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El mal tiene un olor inconfundible

Discurso del escritor judio Amos Oz, durante la recepción del "premio Goethe" frankfurt (alemania). artículo publicado en la contraportada del suplemento babelia del diario El País, sabado 1 de octubre de 2005

El escritor judío Amos Oz (Contra el fanatismo) denuncia el olvido al que las modernas ciencias sociales han condenado el problema del bien y el mal. Frente a los que culpan de todo al sistema y se refugian en un pluralismo acrítico, el novelista reivindica la responsabilidad individual y la capacidad de imaginar al otro como imperativo moral. Estos argumentos sirvieron de base al discurso que el escritor israelí leyó en Francfort el pasado 28 de agosto durante la recepción del Premio Goethe.

"El mal tiene un olor inconfundible. Así como es enorme­mente difícil defi­nir la verdad, pero muy fácil detectar una mentira, a ve­ces puede resultar difícil definir el bien, pero el mal desprende un olor inconfundible."

"Por pri­mera vez en su larga historia, am­bos quedaron abolidos por la idea de que las circunstancias son siem­pre las responsables de las decisio­nes humanas, las acciones huma­nas y, sobre todo, el sufrimiento humano. La culpa es de la sociedad. La culpa es de una niñez difícil. La culpa es de la política. El colonia­lismo. El imperialismo. El sionis­mo. La globalización. Así comen­zó el gran campeonato mundial del victimismo."

"Pues bien, los tiempos pueden estar cambiando de nuevo. Es posible que se despidiera a Satán, pero él no se quedó parado. El siglo XX fue el peor escenario de maldad sanguinaria que ha visto la his­toria."

"El post­modernismo volvió a dar trabajo a Satán, pero, en esta ocasión, su tra­bajo raya en lo hortera: un herméti­co puñado de "fuerzas oscuras" es el responsable de todo, la pobreza y la discriminación, la guerra y el calen­tamiento global, el 11 de septiem­bre y el tsunami. La gente normal siempre es inocente. Las minorías nunca tienen la culpa."

"Volvamos a Goethe. El Fausto de Goethe nos recuerda de forma indeleble que el diablo no es imper­sonal, sino personal. Que el diablo pone a prueba a cada individuo, y cada uno puede aprobar o suspen­der. Que el mal es tentador y seduc­tor. Que la agresividad puede abrir­se un hueco en cada uno."

Para leer el discurso completo (cuatro folios), pulsa el enlace siguiente.

El mal tiene un olor inconfundible. Así como es enorme­mente difícil defi­nir la verdad, pero muy fácil detectar una mentira, a ve­ces puede resultar difícil definir el bien, pero el mal desprende un olor inconfundible; cualquier niño sabe lo que es el dolor. Por consiguiente, cada vez que causamos dolor a otra persona de manera deliberada, sabe­mos lo que estamos haciendo. Esta­mos haciendo el mal.

Sin embargo, los tiempos modernos han cambia­do todo eso. Han difuminado la cla­ra distinción que hacía la humani­dad desde su más tierna infancia, desde el Edén. En algún momento del siglo XIX, no mucho después de que muriera Goethe, entró en la cul­tura occidental una nueva forma de pensamiento que dejaba de lado el mal, que incluso negaba su existen­cia. Aquella innovación intelectual se llamaba Ciencia Social.

Para los nuevos practicantes de la psicolo­gía, la sociología, la antropología y la economía, seguros de sí mismos, exquisitamente racionales, optimis­tas y totalmente científicos, el mal no tenía importancia. En realidad, tampoco la tenía el bien. Todavía hoy, algunos especialistas en cien­cias sociales, sencillamente, no ha­blan del bien ni del mal. Para ellos, todas las razones y acciones huma­nas son consecuencia de las circuns­tancias, que muchas veces se escapan a nuestro control. "Los demonios", decía Freud, "no existen, del mismo modo que no existen los dioses; no son más que productos de la activi­dad psíquica del hombre". Esta­mos dominados por nuestro entor­no social. Desde hace unos 100 años nos dicen que sólo nos mueve el interés económico, que somos meros productos de nuestras cultu­ras étnicas, que no somos más que marionetas de nuestros propios subconscientes.

En otras palabras, las ciencias so­ciales modernas fueron el primer in­tento serio de eliminar el bien y el mal del escenario humano.

Por pri­mera vez en su larga historia, am­bos quedaron abolidos por la idea de que las circunstancias son siem­pre las responsables de las decisio­nes humanas, las acciones huma­nas y, sobre todo, el sufrimiento humano. La culpa es de la sociedad. La culpa es de una niñez difícil. La culpa es de la política. El colonia­lismo. El imperialismo. El sionis­mo. La globalización. Así comen­zó el gran campeonato mundial del victimismo.

Por primera vez desde el Libro de Job, el diablo se había quedado sin trabajo. Ya no podía jugar co­mo antaño con las mentes huma­nas. Satán estaba descartado. Es­tábamos en la era moderna.

Pues bien, los tiempos pueden estar cambiando de nuevo. Es posible que se despidiera a Satán, pero él no se quedó parado. El siglo XX fue el peor escenario de maldad sanguinaria que ha visto la his­toria.

Las ciencias sociales fueron incapaces de predecir, afrontar o incluso comprender ese mal mo­derno y tecnologizado. El mal del siglo XX se disfrazó, muchas ve­ces, de una intención de reformar el mundo, de idealismo, de la nece­sidad de reeducar a las masas o "abrirles los ojos". Para algunos, el totalitarismo fue la redención laica, a costa de millones de vidas.

Hoy, después de haber sobrevi­vido al mal del poder totalitario, te­nemos profundo respeto por las culturas. Por las diversidades. Por el pluralismo.Conozco a algunas personas dispuestas a matar a cual­quiera que no sea pluralista.

