
Ya se han dicho las cosa de rigor, yo sólo quiero contar algunos recuerdos.
Conocí a Mariano Artigas Mayayo (Zaragoza, 1938), en Barcelona, en 1982, cuando él era capellán del célebre Colegio Mayor Universitario Monterols y yo un mediocre estudiante de Derecho. La primera faceta que descubrí fue su afición al fútbol, jugaba con nosotros, gente de dieciocho y veinte años; pero, práctico como era, estaba prohibido entrarle, no fuera a ser que una lesión le impidiera trabajar. En cierta ocasión jugaba en su equipo de portero el típico torpe entusiasta, que estaba encajando goles ridículos, D. Mariano -como le llamábamos- se puso algo nervioso y lo conminó a que saliera a estorbar en otra parte, como consecuencia, al primer balón sin dueño acudieron los dos al tiempo, chocando estrepitosamente. D. Mariano tardó semanas en regresar al terreno de juego.
La segunda faceta fue su sabiduría, doctor en Física y doblemente en Filosofía, nos impartió dos cursos enteros de Filosofía de la Naturaleza, magistrales, aunque a mí se me atragantaron un tanto, la verdad. Eran tiempos de un nivel cultural alucinante en aquel Colegio Mayor, cuyo secretario, otro físico que acababa de defender su tesis sobre las "enanas blancas" -cosa que se prestó a frecuente recochineo- es hoy presidente de la asociación de filosofía personalista y asesor literario de varias revistas.
La tercera faceta es la del trabajo, no perdía ni medio segundo, era imposible pasar junto a la puerta de su habitación en la tercera planta del Mayor sin oír el frenético traqueteo de su máquina de escribir -no teníamos entonces ordenadores personales-. También era célebre el aprovechamiento de los uno o dos congresos internacionales a los que acudía cada año. Una noche, al acabar de cenar, me preguntó si quería acompañarle a visitar a un premio Nóbel. Fuimos a un hotel para encontrarnos con Sir John Eccles, que estaba en Barcelona invitado por la Facultad de Medicina de la Central con motivo del cincuentenario de la muerte de Santiago Ramón y Cajal. Se supone que fui escogido por mis presuntos conocimientos de inglés, pero pude comprobar cómo D. Mariano se manejaba mucho mejor que yo con un inglés atrabiliario pero eficaz. Eccles estuvo de tertulia en Monterols, la más multitudinaria que recuerdo en mis cinco años de colegial, y lamentó haber dejado a su esposa en el hotel, con la excusa de unas compras, al ver lo bien que le acogimos, con tuna y merendola incluidas. Entre los dos científicos se estableció una fructífera y duradera relación.
Por último, tengo que destacar la íntima imbricación que existía entre su labor científica y pastoral; su predicación, aquellas meditaciones para universitarios que dirigía cada semana en el oratorio del Mayor, estaba trufada de alusiones a Popper, Jaki e incluso al cantamañanas de Sagan -famoso entonces por culpa de un programa de televisión-, y durante meses estuvo acompañada, además de por sus palmeos característicos, por el cubo de Rubik, de moda absoluta por entonces.
Aún recuerdo una anotación que hice tras una de estas pláticas: "hoy D. Mariano nos ha dirigido una soberbia meditación sobre la humildad".
En fin, descansa en paz, celebrando en el Cielo la Navidad.
Comentarios