La indignación es mala consejera

lunes, 6 de marzo de 2017 ·

Hay veces en que más que acudir a los gurús de la comunicación pública, compensa recurrir al refranero de la sabiduría popular. Que se lo digan al Obispo Cases, de Canarias: Las comparaciones son odiosas. Y eso que, hasta donde yo se, llevó bien la crisis de la mamarrachada del carnaval de Canarias: intervino -había que decir algo-, se mostró como víctima, con pena y sin indignación; pero metió la pata al compararla con el accidente de Spanair, sin ninguna necesidad. Si metes a terceros en una disputa, asegúrate de que los pones de tu lado. Perdonar a los enemigos, mostrarse por encima de las ofensas, hacer un llamamiento a la verdadera devoción, incluso de los tipos que la toman a chacota. La Iglesia nunca debe mostrarse como un poder fáctico, mucho menos cuando no lo es.

foto atarifa CC
Es una norma en comunicación la conveniencia de distinguir públicos objetivos (segmentación, targets)  y adecuar los mensajes a cada uno. Pero la globalización de la comunicación, lo que hoy se llama la conversación, consiste en que cualquier mensaje puede -seguramente lo hará, si perjudica al emisor- convertirse en pasto del público general. Este es un asunto interesante que merecería un post propio.

Indignarse queda feo, produce hilaridad en el rival y desemboca en actitudes poco meditadas, como la de acudir a la Justicia. Acudir a la Justicia es siempre arriesgado; nunca sabes qué puede pasar. Como decía aquel famoso entrenador de las perogrulladas: penalti es cuando pita el árbitro; así delito es cuando condena un juez. Igual que un conocido árbitro turco pitó penalti por manos del portero; Maestre se ha ido de rositas de su despelote. En casos así, es preferible recurrir a la ironía: dar las gracias por revitalizar la capellanía universitaria; invitar a acudir de forma respetuosa a los asaltantes para dialogar... Además, para una vez que esos individuos van a la iglesia... ¡les llevan a la Fiscalía!

También dedicaré otro post a los tres tipos distintos de condenas, -política, opinión pública y jurídica-, que hoy se confunden, algún día.

Voy llegando adonde quería, al éxito de la campaña de HO gracias a la polémica que ha levantado la indignación, que le ha dado más audiencia que si se hubiera dejado circular tranquilamente el bus naranja. Arsuaga estará satisfecho, ha sabido emplear muy bien las mismas armas que sus enemigos.

Un apunte. En mi opinión, la Iglesia no debería haber hablado de la campaña de HO -si es que lo hizo, porque a saber a qué se refieren los medios cuando dicen "la Iglesia" (esto merece otro post)-; hubiera bastado con reafirmar su doctrina sobre la cuestión -que ya es suficientemente "escandalosa"-, y ni mencionar lo del bus: no apagar la mecha que humea ni romper la caña cascada.

Y ya que estamos, el que avisa no es traidor. La ideología de género no se conformará con acallar a los que piensan igual, llegará el día en que nos obligarán a todos a adherirnos públicamente con entusiasmo. No se dan cuenta de que está provocando una reacción cada vez más virulenta con cada vuelta de tuerca. Llegará también el día en que la campaña que les indigna hoy les parecerá una palmadita en la espalda.

Quien mal anda, mal acaba.

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