Ante la tiranía ideológica de EpC

sábado 28 de enero de 2006

¿Irá todo bien?

Ha fallecido Johannes Rau, anterior presidente de la República alemana. El 18 de mayo de 2001 pronunció uno de sus más interesantes discursos, no uno más de esos “institucionales” al uso, sino uno bien comprometido, en pleno debate sobre biopolítica.

Nueva Revista, en su número 76 (Julio-Agosto 2001), lo publicó íntegro, con una introducción que me parece muy útil para situar un discurso verdaderamente sobresaliente, y que pongo a vuestra disposición, que Rau tituló
¿Irá todo bien? Por un progreso a escala humana.

A continuación, a modo de presentación, ofrezco una reseña periodística del fallecimiento de Johannes Rau.


Muere el ex presidente de Alemania Johannes Rau
ABC, 28 de enero de 2006
GUILLEM SANS. SERVICIO ESPECIAL

BERLÍN. Johannes Rau, presidente de Alemania entre 1999 y 2004, murió ayer en su domicilio en Berlín. Casado y con tres hijos, tenía 75 años y padecía dolencias cardiacas, intestinales y renales. En el verano de 2004 fue operado a corazón abierto. Su enfermedad le impidió asistir hace dos semanas a la recepción que su sucesor en la jefatura del Estado, Horst Köhler, le ofreció con motivo del que ha sido su último cumpleaños.

Rau, octavo presidente de Alemania, pasa a la Historia como el primero en pronunciar un discurso en la Knesset, el Parlamento de Israel. Fue en febrero de 2000, y pidió perdón al pueblo israelí por los crímenes de los campos de exterminio nazis. Nunca antes un orador se había expresado allí en alemán.

Profundamente enraizado en su fe protestante, sus conciudadanos le recordarán por discursos en los que denunció la «economización de la sociedad» y abordó controversias en torno a la tecnología genética y la inmigración. Tras su nombramiento declaró su voluntad de «ser un presidente para todos los alemanes y un interlocutor para todos los que viven y trabajan aquí sin pasaporte alemán». La canciller Angela Merkel destacó ayer su compromiso con la superación del pasado nazi y la fidelidad que mantuvo durante toda su vida a su lema: «conciliar en lugar de dividir».

Rau había nacido en 1931 en Wuppertal, en el oeste industrial de Alemania, y fue el hijo político más destacado de Gustav Heinemann, que en 1969 se convirtió en el primer jefe de Estado de extracción socialdemócrata. En Renania del Norte-Westfalia, «Land» que gobernó entre 1978 y 1998, Rau fue un «padre» de la política regional. Asumió la vicepresidencia del Partido Socialdemócrata (SPD) en 1982, y en 1987 perdería las elecciones contra el democristiano Helmut Kohl.

Tortilla de patata

Este de Ramón Pi en forumlibertas, 20/01/2006, es BUENÍSIMO

La dictadura de la "corrección política" está en todo Occidente actuando como coartada para una extensa e intensa acción devastadora de los fundamentos de nuestra civilización.

Un viejo chiste cuenta la historieta de un hombre que va a ver al psiquiatra y le dice que en realidad no le ocurre nada, pero que acude a su consulta para dar contento a su mujer, que le insiste mucho en que vaya a que lo vea un médico. El psiquiatra lo somete a un tranquilo interrogatorio sobre su vida, sus costumbres, sus aficiones, y en un momento dado el paciente le explica que a él le gusta mucho la tortilla de patata. “Hombre, eso no tiene nada de particular, a mí también me gusta la tortilla de patata”. “¿De veras?”, responde el paciente, y añade: “Pues venga a mi casa, que tengo armarios y armarios llenos de ellas”.

El chiste se ha hecho realidad. La dictadura de la “corrección política” está en todo Occidente actuando como coartada para una extensa e intensa acción devastadora de los fundamentos de nuestra civilización. El método es el que podríamos llamar de la tortilla de patata: consiste en llevar los postulados que la hicieron florecer (igualdad, no discriminación, tolerancia, pluralismo) hasta extremos literalmente paranoicos que se vuelven contra ellos mismos, dando lugar a los privilegios, el despotismo, la persecución inquisitorial y el discurso único. El aparente oxímoron empleado por Benedicto XVI en su última homilía como cardenal Ratzinger, la “dictadura del relativismo”, es una realidad palpable, hiriente, ofensiva.

