. Pero el gobierno nunca cumplió su compromiso. Prefirieron prorrogar el sistema, sabedores de que eso permitía amordazar financieramente a la Iglesia bajo la permanente amenaza de recortar el complemento presupuestario. Y la estrategia ha funcionado y funciona a las mil maravillas.
Por cierto, el porcentaje actual, el 0,052% se estableció suponiendo que el 100% de los contribuyentes marcaran la famosa casilla de la Iglesia. Obviamente, el 100% nunca se alcanzó. Se trató de una decisión unilateral del entonces gobierno socialista. El actual sigue sin querer sentarse a negociar de verdad la financiación de la Iglesia, que sí, declaró en el Concordato su "objetivo " de alcanzar la autofinanciación. Un compromiso sin calendario. Conviene recordar además, que la Iglesia española fue siempre autosuficiente hasta la desamortización. ¿Qué tal si se indemniza a la Iglesia de manera similar como se acaba de hacer con la UGT?

Mucho más que una manifestación

miércoles, 16 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

Algunas reflexiones acerca del 12 N: mucho más que una manifestación
Eduardo Hertfelder. Presidente del Instituto de Política Familiar

Aunque todavía tengamos frescas las imágenes de la impresionante manifestación que vivimos ayer en Madrid por la libertad de educación, es necesario hacer, aunque sea a vuela pluma y de manera precipitada, una primera valoración de su significado.

Lo primero que tenemos que destacar es el número de gente y la creciente contestación social hacia la política regresiva del Gobierno. No voy a entrar ni en la “guerra de cifras” ni en la metodología de cálculo. Lo que en todo caso se puede constatar es que la cantidad de personas que salieron ayer a la calle fue impresionante y que superó la de la manifestación de junio por la familia. En aquella acudieron alrededor de un millón y medio de personas, en ésta, cerca de dos millones de personas, lo que evidencia el creciente descontento social hacia un Gobierno que actúa de espaldas a la sociedad y legisla con leyes regresivas para la familia, los padres y la educación. Este rechazo social es como una bola de nieve rodando cuesta abajo por la montaña y que está adquiriendo una magnitud increíble.

En segundo lugar, tenemos que hablar de una “reacción social” en toda regla, ya que en los últimos cinco meses se han producido tres grandes manifestaciones en contra de diversas aspectos de la política del Gobierno. Primero fueron las víctimas del terrorismo, después las familias y ahora la comunidad educativa y en todas ellas ha existido un gran respaldo social que hace pensar en un fenómeno mucho más amplio y general que la defensa de intereses sectoriales o puntuales.

En tercer lugar, el 12N ha sido la confirmación de que esa reacción social está tomando conciencia de su capacidad de movilización. Si el 18J marcó el “punto de inflexión” en una sociedad como la española poco acostumbrada a salir a la calle y que cuando salía lo hacía como “recurso al pataleo” ante situaciones irreversibles, el 12N se puede considerarse la “confirmación” de una nueva y diferente tendencia.

En cuarto lugar, el apoyo internacional a la movilización de la sociedad española ha sido mayor incluso que el del 18J. El fenómeno es importante:
la sociedad internacional, además de la española, ha tomado conciencia de los intentos de recorte de los derechos y libertades de los padres y las familias que se pretenden con la LOE y ha decidido apoyar y adherirse a la manifestación del sábado. Por otra parte, este apoyo representa la constatación de que la reacción internacional que se produjo en junio no ha sido pasajera sino que es firme y creciente.

En conclusión, el 12N ha venido a confirmar que ha nacido en España un movimiento social que está rompiendo moldes por su carácter proactivo, vertebrador, reivindicativo, renovador en sus ideas, que genera propuestas y alternativas realistas y coherentes. Un movimiento con un sano estilo combativo, que ha perdido el miedo y la vergüenza a la participación en la vida pública. Un movimiento audaz, capaz de las mayores empresas a todos los niveles, con sentido estratégico y que es consciente del impacto de su presencia en los medios de comunicación social y de la importancia política de la representación de miles de familias cuyos derechos está siendo sistemáticamente conculcados. Estas son las notas características del nuevo y plural movimiento social español que con la manifestación del sábado ha superado con sobresaliente “cum laudem” el examen de su liderazgo y representatividad."

