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El monstruo de Amstetten

Por JUAN MANUEL DE PRADA. ABC, 5 de mayo de 2008

EL mito de la Gorgona, que petrificaba de horror a quienes osaban mirarla, se renueva en la historia del monstruo de Amstetten. Con una mezcla petrificante de estupor y espanto asistimos al paulatino esclarecimiento de las circunstancias del caso, cada cual más aberrante y oprobiosa; y lo hacemos con esa inconfesada fascinación hipnótica que produce la contemplación del Mal en estado químicamente puro. Hay, sin embargo, en nuestra actitud un ingrediente de hipocresía, porque intuimos que en los rasgos de ese Josef Fritzl contemplamos nuestro propio rostro, como la Gorgona contempló el suyo en aquel escudo que Atenea prestó a Perseo, tan pulido que actuaba como un espejo; y, para espantar esa sospecha, nos preguntamos, escandalizados, cómo puede ser posible tanta abominación y maldad. Pero sabemos bien que tanta abominación y maldad son perfectamente posibles; sabemos bien que Fritlz es uno de los nuestros, tal vez nosotros mismos. Puede que el espejo que nos devuelve nuestro propio rostro transformado en el rostro del monstruo de Amstetten no sea exactamente el escudo que Atenea prestó a Perseo, sino más bien un espejo deformante como los que sobresaltan al viandante en el callejón del Gato; pero en el reflejo que ese espejo deformante nos devuelve descubrimos rasgos familiares. Y es la contemplación de nuestra propia abominación y maldad lo que nos petrifica de horror.

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Oh, sí, de acuerdo, nosotros no padecemos los trastornos psicopáticos del monstruo, nosotros no somos esas bestias saturnales capaces de transgredir el último tabú y de enterrar en vida a su propia estirpe. Pero el fango en el que chapoteamos es el mismo. Y ese fango se llama despersonalización, fruto del humanismo sin Dios que corrompe nuestra época. Hemos dejado de mirar al prójimo como algo sublime y misterioso que estimula en nosotros un respeto de naturaleza sagrada; ahora el prójimo es contemplado de forma utilitaria, como un ser que sólo consideramos en la medida en que puede servir a nuestro provecho, a nuestro interés, a nuestras apetencias. Nunca como en nuestra época se había execrado tanto la violencia: se lanzan proclamas pacifistas, se consagra el consenso como vía de entendimiento entre las naciones, se hacen llamamientos constantes a la solidaridad. Pero, a la vez que execramos pomposamente la violencia, vemos como la violencia ejercida contra el prójimo es cada vez mayor: infancia pisoteada por los más sórdidos instintos, mujeres sometidas a las más crueles sevicias, niños a quienes asesinamos en el vientre de su madre, allá donde la naturaleza quiso que estuvieran más protegidos. Hemos dejado de contemplar el rostro de Dios copiado en cada rostro humano; y, como nos enseña el salmista, si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los albañiles. Cuando en el prójimo dejamos de descubrir una grandeza sagrada que lo torna valioso e insustituible, es natural que desaparezca en nosotros el anhelo de participar en esa grandeza; y entonces lo convertimos en un cuerpo extraño que se usa y se tira. En ese fango chapoteamos todos plácidamente; y nuestra placidez sólo se perturba cuando alguien como el monstruo de Amstetten nos salpica, por chapotear con demasiado ímpetu.

Pero, allá incluso donde el fango se espesa más, hasta adquirir densidad y negrura de betún, alumbra una fuerza misteriosa. El monstruo de Amstetten fue prendido por la policía porque infringió el designio de implacable maldad que durante un cuarto de siglo había cumplido a rajatabla. Una de las hijas engendradas en el seno de su propia hija enfermó; y el monstruo de Amstetten la llevó al hospital, incluso permitió que su madre abandonara el encierro forzoso de veinticinco años para prestarle asistencia. El monstruo de Amstetten sabía que esa debilidad le perjudicaría muy gravemente; pero, violentando el raciocinio, la pura conveniencia, dejó que su corazón se ablandase. ¿Qué fuerza lo impulsó a hacerlo? Tuvo que ser, sin duda, una fuerza invencible para lograr que, siquiera por un instante, el monstruo de Amstetten presintiese una grandeza sagrada en las personas a las que durante veinticinco años había animalizado. Y esa fuerza misteriosa es la que sigue salvando nuestro mundo despersonalizado.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Es lo mejor que he leído sobre este tema. ¡Menuda pluma!

Auque ya lo dice de Prada quisiera reafirmar un dato: la maldad existe. Casi siempre, cuando nos sacuden hechos similares, el comentario es el mismo: está enfermo. Y eso perjudica mucho a los enfermos mentales. La mayoría son inofensivos. Recuerdo una reflexión de un psiquiatra catalán. No se me borrará en la vida. "Existen personas sanas y enfermas; buenas y malas; listas y tontas" Un enfermo no tiene por qué ser malo ni tonto... Una persona que alberga la maldad no tiene por qué estar enfermo.

Saludos
Bien traída esta reflexión. Con la atribución a "enfermedad" de los hechos malvados se busca, además, evitar toda responsabilidad y arrancar todo sentimiento de culpa en los hechos propios y en los ajenos.

Desvincular, se llama hoy a esto.
Marta Salazar ha dicho que…
no se me habría ocurrido que alguien pudiese escribir un artículo tan barroco, sobre un tema tan cercano... a nosotros en Alemania... saludos!
Barroco, en efecto, es una buena descripción.
En cuanto a lo cercano, esto es cercano a todos, por lo menos a toda Europa occidental, porque es producto de nuestra decadencia, y al mundo entero, porque es producto del mal que cohabita en cada ser humano.
Anónimo ha dicho que…
De los libros malos y de las tías buenas la introducción es lo certero.

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