En nombre de la igualdad se establecen cuotas obligatorias de mujeres en actividades en las que el sexo es irrelevante, como por ejemplo las listas electorales; en nombre de la diversidad se obliga a los profesores de la enseñanza pública -de momento- a enseñar que la homosexualidad es equiparable y alternativa a la heterosexualidad; en nombre de la tolerancia se persigue al catolicismo y se denigra la cultura europea; en nombre del pluralismo se prohíbe a las escuelas cristianas seleccionar a su profesorado atendiendo a su credo religioso. Obligar, prohibir, perseguir, en nombre de la diversidad y la tolerancia. Armarios y armarios de tortillas de patata. Con razón Chesterton dejó dicho que los locos no han perdido la razón, sino que lo han perdido todo menos la razón. La lógica llevada a la locura paranoica conduce al disparate y al horror.

Ahora, en España, el ministro de Defensa ha promovido el cambio de la letra del himno de la Armada. El objeto de esta ocurrencia es suprimir toda referencia a Dios y a la Patria. Por tolerancia. Un psiquiatra, por favor.

jueves 26 de enero de 2006

Género libre y asignatura obligatoria

Contrapunto
Género libre y asignatura obligatoria
El feminismo de género reclama espacio en la Universidad


Firmante: Ignacio Aréchaga
ACEPRENSA 18-01-2006
006/06

Dentro de la variada oferta de estudios de postgrado en la Universidad española han proliferado también los estudios de género y feminismo. Como suele suceder con las especialidades que responden más al interés personal que a una demanda social acuciante, quienes hacen estos estudios aspiran a darles una salida profesional y tratan de probar que su cualificación es indispensable para la sociedad.


En esta línea tan tradicional, organizaciones feministas han redactado una petición a las autoridades educativas en la que reclaman que se incluya en el catálogo de titulaciones un Grado y un Postgrado en Estudios de las Mujeres. Normal. Siempre habrá gente que desee hacerlo. De hecho, estos estudios se imparten también como materias optativas o de libre elección en diversas titulaciones.

Pero, no sé si será porque no atraen a muchos alumnos, ahora los institutos y asociaciones feministas piden también que se incluyan como "asignaturas troncales y obligatorias adaptadas a las diferentes titulaciones universitarias". Asimismo reclaman que la perspectiva de género esté presente "en todas las disciplinas académicas", mediante su inclusión en los objetivos y contenidos formativos comunes "de cada titulación". Y que la perspectiva de género "se reconozca como indicador de calidad en todas las agencias de evaluación universitaria".

Ya se ve que las peticionarias no sufren el síndrome de "yo tengo estas ideas, pero no pretendo imponerlas a nadie". No sé cómo se incluirá la perspectiva de género en el Cálculo de Estructuras, pero parece que esta petición es una calculada estrategia para aumentar el peso de este colectivo en la Universidad. El feminismo de género lograría más alumnos cautivos para difundir su mensaje y las que ya hicieron el postgrado se subirían a la tarima. Digo "las" porque la inmensa mayoría de quienes cursan estos estudios de género son mujeres, según explican las propias expertas. Es una lástima que la igualdad no empiece por la propia casa, y quizá habría que aplicar aquí una discriminación positiva a favor de los hombres.

Los grupos promotores de la petición aseguran que hay una gran demanda de "especialistas en género" para desarrollar programas de atención a las mujeres maltratadas, prevenir el sexismo en las aulas o asegurar la igualdad laboral ("El País", 19-12-2005). Pero si hay una gran demanda, hay que esperar que las Universidades –tan necesitadas hoy de alumnos– no dejarán de explotar este filón.

También ven una gran oportunidad en la nueva asignatura obligatoria de Educación para la Ciudadanía incluida en la LOE, que aborda especialmente la igualdad entre hombres y mujeres. Hasta el punto de que la portavoz de la Red Feminista contra la violencia de género dice que "cada colegio debería tener como mínimo un responsable en educación para la igualdad". Esto sí que es crear empleo.