De la Vega y la Iglesia

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Y otra

La Razón. Juan Gaisse. 15-11-2005

Dos días después de la multitudinaria manifestación anti LOE, la vicepresidenta De la Vega se descuelga amenazando con rebajar la financiación de la Iglesia.
Es una nueva demostración del subconsciente totalitario del Gobierno. Ante una protesta popular masiva, un gobernante democrático reacciona preguntándose qué ha hecho mal. Un gobernante totalitario reacciona castigando a los que protestan. Olvida De la Vega que la Iglesia lleva 20 siglos sufriendo el
acoso de gobernantes de diverso signo en variados lugares del mundo. La Iglesia sigue viva, sus perseguidores no. Así que me atrevo a recomendarle que descargue su resentimiento en otra dirección para evitarse frustraciones.

Nosotras parimos, nosotras decidimos

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Magnífica carta publicada en diversos medios.

Elegir la educación y la sanidad. No a imposiciones bananeras de Rodríguez
Señor director:
Los rancios comisarios políticos de mi lugar de trabajo no se ha leído la LOE, pues ni siquiera se lo ha propuesto. El se conforma con lo que le ofrece paternalmente el Estado, encarnado en el nefasto presidente Rodríguez. Pero los que no son fanáticos de una ideología quieren elegir: "busca, compara, y compra lo mejor. Hasta ahora solo los ricos pueden elegir la libertad y la calidad educativa.
"Nosotras parimos, nosotras decidimos" era el contenido de la más grande de las manifestaciones de la democracia española, pagada con el bolsillo de los asistentes, no con el sistema de otros de poner autobuses y bocadillo gratis. Los ciudadanos se consideran adultos y ya no se conforman con lo que el paternalismo del Estado les ofrece en educación o sanidad. Esos tiempos pasaron y los ciudadanos cultos y libres quieren elegir, y rechazan imposiciones de nadie. Y esto ya ocurre desde hace tiempo en el "corazón de Europa", Estados Unidos o Japón y también ya ha sucede en España. ¿A quién no le gusta elegir a su médico en base a su capacidad y a la confianza que le inspira? Antes se agradecían los servicios del médico, sea cual fuese. En educación también sucede eso. Los padres y madres quieren elegir y no se
conforman con los que les da el Estado a los dictados de paternal político, ya sea progresista, masón o de centro o católico.
Lo patético es que en España haya un Gobierno que pretende imponer un modelo educativo que cierra la libertad de elegir centro e ideario educativo. Con esa ley solo están conformes los progresistas que luego llevan a sus hijos a colegios privados o los atiborran de profesores particulares. Y esto es injusto.
Lo destacable es que donde más carencias educativas de libertad y de calidad, aunque el puesto escolar salga el doble de caro, es en los centros educativos estatales.
La educación y la sanidad publicas no necesitan enemigos, pues ya tienen a los "defensores" de lo público. Los demás solo queremos que en los estatal y en los demás ámbitos haya libertad y calidad para elegir. Así de simple.

Algunos mitos sobre el dinero de la Iglesia en España

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forumlibertas

El español medio no tiene una gran cultura económica y es fácil hablar de dinero dando la sensación de que "hay algo turbio". Es bueno aclarar algunos mitos.

Queremos comentar aquí algunas ideas que circulan últimamente sobre la economía de la Iglesia en España y más en concreto sobre su relación con el Estado. No hablaremos de las cuentas de la Santa Sede ni de la Iglesia en otros países, excepto por comparación.

MITO 1: La Iglesia es, económicamente, UNA gran entidad

Falso. Jurídica y administrativamente, la Iglesia católica no es UNA entidad. Son -textualmente- 40.000 entidades distintas, sólo en España. Son parroquias, órdenes, movimientos, asociaciones, fundaciones, organizaciones, diócesis... Cada una tiene su propio estatuto económico, cada una lleva sus propias cuentas, según las leyes civiles vigentes y según el derecho canónico. El tesorero de un obispado no tiene nada que ver con el de una ONG católica o con el de una parroquia. Hablar de "el dinero de la Iglesia" es como hablar de "el dinero de la sociedad civil": se refiere a muchas entidades distintas y de muy diversas funciones.

