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Benedicto XVI en las Naciones Unidas

Derechos Humanos y relativismo
Por Antonio R. Rubio Plo, Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

Del discurso del tercer Papa que habla en la Asamblea General de las Naciones Unidas, unos destacarán su defensa del multilaterismo, y otros se referirán a su alusión a que la comunidad internacional debe intervenir con los medios jurídicos provistos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales si los Estados no cumplen el deber primario de proteger a su propia población. Pero si tuviéramos que elegir un aspecto del discurso, que va más allá del orden internacional y afecta también a la situación interna de los Estados, habría que centrarse en los derechos humanos, reflexión obligada en un año en que se celebra el sesenta aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Las consideraciones de Benedicto XVI son tan precisas como críticas en esta “era de los derechos”, por emplear una expresión del filósofo Norberto Bobbio. En este tiempo encontramos la paradoja de que los derechos de la persona pueden ser arrinconados o pisoteados aunque se proclame a voz en grito la primacía de tales derechos. El problema radica, como en tantas ocasiones, en la fundamentación de los derechos humanos, que lógicamente se relaciona con su contenido.

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Los fundamentos se tambalean en cuanto se pierde “el sentido de la trascendencia y de la razón natural”, en expresión del Papa. No obstante, en los primeros años de la posguerra los horrores experimentados por tantos millones de personas contribuyeron a que los redactores de la Declaración se pusieran en poco tiempo de acuerdo para dar un papel central a la persona humana en las relaciones internacionales y en el ámbito interno. Pese a sus limitaciones, la Declaración de 1948 tenía un inequívoco carácter universal. Tal y como señala Benedicto XVI, “fue el resultado de una convergencia de tradiciones religiosas y culturales”. Podríamos añadir que no se hizo una mezcla insípida de valores, basada en una ética de compromiso, y esto se aprecia en esta afirmación del Pontífice: “Estos derechos se basan en la ley natural inscrita en el corazón del hombre y presente en las diferentes culturas y civilizaciones”. El fundamento objetivo de los derechos humanos se ve, sin embargo, atacado hoy por la marea relativista, y por muchas justificaciones que se ofrezcan, incluso en nombre de una supuesta justicia, llegaremos a la conclusión de que detrás de ese relativismo, se esconde una voluntad de poder. De ahí que Benedicto XVI afirme: “Arrancar los derechos humanos de este contexto significaría restringir su ámbito y ceder a una concepción relativista, según la cual el sentido y la interpretación de los derechos podría variar, negando su universalidad en nombre de los diferentes contextos culturales, políticos, sociales e incluso religiosos”. Esto supone, en definitiva, empequeñecer la imagen del ser humano: se admitiría que las diferencias entre los hombres son tan grandes que podría llegarse a la conclusión de que no hay universalidad en el ser humano. ¡Cuántos estudiosos de las ciencias sociales, presos de un ciego determinismo, han descartado que los hombres sean en el fondo los mismos en cada época! Si así lo hubieran hecho, sus alambicadas teorías no habrían salido a la luz. No habrían podido crear el mito del “hombre nuevo”, tan recurrente en los dos últimos siglos. No es extraño que los nacionalismos, fundamentalismos y otros “ismos” estén encantados con el relativismo moral, pues consagra el derecho a diferenciarse del otro, y así se llegará a la paradoja de negar la dignidad humana, negando su igualdad y su libertad, aunque no necesariamente por este orden. El último elemento de la triada de la Revolución Francesa, la fraternidad, que ahora suelen llamar su solidaridad, brillará por su ausencia o se presentará bajo la forma de una retórica vacía de contenido.

Benedicto XVI tampoco ha obviado un delicado asunto que hoy afecta especialmente a la Europa posmoderna, aunque no sea privativa de ella, y que es otro de los frutos del relativismo: la confusión entre legalidad y justicia. El sentido de la justicia está inscrito en la conciencia del ser humano, pero lo legal no es necesariamente justo aunque los preámbulos y exposiciones de motivos suelan hacer una apología de las benéficas intenciones del legislador, unos buenos propósitos paralelos al deseo de hacer ingeniería social. Otra vez el “hombre nuevo”. Como se llevan menos las estatuas, no habrá que esculpir en esta ocasión colosos similares a los de la Alemania nazi o la Rusia soviética, pues la estatua ya está erigida en la mentalidad del ciudadano que da la bienvenida a esa legalidad y cree que es la expresión del más justo y moderno de los ordenamientos. Pero volvamos a las palabras del Papa Ratzinger: “La experiencia nos enseña que a menudo la legalidad prevalece sobre la justicia cuando la insistencia sobre los derechos humanos los hace aparecer como resultado exclusivo de medidas legislativas o decisiones normativas tomadas por las diversas agencias de los que están en el poder. Cuando se presentan simplemente en términos de legalidad, los derechos corren el riesgo de convertirse en proposiciones frágiles, separadas de la dimensión ética y racional, que es su fundamento y su fin”. Cabe añadir que si se prescinde de la ética y de la razón, la justicia también brillará por su ausencia. Podemos admitir que la justicia sea ciega, según la representaban los griegos, pero a nadie se le ocurrió representarla con una multitud de rostros cambiantes. Un hombre de la Antigüedad no habría visto así a la justicia sino a la arbitrariedad, base de múltiples injusticias.

Sin agotar la reflexión en torno al discurso papal, señalemos finalmente que Benedicto XVI ha abogado una vez más por la libertad religiosa. En este ámbito estamos asistiendo a situaciones en las que podría hablarse de ciudadanos activos y pasivos. Los pasivos serían, sin duda, personas religiosas. Por esto, señala el Papa: “Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe- para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos”. Sólo se entiende desde la tentativa de encerrar a la religión en el ámbito privado o de reducirla a la pura libertad de culto. Sentimiento y rito: esto es lo que se le deja a la religión en espera de su ocaso, por ser una rareza que no encaja con el progreso de la humanidad. Este intento reduccionista tiene, sin embargo, las consecuencias presentadas por Benedicto XVI: “El rechazo a reconocer la contribución a la sociedad que está enraizada en la dimensión religiosa y en la búsqueda del Absoluto (...) privilegiaría efectivamente un planteamieno individualista y fragmentaría la unidad de la persona”. Tiene el Papa toda la razón, pues la era de los derechos no nos está llevando necesariamente hacia un mundo más solidario y justo sino al imperio del individualismo, tal y como supo ver hace casi dos siglos Alexis de Tocqueville en La democracia en América.

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