Pero su modo de ver la igualdad escolar responde siempre a la visión de la mujer víctima, incluso cuando va por delante. Ana Sabaté, directora para la Igualdad de Género de la Universidad Complutense de Madrid, asegura en el mismo diario que hasta los 14 años, en el sistema educativo, las niñas están en desventaja. Pero, si hacemos caso a lo que dicen las estadísticas, resulta que el porcentaje de varones que obtienen el título al acabar la enseñanza secundaria obligatoria es el 67%, mientras que el porcentaje de mujeres es el 82,6%. Si fuera al revés, ya se habría dicho que la escuela conspiraba contra las niñas.

Ideología de género

Lo que ocurre es que el feminismo de género es distinto del feminismo de la paridad. Este quiere para la mujer lo que quiere para todos: un tratamiento justo, sin discriminaciones. El feminismo de género es una ideología global, que piensa que la mujer está oprimida por un sistema patriarcal y que, aparte de las diferencias biológicas entre hombre y mujer, todas las demás son "socialmente construidas".

Por eso las feministas de género consideran que su labor es "deconstruir" estos roles socialmente construidos: depurar la socialización de toda imagen específica de género masculino o femenino; erradicar cualquier diferencia de conducta y de responsabilidad entre el hombre y la mujer en la familia (incluso habría que olvidarse de los términos padre, madre, marido y mujer, que son "género-específicos"); impedir que ninguna ocupación o profesión sea más apropiada para mujeres o para hombres. El enemigo no es ya la desigualdad, sino la diferencia.

Hasta las diferencias sexuales deben ser relativizadas: frente a la idea de que el mundo está divido en dos sexos que se atraen mutuamente, aseguran que hay muchas "orientaciones sexuales". Así, Judith Butler, lesbiana, una autora de culto para el feminismo de género, advierte: "Al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras; en consecuencia, hombre y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino" ("Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity"). Y si alguien no se hace a la idea de que Monica Bellucci puede ser del género masculino y Arnold Schwarzenegger del femenino es que los mira sin perspectiva de género.

Llama la atención que un movimiento que considera que nuestras concepciones del hombre y de la mujer son "construidas socialmente", quiera inculcar obligatoriamente a todos los alumnos sus peculiares puntos de vista. ¿"Formar en género" no es también una construcción social? ¿La perspectiva de género, como enseñanza transversal de toda disciplina, no es un instrumento para construir un tipo de ser humano acorde con una cierta idea de la sociedad? Es cómodo suponer que las ideas de los demás son construcciones sociales impuestas, mientras que las propias son neutrales y liberadoras. Pero, en todo caso, una cosa es ofrecerlas y otra transformarlas en enseñanza obligatoria.

De lo contrario, llegaríamos a una situación curiosa: cada uno podría elegir un género independiente de su sexo, pero los estudios de género serían obligatorios.

miércoles 25 de enero de 2006

Dios es Amor

Dios es Amor, primera encíclica de Benedicto XVI
Ofrecemos la primera encíclica de Benedicto XVI, "Deus caritas est" (Dios es amor), sobre el amor cristiano. Está fechada el 25 de diciembre, solemnidad de la Natividad del Señor.
Extraído de
Opus Dei.

Vatican Information Service, 25 de enero de 2006

Síntesis de la encíclica.

La encíclica está articulada en dos grandes partes. La primera, titulada: "La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación", presenta una reflexión teológico- filosófica sobre el "amor" en sus diversas dimensiones -"eros", "philia", "ágape"- precisando algunos datos esenciales del amor de Dios por el ser humano y del ligamen intrínseco que ese amor tiene con el amor humano. La segunda, titulada: "Caritas, el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como "comunidad de amor", trata del ejercicio concreto del mandamiento del amor hacia el prójimo.