MITO 2: En España, el Estado subvenciona a la Iglesia.

Falso. Son los ciudadanos quienes libremente asignan una cantidad de dinero a la Iglesia mediante la famosa "crucecita" del IRPF. El Estado no da ese dinero, lo dan los ciudadanos. El Estado lo único que hace es ayudar a recaudarlo.

MITO 3: El "sistema alemán" de financiación de la Iglesia es una alternativa que propone el Gobierno

Ojalá. El secretario de Libertades Públicas del PSOE, Álvaro Cuesta, propuso hace unos meses recurrir a un sistema "similar al alemán", que según él es un "impuesto religioso voluntario y adicional" donde el Estado haría de mero recaudador. En realidad, en Alemania, cada ciudadano con capacidad fiscal, por el sólo hecho de estar bautizado, destina automáticamente a su iglesia (católica o protestante) una cantidad adicional de un 9% sobre lo que paga a Hacienda (un 8% en Baviera y Baden-Wutenberg).

La administración alemana se queda entre un 2 y un 4,5% de comisión según el land. Sólo se libran de pagar aquellos que renuncian a su fe mediante declaración de apostasía. Así, en el 2003, la Iglesia católica de Alemania, la más rica de Europa, ingresó, por la vía del Impuesto sobre la Renta, casi 4.500 millones de euros. ¡Compárese el contraste con los 141 millones que recibirá la Iglesia española por la "crucecita" del IRPF este año 2005! Sería muy extraño, realmente, que el Gobierno implantase este sistema en España.

MITO 4: "Lo de las expropiaciones es cosa del pasado"

En España el Estado tiene una larga tradición de confiscar bienes eclesiales. Cuando al Estado le falta dinero, confisca cosas a la Iglesia. Empezó en 1768 (Reforma de Olavide), cuando se expulsó a los jesuitas y se confiscaron sus tierras. Justo antes de la Guerra de Independencia (desamortización de Godoy) se confiscaron los bienes de hospitales, hospicios, casas de misericordia y cofradías, casi todas ellas entidades eclesiales.

En 1808 era José Bonaparte, el hermano de Napoleón, quien confiscaba bienes eclesiales. En 1823 fueron las Cortes de Cádiz, decretando la reducción a un tercio del número de monasterios y conventos. De 1834 a 1854 la famosa desamortización de Mendizábal confiscó todas las propiedades de monjes y frailes y parte de las del clero secular. En 1855 la Ley Pascual Madoz fue la confiscación más completa de bienes del clero, tanto regular como secular. Estas confiscaciones enriquecieron sobre todo a la burguesía urbana y rural.

Hoy, más eficaz que expropiar es amenazar una y otra vez a la Iglesia con dificultar su financiación. El 4 de mayo de 2004 el ministro de Justicia, Juan-Fernando López Aguilar ya declaró que el Gobierno quiero revisar la financiación de la Iglesia y reformar los Acuerdos de 1979, entre la Santa Sede y el Estado. El 22 de julio era el ministro de Trabajo, Jesús Caldera, quien anunciaba que la financiación de la Iglesia "tendrá que acabarse algún día".

Pero aún así hoy, en pleno siglo XXI, la tradición de expropiar se mantiene viva. El 27 de diciembre de 2004, uno de los portavoces del tripartito catalán, Joan Boada (IC-V-EUA) pedía en el DIARI DE GIRONA "una confiscación y posterior socialización de los bienes de la Iglesia". En mayo de 2002, el arquitecto Oriol Bohigas, ex-concejal y actual asesor del alcalde socialista de Barcelona, pedía "que la Sagrada Familia sea el vestíbulo de la estación del Tren de Alta Velocidad".

Una víctima preferencial son los conventos de monjas carmelitas: en el 2003 el Ayuntamiento de Córdoba (IU) quería expropiar un huerto a un convento carmelita, pero 40.000 firmas y una oleada de e-mails pararon la medida. Lo mismo intentó el ayuntamiento socialista de León en el 2004 con sus carmelitas descalzas, con la consiguiente oleada de quejas ciudadanas. En Esplugues (Barcelona), el Ayuntamiento socialista este año 2005 acosaba con deshaucios y expropiaciones a un monasterio de dominicas aunque la presión ciudadana ha bloqueado el proceso por ahora.

