Debía de correr el año 82 u 83 del siglo pasado, cuando Lluís Fabregat, entonces estudiante de Historia del Arte, impartió una genial clase sobre las puertas del Baptisterio de la Catedral de Florencia. El entusiasmo del ponente y la incuestionable belleza del tema, ilustrado con un "moderno" proyector de diapositivas, provocó una gran impresión entre los estudiantes presentes en aquella oscura sala de estar de la proa de la planta semi sótano del Colegio Mayor Universitario Monterols (Barcelona).
Para mí, la impresión fue indeleble, de modo que cuando en 1992 pasé accidentalmente por Florencia camino de Roma, lo único que hice fue ir a ver esas puertas.
Una parte de una de ellas, la del Paraíso, obra maestra de Ghiberti, llena la portada del último número de la revista Nuestro Tiempo (nº 677, nov-dic 2012). El artículo correspondiente trata de la historia y la recién terminada restauración de esta obra de arte; pero es una cuestión tangencial la que ha llamado mi atención: algo así como el devenir del peso de la estética a lo largo de los siglos.
Veamos, la puerta que miraba a oriente (a Jerusalén), la obra que hizo famoso a Ghiberti, contenía escenas dedicadas a Jesucristo, según el canon escultórico del momento, que premiaba el contenido sobre la estética. Pero cuando Ghiberti esculpió la tercera puerta, la del Paraíso, destinada a la fachada norte, el impacto fue tan grandioso que Cosme de Médici, el poderoso banquero que dominaba la ciudad, retó al gremio de comerciantes a que la pusiera en el lado este, el principal, por mirar hacia Jerusalén. Así se hizo, después de acalorado debate, sellando un giro artístico histórico: la primacía de la estética sobre el contenido.
Pues bien, restaurada después de un cuarto de siglo de trabajo, la maravillosa puerta, no regresará a su emblemática ubicación original, que ocupa una réplica; sino que se expondrá en el Museo de la Catedral de Santa María del Fiori. Podría considerarse como la consolidación de un giro artístico ya muy contrastado, el de la supremacía de la conservación sobre la estética y sobre el sentido de las obras de arte.
Ahí queda, para quien quiera reflexionar sobre la cuestión.
Para mí, la impresión fue indeleble, de modo que cuando en 1992 pasé accidentalmente por Florencia camino de Roma, lo único que hice fue ir a ver esas puertas.
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detalle de la escena Esaú y Jacob |
Una parte de una de ellas, la del Paraíso, obra maestra de Ghiberti, llena la portada del último número de la revista Nuestro Tiempo (nº 677, nov-dic 2012). El artículo correspondiente trata de la historia y la recién terminada restauración de esta obra de arte; pero es una cuestión tangencial la que ha llamado mi atención: algo así como el devenir del peso de la estética a lo largo de los siglos.
Veamos, la puerta que miraba a oriente (a Jerusalén), la obra que hizo famoso a Ghiberti, contenía escenas dedicadas a Jesucristo, según el canon escultórico del momento, que premiaba el contenido sobre la estética. Pero cuando Ghiberti esculpió la tercera puerta, la del Paraíso, destinada a la fachada norte, el impacto fue tan grandioso que Cosme de Médici, el poderoso banquero que dominaba la ciudad, retó al gremio de comerciantes a que la pusiera en el lado este, el principal, por mirar hacia Jerusalén. Así se hizo, después de acalorado debate, sellando un giro artístico histórico: la primacía de la estética sobre el contenido.
Pues bien, restaurada después de un cuarto de siglo de trabajo, la maravillosa puerta, no regresará a su emblemática ubicación original, que ocupa una réplica; sino que se expondrá en el Museo de la Catedral de Santa María del Fiori. Podría considerarse como la consolidación de un giro artístico ya muy contrastado, el de la supremacía de la conservación sobre la estética y sobre el sentido de las obras de arte.
Ahí queda, para quien quiera reflexionar sobre la cuestión.
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