PRIMERA PARTE

El término "amor", una de las palabras más usadas y de las que más se abusa en el mundo de hoy, posee un vasto campo semántico. En esta multiplicidad de significados, surge, sin embargo, come arquetipo del amor por excelencia aquel entre hombre y mujer, que en la antigua Grecia era definido con el nombre de "eros". En la Biblia y sobre todo en el Nuevo Testamento, se profundiza en el concepto de "amor", un desarrollo que se expresa en el arrinconamiento de la palabra "eros" en favor del término "ágape", para expresar un amor oblativo.

Esta nueva visión del amor, una novedad esencial del cristianismo, ha sido juzgada no pocas veces, de forma absolutamente negativa, como un rechazo del "eros" y de la corporeidad. Si bien haya habido tendencias de ese tipo, el sentido de esta profundización es otro. El "eros", puesto en la naturaleza del ser humano por su mismo Creador, tiene necesidad de disciplina, de purificación y de madurez para no perder su dignidad original y no degradarse a puro "sexo", convirtiéndose en mercancía.

La fe cristiana ha considerado siempre al hombre como un ser en el que espíritu y materia se compenetran uno con otra, alcanzando así una nobleza nueva. Se puede decir que el reto del "eros" ha sido superado cuando en el ser humano el cuerpo y el alma se encuentran en perfecta armonía. Entonces sí que el amor es "éxtasis", pero éxtasis no en el sentido de un momento de embriaguez pasajera, sino como éxodo permanente del yo encerrado en sí mismo hacia su liberación en el don de sí, y de esa forma hacia el reencuentro consigo mismo, mas aún, hacia el descubrimiento de Dios: de este modo el "eros" puede elevar al ser humano en "éxtasis" hacia lo Divino.

En definitiva, "eros" y "ágape" exigen no estar nunca separados completamente uno de otra, al contrario, cuanto más -si bien en dimensiones diversas-, encuentran su justo equilibrio, más se cumple la verdadera naturaleza del amor. Si bien el "eros" inicialmente es sobre todo deseo, a medida que se acerque a la otra persona se interrogará siempre menos sobre sí mismo, buscará cada vez más la felicidad del otro, se entregará y deseará "ser" para el otro: así se adentra en él y se afirma el momento del "ágape".

En Jesucristo, que es el amor de Dios encarnado, el "eros"-"ágape" alcanza su forma más radical. Al morir en la cruz, Jesús, entregándose para elevar y salvar al ser humano, expresa el amor en su forma más sublime. Jesús aseguró a este acto de ofrenda su presencia duradera a través de la institución de la Eucaristía, en la que, bajo las especies del pan y del vino se nos entrega como un nuevo maná que nos une a El. Participando en la Eucaristía, nosotros también nos implicamos en la dinámica de su entrega. Nos unimos a El y al mismo tiempo nos unimos a todos los demás a los que El se entrega; todos nos convertimos así en "un sólo cuerpo". De ese modo, el amor a Dios y el amor a nuestro prójimo se funden realmente. El doble mandamiento, gracias a este encuentro con el "ágape" de Dios, ya no es solamente una exigencia: el amor se puede "mandar" porque antes se ha entregado.

SEGUNDA PARTE

El amor por el prójimo, enraizado en el amor de Dios, además de ser una obligación para cada fiel, lo es también para toda la comunidad eclesial, que en su actividad caritativa debe reflejar el amor trinitario. La conciencia de esa obligación ha tenido un relieve constitutivo en la Iglesia ya desde sus inicios y muy pronto se evidenció también la necesidad de una determinada organización como presupuesto para cumplirla con más eficacia.

Así, en la estructura fundamental de la Iglesia surgió la "diaconía" como un servicio del amor hacia el prójimo, llevado a cabo comunitariamente y de forma ordenada -un servicio concreto pero, a la vez, espiritual-. Con la difusión progresiva de la Iglesia, este ejercicio de caridad se confirmó como uno de sus ámbitos esenciales. La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa, de esa forma, en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los sacramentos (leiturgia), servicio de la caridad (diakonia). Son tareas en las que una presupone las otras y no pueden separarse entre sí".

A partir del siglo XIX, contra la actividad caritativa de la Iglesia se planteó una objeción fundamental: la de que estaría en contraposición -se dijo- con la justicia y acabaría por actuar como sistema de conservación del status quo. Al llevar a cabo obras de caridad individuales, la Iglesia favorecería el mantenimiento del injusto sistema vigente, haciéndolo de alguna forma soportable y frenando de esa manera la rebelión y el potencial cambio hacia un mundo mejor.