El dinero que maneja la Iglesia no es una gestión en singular, sino muchas.

LIBERTAD SIN IRA

domingo, 13 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

Sí, estuve allí, alrededor de Cibeles, porque no hubo forma de moverse más, con tantísima gente, pidiendo la retirada del proyecto de la LOE, y alguna cosilla más. Las fotos son malas porque son mías, el artículo es magnífico, porque es de JMdP. Fue IMPRESIONANTE.
JUAN MANUEL DE PRADA. ABC, 13 de noviembre de 2005

La propaganda gubernativa y sus palanganeros han querido atribuir la convocatoria de esta manifestación, en un ejercicio de paranoia rayano en el delirium tremens, a los obispos. Así demuestran que su monomanía anticlerical sólo admite una explicación clínica; y también que, en su soberbia desnortada, aún se niegan a admitir la pujanza de un sector creciente de la sociedad española que les ha vuelto la espalda y está dispuesto a gritarlo en las calles, sin complejos ni tibiezas, con la elocuencia tranquila que proporcionan las convicciones, cuando han sido apaciguadas en las neveras del sentido común. Es rasgo compartido por todas las estructuras de poder aquejadas de necrosis tratar de explicar las efusiones espontáneas del pueblo con teorías conspiratorias y rocambolescas; y el empeño mostrado por nuestro Gobierno en desvirtuar la naturaleza de esta manifestación constituye, además de un patético esfuerzo tergiversador, un síntoma inequívoco de rigor mortis.

No eran los obispos los convocantes de esta manifestación; tampoco era el motivo de la misma -no, desde luego, el único, ni siquiera el más importante- el apoyo a la asignatura de Religión, que en una proporción mayoritaria los padres reclamamos para nuestros hijos. Lo que movilizaba a tantos cientos de miles de personas de ideologías y edades diversas era la depauperación educativa rampante que el proyecto de ley perpetrado por el Gobierno no sólo no combate, sino que consagra y estimula; lo que movilizaba a esa marea humana era el derecho a una educación que no cifre sus objetivos en la ramplonería adoctrinadora disfrazada de igualitarismo; lo que movilizaba a tantas gentes a unir sus gargantas y enarbolar sus pancartas era, en fin, la vindicación de una legítima libertad para elegir la formación de nuestros hijos.
A quienes hayan asistido a esta manifestación les habrá sorprendido el clima de festivo civismo que se ha respirado desde sus prolegómenos hasta su disolución. Las asociaciones convocantes de la marcha han sabido despojarla de connotaciones agrias o estridentes; han sabido, incluso, galvanizarla con un espíritu juvenil, con sus ribetes de socarronería y de chufla. Incluso quienes, como yo, propendemos a la misantropía, nos hemos sentido cómodos en ese clima de celebración espontánea y fraterna. No ha habido proclamas insultantes, no ha habido gestos cetrinos ni estridencias desgañitadas: tan sólo una pululación de júbilo que iba creciendo, como un oleaje manso, a medida que la muchedumbre se apiñaba en torno a la Puerta de Alcalá, a medida que la tarde iba adquiriendo una frescura matinal. Había en el aire un calambre de democracia recién estrenada que halló su clímax tras la lectura de manifiestos, cuando por la megafonía empezaron a sonar los acordes de «Libertad sin ira», aquella tonadilla pegadiza con la que muchos aprendimos a hablar. «Libertad, libertad,/sin ira libertad,/ guárdate tu miedo y tu ira,/porque hay libertad,/ sin ira libertad,/y si no la hay sin duda la habrá». Fue un estallido de emoción: las viejecitas se olvidaron repentinamente de la artrosis, los papás entrados en carnes nos sacudimos los michelines y las muchachas empezaron a brincar con una exultación despeinada y contagiosa; hasta los niños que no se conocían la letra empezaron a corear aquel estribillo que tenía algo de ensalmo y algo de letanía, como si los hubiese inspirado la brisa de un futuro mejor.

