Ha terminado en Granada la Feria del libro. Muchas casetas, muchas editoriales, muchas librerías, muchos escritores, muchos lectores -de todas las edades-, mucho libro. Y muchas actividades: presentaciones, firma de libros, entrevistas.
El primer sábado, víspera del gran 23 de abril, por la tarde, paseé por la Carrera de la Virgen y la Fuente de las Batallas, sede de la Feria. Había un verdadero gentío asomándose a los mostradores, curioseando; pero me pareció que pocos compraban, los que más, para los niños: los niños son en gran medida los reyes de la Feria del Libro; aunque luego he leído que ha sido una gran feria también desde el punto de vista de las ventas.
Esa tarde conocí al director de la Feria, en la presentación de un nuevo libro de Andrés Cárdenas, tan ocurrente y sugestivo como todo lo que escribe. Me encontré a Eduardo, uno de los ex concejales de su partido que NO está investigado; también con Gustavo y sus hijos, impulsor de Granada Noir; y con otros personajes del amplísimo mundo cultural granadino. En un hueco aproveché para disfrutar de la exposición de los fondos de Lladró en la sala de Puerta Real.
Hacía una tarde estupenda. En la Fuente de las Granadas, una carpa recogía las actividades para los más pequeños y otra literatura científica. Cuando pasé por la primera, una niña leía maravillosamente bien un cuento a un buen grupo de embelesados congéneres.
El sábado siguiente fui por la mañana, a acompañar a José Antonio en su tarea de periodista para Ideal. Con él, la penetración en el mundillo cultural de Granada es profundo y sabio. Pude comprobar que la huella comunista y el revisionismo de la memoria histórica está más que presente, hasta que unos ripios de cantautor me decidieron a salir corriendo de tanto pasado: cuando España entera era feliz y obrera.
Era una mañana lloviznosa y desapacible. Me encontré con Ricardo -compañero de peña de baloncesto- y su familia. Ricardo y José Antonio se conocían de haber arbitrado el segundo alguna vez al primero: dejaron ahí la cosa; pero se intuía alguna que otra confrontación de caracteres. También me encontré con Agustín, velando a pie de caseta un librito que ha sacado con otros autores, en los que reflexiona sobre el impacto de la biotecnología en el ser humano; "sin juzgar", dice.
De vez en cuando topas con sorprendentes manifestaciones de cruda sinceridad. En la carpa central un promotor de la revista Jot Down explicaba el comienzo de la famosa revista del papel -ahora también online- y las largas entrevistas: presentamos un plan de negocio, ganábamos tanto, ellos se quedaban con cuanto, y aceptaron. Nada romántico, al estilo de "poder decir lo que pensamos, no lo que nos dicen que pensemos".
Aproveché el resto del fin de semana para terminar con el Tomás de Aquino de Chesterton y comenzar el Hilaire Belloc de Pierce. Me sigue fascinando esa eclosión de catolicismo intelectual que se dio en Gran Bretaña a caballo de los dos siglos pasados. Precisamente acabo de llegar al momento en que Belloc y Chesterton se conocen, en abril de 1.900, dando a luz lo que Shaw llamará el Chesterbelloc. Para que luego digan que los cambios de milenio son como cualquier otro año nuevo. Abril, mes de las lluvias y de los libros.
El primer sábado, víspera del gran 23 de abril, por la tarde, paseé por la Carrera de la Virgen y la Fuente de las Batallas, sede de la Feria. Había un verdadero gentío asomándose a los mostradores, curioseando; pero me pareció que pocos compraban, los que más, para los niños: los niños son en gran medida los reyes de la Feria del Libro; aunque luego he leído que ha sido una gran feria también desde el punto de vista de las ventas.
Esa tarde conocí al director de la Feria, en la presentación de un nuevo libro de Andrés Cárdenas, tan ocurrente y sugestivo como todo lo que escribe. Me encontré a Eduardo, uno de los ex concejales de su partido que NO está investigado; también con Gustavo y sus hijos, impulsor de Granada Noir; y con otros personajes del amplísimo mundo cultural granadino. En un hueco aproveché para disfrutar de la exposición de los fondos de Lladró en la sala de Puerta Real.
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Andrés Cárdenas es el de la barba. foto atarifa CC |
El sábado siguiente fui por la mañana, a acompañar a José Antonio en su tarea de periodista para Ideal. Con él, la penetración en el mundillo cultural de Granada es profundo y sabio. Pude comprobar que la huella comunista y el revisionismo de la memoria histórica está más que presente, hasta que unos ripios de cantautor me decidieron a salir corriendo de tanto pasado: cuando España entera era feliz y obrera.
Era una mañana lloviznosa y desapacible. Me encontré con Ricardo -compañero de peña de baloncesto- y su familia. Ricardo y José Antonio se conocían de haber arbitrado el segundo alguna vez al primero: dejaron ahí la cosa; pero se intuía alguna que otra confrontación de caracteres. También me encontré con Agustín, velando a pie de caseta un librito que ha sacado con otros autores, en los que reflexiona sobre el impacto de la biotecnología en el ser humano; "sin juzgar", dice.
De vez en cuando topas con sorprendentes manifestaciones de cruda sinceridad. En la carpa central un promotor de la revista Jot Down explicaba el comienzo de la famosa revista del papel -ahora también online- y las largas entrevistas: presentamos un plan de negocio, ganábamos tanto, ellos se quedaban con cuanto, y aceptaron. Nada romántico, al estilo de "poder decir lo que pensamos, no lo que nos dicen que pensemos".
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foto atarifa CC |
Aproveché el resto del fin de semana para terminar con el Tomás de Aquino de Chesterton y comenzar el Hilaire Belloc de Pierce. Me sigue fascinando esa eclosión de catolicismo intelectual que se dio en Gran Bretaña a caballo de los dos siglos pasados. Precisamente acabo de llegar al momento en que Belloc y Chesterton se conocen, en abril de 1.900, dando a luz lo que Shaw llamará el Chesterbelloc. Para que luego digan que los cambios de milenio son como cualquier otro año nuevo. Abril, mes de las lluvias y de los libros.
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