En este sentido, el marxismo había indicado en la revolución mundial y en su preparación la panacea para la problemática social -un sueño que con el tiempo se ha desvanecido-. El magisterio pontificio, empezando por la encíclica "Rerum novarum" de León XIII (1891) hasta la trilogía de las encíclicas sociales de Juan Pablo II: "Laborem exercens" (1981), "Sollicitudo rei socialis" (1987), "Centesimus annus" (1991), ha afrontado con insistencia creciente la cuestión social y, confrontándose con situaciones problemáticas siempre nuevas, ha desarrollado una doctrina social muy articulada, que propone orientaciones válidas que van mucho más allá de los confines de la Iglesia.

Sin embargo, la creación de un orden justo de la sociedad y del Estado es un deber principal de la política, y por tanto, no puede ser una tarea inmediata de la Iglesia. La doctrina social católica no quiere conferir a la Iglesia un poder sobre el Estado, sino simplemente purificar e iluminar la razón, ofreciendo la propia contribución a la formación de las conciencias, para que las verdaderas exigencias de la justicia sean percibidas, reconocidas y realizadas. Sin embargo, no existe ninguna normativa estatal que, por justa que sea, pueda hacer superfluo el servicio del amor. El Estado que quiere proveer a todo se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el ser humano afligido -cualquier ser humano- necesita: una entrañable atención personal. Quien quiere desentenderse del amor, se dispone a desentenderse del hombre en cuanto hombre.

En nuestro tiempo, un positivo efecto colateral de la globalización se manifiesta en el hecho de que la solicitud por el prójimo, superando los confines de las comunidades nacionales, tiende a prolongar sus horizontes al mundo entero. Las estructuras del Estado y las asociaciones humanitarias desarrollan de distintos modos la solidaridad expresada por la sociedad civil: de esta manera, se han formado múltiples organizaciones con objetivos caritativos y filantrópicos. Además, en la Iglesia católica y en otras comunidades eclesiales han surgido nuevas formas de actividad caritativa. Es deseable que se establezca entre todas estas instancias una colaboración fructífera. Naturalmente, es importante que la actividad caritativa de la Iglesia no pierda la propia identidad, disolviéndose en la organización común asistencial, convirtiéndose en una simple variante, sino que mantenga todo el esplendor de la existencia de la caridad cristiana y eclesial. Por tanto:

La actividad caritativa cristiana, además de fundarse en la competencia profesional, lo debe hacer sobre la experiencia de un encuentro personal con Cristo, cuyo amor ha tocado el corazón del creyente, suscitando en él el amor por el prójimo.

La actividad caritativa cristiana debe ser independiente de los partidos e ideologías. El programa del cristiano -el programa del Buen Samaritano, el programa de Jesús- es "un corazón que ve". Este corazón ve donde hay necesidad de amor y actúa en modo consecuente:

Además, la actividad caritativa cristiana no debe ser un medio en función de lo que hoy se califica como proselitismo. El amor es gratuito; no se ejercita para alcanzar otros fines. Pero esto no significa que la acción caritativa deba, por decir así, dejar de lado a Dios y a Cristo. El cristiano sabe cuándo debe hablar de Dios y cuándo es justo no hacerlo y dejar hablar solamente al amor. El himno a la caridad de San Pablo (1 Cor 13) debe ser la Carta Magna de todo el servicio eclesial, para protegerlo del riesgo de caer en el puro activismo.

En este contexto, frente al peligro del secularismo que puede condicionar a muchos cristianos comprometidos en la labor caritativa, es necesario reafirmar la importancia de la oración. El contacto vivo con Cristo evita que la experiencia de las enormes necesidades y de los propios límites arrastren a una ideología que pretende hacer ahora aquello que, aparentemente, Dios no consigue hacer, o caer en la tentación de ceder a la inercia y a la resignación. Quien reza no desaprovecha el tiempo, a pesar de que las circunstancias le empujen únicamente a la acción, ni pretende cambiar o corregir los planes de Dios, sino que busca -siguiendo el ejemplo de María y de los santos- obtener de Dios la luz y la fuerza del amor que vence toda oscuridad y egoísmo presentes en el mundo.