Fue uno de esos raros momentos de entusiasmo colectivo en que desaparecen las arrugas, se disipan los pensamientos sombríos, se escucha la vibración unánime de la sangre. La multitud se estiraba hasta la Gran Vía, anegaba el Paseo del Prado y la Castellana; un bosque de banderas ondeaba al viento de la canción, como resucitadas de un letargo, exorcizando la noche. Tan sólo pedíamos eso: un poco de aire libre para respirar sin cadenas, un poco de aire limpio que nos inmunizase contra los miasmas de la ira. Las nubes nos escucharon. ¿Nos habrá escuchado también el apóstol del talante?

Solón y la LOE

martes, 8 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

Escucha AQUÍ el impriscendible editorial de César Vidal en "La Linterna" del 4 de noviembre, San Carlos Borromeo.

Contra una ley marxista

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Ignacio Arsuaga
Presidente de Hazteoir

Este jueves dio comienzo el trámite parlamentario de la LOE. Durante las próximas semanas, nuestros representantes discutirán – y no se pondrán de acuerdo – sobre uno de los proyectos de Ley sectarios que haya visto el Congreso. El texto publicado en el Boletín Oficial de las Cortes ha cosechado las críticas y las diatribas de una mayoría de los agentes del sector. Además, divide profundamente a la sociedad en uno de los pocos temas que deberían suscitar el diálogo y el consenso. Una Ley elaborada en los laboratorios ideológicos de Ferraz y que impone una concepción marxista de la educación.

Pues bien, el Gobierno, como en otras ocasiones, establece una diferencia nítida entre su discurso y la realidad de sus actos. No desparecen de su boca las palabras “consenso” y “diálogo” y, al mismo tiempo, hace oídos sordos a las entidades involucradas en el mundo de la educación. Como si de una dictadura se tratase, nos impone la legislación a golpe de boletín oficial.

Con esta Ley, la falla democrática adquiere proporciones terribles y nuestros gobernantes se siguen alejando de los ciudadanos. Y no es el único caso. La desaparición del matrimonio de nuestro ordenamiento jurídico o la legalización de la figura del repudio (i.e. divorcio Express) fueron aprobadas sin que el Sr. Rodríguez Zapatero dedicar un minuto de su precioso tiempo a escuchar a las entidades familiares.

Según la Ministra Sansegundo, y el partido en el Gobierno, la Administración, estatal o autonómica, es titular del derecho a educar. Los padres, según esta concepción totalitaria, somos colaboradores del Estado en la educación de nuestros hijos. Y los centros de iniciativa social, subsidiarios del Ministerio. Es decir, que se toleran los colegios concertados sólo donde no haya colegios públicos.

Al mismo tiempo, se pretende suprimir de hecho la asignatura de Religión. No importa que una inmensa mayoría de los padres quieran que sus hijos estudien Religión. El Gobierno pretende al mismo tiempo suprimir la visión trascendente de la educación e imponer a los niños, aún violentando la voluntad de los padres, su ideología laicista.

Bien visto, el planteamiento del Gobierno tiene su lógica. Todo encaja en una visión marxista y antidemocrática de la realidad. En efecto, si “lo Público” es la encarnación del bien moral, la Izquierda es la nueva Jerusalén y el Partido lo es todo, entonces entendemos que Rodríguez Zapatero imponga y no dialogue, conculque lo dispuesto por la Constitución y destruya la libertad de educación de los padres.

Ante ese desprecio total por parte del Presidente del Gobierno, que nos ha cerrado la puerta en las narices, no nos queda a los ciudadanos otro remedio más que salir a la calle para hacernos oír. Como hizo antaño William Wallace en tierras escocesas, los defensores de la libertad inundaremos las calles de Madrid el próximo sábado 12 de noviembre. La manifestación dará comienzo a las 17 h. desde la Plaza de Neptuno. Si eres internauta, tienes toda la información sobre el 12- N en www.hazteoir.org/12n/.

Antes de que sea demasiado tarde, antes de que el Partido trate de destruir el último hálito de libertad en España y de conculcar los derechos de los ciudadanos en beneficio de la ideología laicista que tratan de imponer por la fuerza, nuestro deber cívico es luchar contra por la libertad. Y la próxima batalla –incruenta, gracias a Dios – la libraremos en Madrid, el 12.