El post­modernismo volvió a dar trabajo a Satán, pero, en esta ocasión, su tra­bajo raya en lo hortera: un herméti­co puñado de "fuerzas oscuras" es el responsable de todo, la pobreza y la discriminación, la guerra y el calen­tamiento global, el 11 de septiem­bre y el tsunami. La gente normal siempre es inocente. Las minorías nunca tienen la culpa.

Las víctimas son, por definición, moralmente pu­ras. ¿Se han dado cuenta de que, hoy día, el demonio no parece nun­ca invadir a una persona concreta? Ya no existen los Faustos. Lo moder­no es decir que el mal es un conglomerado.Los sistemas son malos. Los gobiernos son malos. Institu­ciones despersonalizadas dirigen el mundo en su propio y siniestro beneficio. Satán ya no está en el de­talle. Los hombres y mujeres, como individuos, no pueden ser "malos" en el viejo sentido del Libro de Job, o Macbeth, o Yago, o Fausto. Usted y yo siempre somos buenas perso­nas. El diablo es siempre el siste­ma. Esto es, en mi opinión, una hor­terada ética.

Goethe no era orientalista ni multiculturalista. No era el exotis­mo extremo e imaginario del Este lo que le tentaba, sino la sólida sus­tancia y la novedad que las culturas orientales, la poesía y el arte orienta­les, pueden otorgar a las verdades y los sentimientos universales de los seres humanos. El bien es univer­sal; y Dios también: "Dios posee Oriente, Dios gobierna Occidente, Norte y Sur por igual, cada tierra reposa en su mano bondadosa".

Más importante aún, el amor es universal, vale lo mismo para Gretchen que para Zuleika. Por eso un poeta alemán puede escribir un poe­ma de amor para una mujer persa imaginaria. O para una mujer persa real. Y puede ser sincero. Y lo más conmovedor de todo es que el dolor también es universal.

Goethe no recurre a Oriente pa­ra demostrar nada. Se toma muy en serio a los seres humanos, a todos los seres humanos. Tanto en Orien­te como en Occidente, los hombres buenos lloran.

En el mundo hay buenas perso­nas. En el mundo hay malas per­sonas. No siempre es posible re­chazar el mal con encantamientos, demostraciones, análisis social o psicoanálisis. En ocasiones, como último recurso, hay que hacerle frente por la fuerza. A mi juicio, el mal supremo en el mundo no es la guerra, en sí, sino la agresividad. La agresividad es "la madre de to­das las guerras". Y, a veces, es ne­cesario repeler la agresión por la fuerza de las armas para que pue­da reinar la paz.

Volvamos a Goethe. El Fausto de Goethe nos recuerda de forma indeleble que el diablo no es imper­sonal, sino personal. Que el diablo pone a prueba a cada individuo, y cada uno puede aprobar o suspen­der. Que el mal es tentador y seduc­tor. Que la agresividad puede abrir­se un hueco en cada uno.

El bien y el mal individuales no son privati­vos de ninguna religión. No tienen por qué ser términos religiosos. La decisión de causar daño o no causar­lo, de hacerle frente o hacer la vista ciega, de contribuir activamente a curar el dolor, como un médico rural entregado a su trabajo, o conformar­se con organizar manifestaciones airadas y firmar peticiones genera­les, es una elección con la que nos encontramos varias veces al día.Co­mo es natural, a veces podemos equivocarnos. Ahora bien, incluso cuando tomamos una decisión equi­vocada, sabemos lo que estamos haciendo. Sabemos cuál es la dife­rencia entre el bien y el mal, entre causar dolor y curarlo, entre Goethe and Goebbels. Entre Heine y He­ydrich. Entre Weimar y Buchen­wald. Entre la responsabilidad indi­vidual y el mal gusto colectivo.

Crecí en la Jerusalén de los años cuarenta como un niño muy nacio­nalista, incluso chauvinista, y pro­metí no poner nunca el pie en suelo alemán e incluso no comprar nunca un producto alemán. Lo único a lo que no me sentí capaz de renunciar fue a los libros alemanes. Sí hacía un boicot a los libros, me decía a mí mismo, me parecería un poco a "ellos". Al principio, me limitaba a leer la literatura alemana de pregue­rra y a los autores que se habían opuesto al nazismo. Más tarde, en los años sesenta, empecé a leer en hebreo las obras de la generación de novelistas y poetas alemanes de posguerra. En especial, las obras de los autores del Grupo 47. Me permi­tían imaginarme en su lugar. Mejor dicho: me seducían para que me imaginase en su lugar, durante los años oscuros, en los años anteriores y en los posteriores. Después de leer a esos autores y a otros, ya no pude limitarme a seguir odiando to­do lo alemán del pasado, el presen­te y el futuro. En mi opinión, imaginar al otro es un potente antídoto contra el fa­natismo y el odio. Creo que los li­bros que nos hacen imaginar al otro pueden hacernos más inmunes con­tra las estratagemas del mal, el Me­fisto del corazón. Así fue como Günter Grass y Heinrich Bóll, Inge­borg Bachmann y Uwe Johnson y, en particular, mi querido amigo Siegfried Lenz, me abrieron la puer­ta a Alemania. Ellos, junto con una serie de amigos alemanes muy que­ridos, me obligaron a romper mis ta­búes y abrir la mente y, al final, el corazón. Volvieron a mostrarme los poderes curativos de la literatura.

Imaginar al otro no es una mera herramienta estética. Es además, a mi juicio, un imperativo moral fun­damental. Y, sobre todo, imaginar al otro es un placer humano profun­do y muy sutil.

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