Para ver la encíclica completa.

lunes 23 de enero de 2006

Dinkis

No hay futuro
Por JUAN MANUEL DE PRADA
ABC, 23 de enero de 2006

HASTA hace poco, las parejas sin descendencia eran miradas con una suerte de caridad compungida; presumíamos que, si no habían procreado, se debía a que alguna deficiencia orgánica se lo impedía. Tratábamos a estas parejas sin hijos con esa especie de funesta obsequiosidad que empleamos con los familiares de un difunto, cuando acudimos al velatorio a confortarlos. Ahora empieza a suceder lo contrario: a las parejas con hijos se las empieza a mirar con una mezcla de aprensión y desconfianza, como si fueran pringados a quienes el farmacéutico del barrio endosa las cajas de condones averiados; las parejas sin hijos, en cambio, son contempladas con una fascinada curiosidad, incluso con envidia. Se han convertido en un modelo social digno de emulación, en «creadores de tendencias»; incluso se les ha adjudicado una designación que suena risueña y megacool, «dinkis» (derivada del acrónimo DINK: «Double Income, No Kids»). Son parejas que han dimitido voluntariamente de la procreación, encerradas en la cápsula de un amor sin prolongaciones, como Narcisos atrapados en su fuente. Ya ni siquiera necesitan justificar las razones de su elección; pero, en caso de que alguien se las pregunte, responden con una munición orgullosa y archisabida: desean prolongar su juventud (pero en el fondo saben que son jóvenes fiambres, y que no hay modo más infalible de acelerar el advenimiento de la vejez que la compulsiva manía de disimularlo con afeites juveniles), desean alcanzar la estabilidad laboral (pero una vez alcanzado este objetivo, la ambición les dictará seguir ascendiendo), desean disfrutar de sus ratos de asueto, de sus vacaciones, y, sobre todo, de su dinero con una intensidad que no les permitiría la fundación de una familia.

No negaremos que haya razones sociales, económicas, psicológicas e incluso ideológicas por las que entre los europeos se ha extendido un modelo de convivencia tan narcisista y ensimismado en el disfrute de un bienestar puramente material. Pero, más allá de estas razones coyunturales (que no son sino lastimosas coartadas), existe una razón mucho más honda, que es el hastío vital. El amor que no se prolonga en otro ser acaba sucumbiendo a la náusea de su propia esterilidad; esos «dinkies» que se juntan para inventar una forma de entrega postiza que en realidad es una forma de egoísmo recíproco encarnan, acaso sin saberlo, el emblema de un fin de época. Algo muy grave está ocurriendo, cuando un continente que atraviesa la etapa más próspera de su historia, que dispone de medios para combatir la enfermedad y prolongar la vida, que parece haberse sacudido la amenaza de las guerras, plagas y catástrofes naturales que en otras épocas diezmaron su población, presenta una tasa de nacimientos (sólo rectificada por el flujo de inmigrantes) que ha caído por debajo del nivel de sustitución. Algo muy grave está ocurriendo, cuando cada vez más europeos se niegan a crear una nueva generación.

Los pueblos que dimiten de la procreación son pueblos que han perdido la fe en el futuro. El suicidio demográfico, ese «arrebato de automutilación» (Solzhenitsyn) que está minando la vitalidad europea, delata la crisis de una forma de civilización. Falta una esperanza que dé sentido a nuestra vida y a nuestra historia. La debilitación del concepto de familia, el ombliguismo existencial, el egoísmo parasitario de las nuevas generaciones que postergan o declinan la oportunidad de reproducirse no son sino síntomas de esa crisis. Europa no sólo carece de recursos para mantener su civilización, sino que ni siquiera posee argumentos para prolongar su existencia. A este hastío vital que mata la imaginación, entorpece el deseo y niega el futuro humano se le considera, sin embargo, una «tendencia» digna de ser emulada. Ha llegado el momento de cerrar el quiosco y esperar la llegada de los bárbaros.

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