LOE: un problema social

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El proyecto de Ley de Educación: un problema social
María Rosa de la Cierva y de Hoces rscj
Miembro del Consejo Escolar del Estado

El Proyecto de Ley sigue avanzando. En el Congreso de los Diputados se han rechazado los dos Votos Particulares presentados por el Partido popular y Convergencia y Unión.

Los representantes de FERE no han podido alcanzar acuerdo alguno por negativa, no tanto del Gobierno, como de los Grupos nacionalistas.

La apertura al diálogo, el tan repetido talante de apertura es una palabra vacía de sentido democrático y cargada de decisiones dictatoriales.

No es la primera vez. Algunos datos de la historia reciente son significativos:

Ley de matrimonios homosexuales: en contra del Dictamen del Poder Judicial y desoyendo la manifestación del 18 de Junio con más de un millón de personas. El “clamor social” aludido se traduce en 25/27 parejas hasta la fecha.

Más de tres millones de firmas solicitando una ENSEÑANZA DE LA RELIGIÓN académicamente correcta y en cumplimiento “del deber de los Poderes Públicos para garantizar el derecho de los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus convicciones religiosas” según se afirma en el Art. 27,3 de la Constitución Española. No se considera CLAMOR SOCIAL.

• Se prometía el respeto y cumplimiento de la Constitución y Acuerdos Internacionales y se conculcan repetidas veces tanto la Constitución: “deber de los Poderes Públicos...” (Art. 27,3); garantía de que la “enseñanza básica es obligatoria y gratuita”; etc... y, por supuesto , se incumple el Acuerdo entre la Sta. Sede y el Estado Español sobre Enseñanza y Asuntos Culturales en varios de sus artículos.

• El Consejo Escolar del Estado, en sus sesiones de Comisión Permanente de 26 y 27 de Abril 2005 y Pleno de 26, 27 y 28 de Mayo 2005 votaron a favor de “eliminar la asignatura de EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA”, pero el Ministerio la mantiene.

• El Consejo Escolar del Estado, en sus sesiones de Comisión Permanente y Pleno, anteriormente citadas, votaron a favor de “eliminar el solapado ’derecho a huelga de los alumnos’ que recoge la Disposición Final 1ª 5, pero el Ministerio de Educación la mantiene.

• Se aseguraba que sería una Ley de consenso y éste es inexistente

• Se anunciaba como “Ley de calidad para todos y entre todos” y supondrá un alarmante crecimiento de FRACASO ESCOLAR tanto por las normas sobre Promoción de curso, la obtención del Título de Graduado en Secundaria Obligatoria, etc...

Y podría seguir. Estos datos, sin duda alguna, no son “fuente de esperanza” pero sí estímulo para el trabajo y el seguimiento. Todos los que creemos en la Educación hacemos nuestras las palabras de Benedicto XVI cuando aún era cardenal Ratzinger:

“.. el futuro de un pueblo depende de cómo sea su enseñanza... ... No hemos de ignorar que (...) existen también potencias empeñadas con todas sus energías en quebrantar los cimientos de la educación, impregnados de humanismo cristiano, para cambiarla de raíz y transmutar desde su entraña nuestra sociedad y el mundo entero”.
En la manifestación del próximo día 12 comprobaremos que somos MUCHOS los que estamos empeñados en que los CIMIENTOS DE LA EDUCACIÓN no sean transmutados desde la entraña de nuestra sociedad.

Esta es nuestra disposición y nuestro ánimo. No queremos luchar contra nadie “queremos luchar a favor del presente y futuro de nuestro pueblo”.

En apoyo a la manifestación

lunes, 7 de noviembre de 2005 · 0 comentarios

JUAN MANUEL DE PRADA. ABC, 5 de noviembre de 2005

CONFESARÉ que descreo de la eficacia de las manifestaciones. Se han convertido en el paisaje retórico de la democracia, en el consuelo o desahogo de los ciudadanos cuando son reducidos a la categoría de comparsas o figurantes. Hubo un tiempo en que las manifestaciones quizá conservaran su fuerza de conmoción sobre la autoridad de turno; pero nuestro Gobierno parece determinado a gobernar ignorando a una porción nada exigua de la población, relegándola al ostracismo, e incluso presentando ese confinamiento en un gueto de abandono como un logro que encorajine a los adeptos. Como éstas son las circunstancias en que se desenvuelve la vida pública española, sospecho que la manifestación del próximo día 12, por muy multitudinaria y ejemplar que resulte, apenas inmutará al Gobierno, como no lo inmutaron en su día otras muestras contundentes de repudio popular. Y es que este Gobierno ha hecho de la soberbia no sólo su parapeto, sino sobre todo su arma ofensiva, disfrazada -eso sí- de una sonrisa beatífica que a estas alturas merece la calificación de socarrona.

