Es más que probable que ninguno de mis lectores sepa quién era Tere Fiter; pero necesito escribir sobre ella porque es parte de una parte maravillosa de mi vida. Hace dos o tres días me llamó mi madre para comunicarme su fallecimiento en Seo de Urgel, la ciudad donde vivía desde hacía muchos años, último destino de su marido el juez Fiter de Losada, hombre de talante sereno y fino humor (cuando el catalanismo empezó a pudrirse en nacionalismo, decía que iba a pasar a llamarse Fiter Dallausada).
Tere perdió a su marido hace ya muchos años (estuve en su funeral, acompañando a mis padres) y, lo que es peor, a su hijo Luis a causa de un cáncer. Conocí a la familia en San Salvador (El Vendrell, Tarragona), pues éramos vecinos verticales de terraza en el tercer piso -nosotros, segundo, ellos) del Edificio Socías antiguo, como luego lo fuimos -ya horizontales- en el nuevo -cabe el mar, en primera línea de playa-, hasta este verano pasado, cuando pude visitarla unos minutos en su apartamento. Allí, en la sala de estar, tienen una gran reproducción de una entrañable foto en blanco y negro en la que "els Nens del Vendrell" cargan un castell frente a la casa.
Los Fiter alquilaron un verano un peculiar chalet muy próximo -hoy es un colmado-, un edificio bajo de aire ibicenco que llamábamos "Monster House". Allí organizaron algunas de las fiestas más sonadas del momento, hasta el punto de que a una de ellas mis padres acudieron vestidos de hippy y Tere y unas amigas recibían ataviadas de majorette (mayorcettes, que dice mi padre): hay fotos; pero tenemos prohibido subirlas a Internet.
Tere era mucho mayor de lo que parecía -ha fallecido con noventa y tantos-, siempre muy morena, siempre muy dinámica; siempre nos quiso mucho a los tres hermanos. Esto último llegaba al extremo de que nos dejaban con toda libertad su lancha fueraborda de cuatro metros y 40 caballos (creo recordar), matriculada en Andorra (país famoso por sus costas), que nos convertía en los reyes de la franja de la Costa Dorada que va desde Calafell hasta Comarruga, que por entonces era una playa salvaje.
Conducíamos la fueraborda sin carnet -aunque mi hermano y yo lo obtuvimos en cuando tuvimos edad-, sin chalecos, sin zonas acotadas, entrando y saliendo de la playa con absoluta pericia. Hacíamos esquí acuático, pescábamos pulpos, nos bañábamos "en alta mar"... Éramos felices, tanto, que mi padre compró una de segunda mano en El Masnou cuando los Fiter se deshicieron de la suya.
En Seo de Urgel (en el glorioso regimiento de Cazadores de Montaña Arapiles 62) hice las prácticas como sargento de IMEC; tuve que incorporarme el uno de enero de 1987, así que llegué la víspera a la ciudad y pasé allí el más desolador fin de año de mi vida, por ahora. Por eso ha dejado huella indeleble en mi memoria y en mi agradecimiento que los Fiter me invitaran a comer uno de aquellos días navideños, creo recordar que el mismo día de Año Nuevo.
Todos estos años he felicitado la Navidad a Tere y su familia; ella me ha respondido hasta que las durezas de la vida le han ido comiendo ese ánimo que parecía inasequible al desaliento. Ahora descansa en paz; aunque su huella aquí seguirá siendo inconmensurable.
Tere perdió a su marido hace ya muchos años (estuve en su funeral, acompañando a mis padres) y, lo que es peor, a su hijo Luis a causa de un cáncer. Conocí a la familia en San Salvador (El Vendrell, Tarragona), pues éramos vecinos verticales de terraza en el tercer piso -nosotros, segundo, ellos) del Edificio Socías antiguo, como luego lo fuimos -ya horizontales- en el nuevo -cabe el mar, en primera línea de playa-, hasta este verano pasado, cuando pude visitarla unos minutos en su apartamento. Allí, en la sala de estar, tienen una gran reproducción de una entrañable foto en blanco y negro en la que "els Nens del Vendrell" cargan un castell frente a la casa.
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Paseo de San Salvador |
Tere era mucho mayor de lo que parecía -ha fallecido con noventa y tantos-, siempre muy morena, siempre muy dinámica; siempre nos quiso mucho a los tres hermanos. Esto último llegaba al extremo de que nos dejaban con toda libertad su lancha fueraborda de cuatro metros y 40 caballos (creo recordar), matriculada en Andorra (país famoso por sus costas), que nos convertía en los reyes de la franja de la Costa Dorada que va desde Calafell hasta Comarruga, que por entonces era una playa salvaje.
Conducíamos la fueraborda sin carnet -aunque mi hermano y yo lo obtuvimos en cuando tuvimos edad-, sin chalecos, sin zonas acotadas, entrando y saliendo de la playa con absoluta pericia. Hacíamos esquí acuático, pescábamos pulpos, nos bañábamos "en alta mar"... Éramos felices, tanto, que mi padre compró una de segunda mano en El Masnou cuando los Fiter se deshicieron de la suya.
En Seo de Urgel (en el glorioso regimiento de Cazadores de Montaña Arapiles 62) hice las prácticas como sargento de IMEC; tuve que incorporarme el uno de enero de 1987, así que llegué la víspera a la ciudad y pasé allí el más desolador fin de año de mi vida, por ahora. Por eso ha dejado huella indeleble en mi memoria y en mi agradecimiento que los Fiter me invitaran a comer uno de aquellos días navideños, creo recordar que el mismo día de Año Nuevo.
Todos estos años he felicitado la Navidad a Tere y su familia; ella me ha respondido hasta que las durezas de la vida le han ido comiendo ese ánimo que parecía inasequible al desaliento. Ahora descansa en paz; aunque su huella aquí seguirá siendo inconmensurable.
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