Pero, así y todo, participaré en esta manifestación contra la ley de adoctrinamiento escolar impulsada por el Gobierno. Participaré, en primer lugar, porque considero que se trata de un proyecto de ley que atropella el derecho fundamental que asiste a los padres a elegir la educación que desean para sus hijos. El Estado, que es garante de ese derecho, no puede arrogárselo; y este proyecto de ley, de forma a veces subrepticia y a veces descarada, es un monumento al intervencionismo. Resulta escalofriante, cuando uno lee detenidamente este bodrio legislativo, constatar que los padres apenas son mencionados; su papel en el engranaje educativo (medular e intransferible, según reconoce la Constitución) es sistemáticamente escamoteado, hasta el extremo de que uno llega a pensar si nuestros gobernantes, tan paternalistas y codiciosos de confiscar el espíritu de nuestros hijos, no los estarán confundiendo con huerfanitos desvalidos. Naturalmente, este esfuerzo de ninguneo y postergación de los progenitores encubre un deseo inmoderado por arrinconar y restar relevancia a la escuela concertada, despojándola del fundamento primordial de su existencia, que no es otro que el deseo soberano de cientos de miles de padres que, año tras año, la eligen por considerarla mejor para sus hijos. Y todo este afán de desprestigio de la escuela concertada se disfraza con el aderezo de una presunta «equidad». Pero, ¿cómo puede haber equidad donde ha sido desterrada la justicia?

Participaré en esta manifestación también porque no deseo que mis hijos sean convertidos en cobayas de los experimentos de ingeniería social programados por nuestro Gobierno. Antes, la corrupción de menores era un delito; ahora es una rama de la llamada Educación de la Ciudadanía. Quienes hayan seguido las vicisitudes de ese prontuario de cochinadas masturbatorias que las autoridades de Castilla-La Mancha se disponían a repartir en las escuelas ya saben a lo que me refiero. Pronto ese y parecidos prontuarios infestarán los colegios, pisoteando el derecho de los padres a elegir y tutelar la formación moral que sus hijos reciben. Y es que, cuando el Estado adultera la naturaleza del derecho a la educación, convirtiéndose en creador (y no garante) del mismo y relegando al individuo a la condición de mero recipiente de una titularidad delegada, es natural que también quiera erigirse en artífice de una moral pública que todo individuo deberá acatar (y para ello se empieza adoctrinando a los niños, que son más dúctiles y aseguran una provisión de votos más duradera). Y ya sabemos cuál es la olla podrida donde se cuece esa moral pública que nos pretenden imponer.

POR QUÉ DECIR NO A LA LOE

jueves, 3 de noviembre de 2005 · 0 comentarios


COFAPA considera que el Proyecto de Ley Orgánica de Educación atenta gravemente contra los derechos y libertades que tenemos los padres en la educación de nuestros hijos:

1.  Porque vulnera el derecho que tenemos a elegir con libertad la educación que queremos para nuestros hijos.
La LOE impone un modelo educativo único y uniforme. Los padres de la escuela pública, de la concertada y de la privada queremos poder elegir la educación que consideramos más adecuada para nuestros hijos.

2.  Porque vulnera el derecho que tenemos a decidir qué centro queremos para nuestros hijos.
A la LOE le da igual qué centro demandemos. Establece un sistema intervencionista para las admisiones de alumnos en centros públicos y privados concertados. Además, prescinde de la demanda como criterio para acceder al régimen de conciertos o para solicitar su ampliación. Los padres no tenemos por qué estar obligados a llevar a nuestros hijos al colegio que establezca el Estado. El domicilio no tiene por qué ser un condicionante de nuestra elección.

3.  Porque vulnera el derecho que tenemos a que nuestros hijos reciban una educación de calidad.
La LOE no combate el fracaso escolar sino que lo acrecentará. Hoy uno de cada cuatro alumnos no logra el título de la ESO. Con la LOE esta cifra será aún mayor, pues se vuelve a un modelo de enseñanza abandonado por los países más adelantados de Occidente. Los padres pedimos un sistema educativo eficaz que prepare a nuestros hijos para afrontar los retos laborales del futuro.

4.  Porque vulnera el derecho que tenemos a que nuestros hijos aprendan.
La LOE introduce unos contenidos curriculares incoherentes, un sistema de evaluación impreciso y la tan fracasada promoción automática de curso. Los padres pedimos que nuestros hijos puedan tener más y mejores conocimientos.

5.  Porque vulnera el derecho que tenemos a que el sistema refuerce el aprendizaje de lo que nuestros hijos necesitan.
La LOE impone una asignatura con un claro afán de adoctrinamiento (Educación para la ciudadanía) reduciendo la Música, la Filosofía, las Lenguas Clásicas y la Tecnología o impidiendo que puedan ampliarse los horarios de asignaturas en las que nuestros hijos tienen probados problemas, tales como las matemáticas y la lengua. Los padres pedimos que las decisiones educativas atiendan a los problemas reales de nuestros hijos.

6.  Porque vulnera el derecho que tenemos a la gratuidad.
La financiación propuesta por la LOE no cubre la enseñanza ni garantiza la gratuidad para todos: para aquellos que deseen acudir a centros públicos, a centros concertados o a centros privados. Los padres pedimos que se realice un esfuerzo real y no ficticio para garantizar el acceso de todos a una educación de calidad.

7.  Porque vulnera el derecho que tenemos a elegir entre distintos proyectos educativos.
La LOE establece un único modelo y dificulta que los centros tengan su carácter propio y gocen de autonomía para especializarse en distintas materias. Los padres pedimos contar con pluralidad de proyectos educativos, para poder elegir la educación según nuestras convicciones pedagógicas, filosóficas o religiosas. Queremos tener la posibilidad de optar, por ejemplo, entre escuela pública o privada; centros especializados en lenguas extranjeras, en enseñanzas artísticas o en educación física; escuela mixta o diferenciada; o entre escuela laicista o fundada en valores religiosos.

8.  Porque vulnera el derecho que tenemos a que nuestros hijos tengan buenos profesores.
La LOE no revaloriza el papel fundamental que desempeñan los profesores y desprofesionaliza la dirección, dificultando el buen funcionamiento de los centros. Los padres pedimos poder confiar en los profesores y en los centros donde enviamos a nuestros hijos.

9.  Porque vulnera el derecho que tenemos a que nuestros hijos se eduquen en valores esenciales.
La LOE ignora la importancia del esfuerzo y la autoexigencia personal y se desentiende de la violencia escolar. Los padres queremos que nuestros hijos se eduquen en un sistema que transmita que el esfuerzo y el respeto son valores fundamentales para el aprendizaje.

10. - Porque vulnera el derecho que tenemos a trasladarnos de Comunidad Autónoma sin tener problemas con la educación de nuestros hijos.
Al no establecer un mínimo de currículo común para todo el territorio del Estado, la LOE no asegura la igualdad de oportunidades para todos y abre la posibilidad de que las distintas Comunidades Autónomas adopten modelos educativos muy diferentes. Los padres necesitamos que nuestros hijos no tengan problemas de reconocimiento de los estudios cursados cuando se trasladen de Comunidad Autónoma.

11. Porque vulnera el derecho que tenemos a que nuestros hijos estén en condiciones de moverse por Europa.
Las deficiencias del sistema que establece la LOE dificultan que nuestros hijos obtengan unos títulos homologables con la Unión Europea. Los padres queremos que nuestros hijos puedan beneficiarse sin problemas de los sistemas educativos de otros países de la Unión Europea.

12.  Porque vulnera el derecho que tenemos a hablar sobre lo que ha de ser la educación en nuestro país.
La LOE se ha elaborado sin escucharnos y sin consenso social. No tiene en cuenta las muchas enmiendas que los padres presentamos en el Consejo Escolar del Estado. Los padres pedimos que se retire el proyecto de LOE.

Por todas estas razones, acudiremos a la manifestación del día 12 de noviembre de 2005.

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