Ante la tiranía ideológica de EpC

miércoles 28 de septiembre de 2005

La destrucción del Derecho

Este artículo se refiere al inmediatamente precedente: es aconsejable, si interesa el tema, leer los dos.

JUAN MANUEL DE PRADA
ABC, 24.09.05
PUBLICABA ayer el profesor Javier Martínez-Torrón en estas páginas un muy atinado artículo sobre el matrimonio que, implícitamente, proponía una reflexión sobre la destrucción del Derecho. Denunciaba el profesor Martínez-Torrón que el matrimonio ha dejado de ser una institución propia del derecho de familia, con unos requisitos y unas finalidades concretas, para convertirse en un derecho individual; esta «privatización» del matrimonio permitiría su libre configuración (ya no sería necesario que los contrayentes fuesen hombre y mujer), así como una mayor flexibilidad en su disolución, que ya no estaría supeditada a unas causas establecidas, sino a la mera voluntad de los cónyuges. Así, el matrimonio se convierte en un derecho del individuo que se casa con quien le apetece y se descasa cuando le viene en gana; tal grado de ejercicio libérrimo de la voluntad no se observa ni siquiera en los contratos privados. De este modo, el Derecho claudica en su función primordial (que no es otra que la consecución de un bien social a través de la seguridad jurídica), para someterse a la voluntad del individuo y autorizar legalmente su capricho. Este entendimiento del Derecho es el mismo que, en su día, postularon los totalitarismos: solo que ahora la voluntad unilateral del tirano se disfraza de voluntad ciudadana, democrática. Pero relativismo y totalitarismo anhelan un mismo objetivo: la destrucción del Derecho...

Por supuesto, en esta deificación de la voluntad del individuo subyacen conveniencias inconfesables. La destrucción del Derecho reporta réditos electorales: esa, y no otra, es la razón por la que la facción gobernante ha impulsado una reforma de la institución matrimonial; esa, y no otra, es la razón de los titubeos de la facción opositora, que teme que su recurso ante el Tribunal Constitucional adelgace su provisión de votos. Lo que en dicho recurso se sustancia no es tanto la constitucionalidad del llamado matrimonio homosexual, sino la determinación de su naturaleza. La institución matrimonial, tal como la concibió el Derecho, no atiende a las inclinaciones o preferencias sexuales de los contrayentes, sino a la dualidad de sexos, conditio sine qua non para la continuidad social. La finalidad de la institución matrimonial no es tanto la satisfacción de derechos individuales como la supervivencia de la sociedad humana, a través en primer lugar de la procreación y luego de la transmisión de valores y derechos patrimoniales que dicha procreación genera. Quienes defienden el llamado matrimonio homosexual se preguntan contrariados por qué habrá gente que no desea que los homosexuales sean felices; naturalmente, esta pregunta es una necedad o un alarde de cinismo (o ambas cosas a la vez), puesto que la misión de la institución matrimonial, según la concibe el Derecho, no ha consistido jamás en garantizar la felicidad de los contrayentes (con cierta frecuencia, incluso, ha garantizado más bien su desdicha solidaria). Pero en esta vindicación retórica de la «felicidad» se demuestra que la satisfacción de un deseo, de una pura volición personal, ha suplantado la finalidad originaria de la institución matrimonial. Esta concepción del matrimonio como garante de la felicidad individual incorpora, además, un inexistente «derecho a la adopción». De este modo, una institución jurídica que trataba de restablecer los vínculos de filiación del niño (vínculos que presuponen a un hombre y a una mujer) se ha transformado en un nuevo «derecho» de los cónyuges; de este modo, el niño adoptado se convierte en un bien mostrenco que los contrayentes -heterosexuales u homosexuales- pueden procurarse según su capricho.

Estamos caminando sin darnos cuenta hacia la destrucción del Derecho. Tampoco los borregos que se hacinan en el remolque de un camión saben adónde los llevan.

Matrimonios a la carta

Por JAVIER MARTÍNEZ-TORRÓN CATEDRÁTICO DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVESIDAD COMPLUTENSE
ABC, 23 de septiembre de 2005
LA legislatura de California aprobó, el 6 de septiembre, una ley que permitirá el matrimonio homosexual, al definir el matrimonio como una unión entre «dos personas», y no entre hombre y mujer. La actitud de la Asamblea Legislativa californiana -dominada por el Partido Demócrata- viene así a unirse a la reciente experiencia canadiense y española. Es una buena noticia para quienes contemplan el matrimonio desde la estricta perspectiva de un derecho individual más que como una institución vertebradora de una familia en el sentido tradicional del término. Pero es también una sorprendente noticia para los ciudadanos californianos, que en un referéndum de marzo de 2000, por mayoría del 61,4 por ciento, aprobaron una reforma del Código de Familia según la cual sólo podía celebrarse o reconocerse válidamente «el matrimonio entre un hombre y una mujer». De ahí que el gobernador Schwarzenegger haya anunciado que, por respeto a la voluntad de los ciudadanos, vetará la ley recién aprobada (el estrecho margen por el que fue aprobada la ley le permite hacerlo). «No podemos tener -declaraba su portavoz- un sistema en el que el pueblo vota y la legislatura actúa contra ese voto»...

Para sus valedores, la eliminación de la heterosexualidad significa un paso más en la apertura hacia nuevas formas de matrimonio, basadas en una privatización de su contenido jurídico, como una consecuencia que derivaría de su consideración estrictamente como derecho individual. En esa línea se inscriben también otras políticas matrimoniales, como las de agilizar al máximo el procedimiento de divorcio. La unión en sí misma, y la tutela jurídica de su estabilidad, pierde consistencia a ojos del legislador, quien tiende a prestar atención sólo a los deberes derivados de la eventual paternidad, los cuales existirían con o sin el matrimonio.

No ha de extrañar, por otro lado, que ahora se reclame el matrimonio homosexual, pues hace ya más de medio siglo que viene produciéndose un proceso de privatización a ultranza del matrimonio, así como una clara apuesta por su fácil disolución que otorga a la voluntad unilateral de los cónyuges un mayor grado de eficacia que en otros contratos. Tampoco ha de extrañar que ese itinerario de privatización y de apertura hacia nuevos modelos no se detenga aquí. Si se aceptan esos principios, el resultado lógico sería un matrimonio a la carta. Lo cual incluiría la posibilidad de la poligamia -tanto masculina como femenina-, que no es más contraria a la concepción tradicional de matrimonio que la ruptura de la heterosexualidad (en todo caso menos). Y eliminaría el tradicional rechazo del incesto: irrelevantes ya los argumentos morales en el contexto actual, los argumentos eugenésicos han perdido toda su fuerza frente a eficientes sistemas contraceptivos y a una política liberal en materia de aborto. Ese potencial desarrollo futuro de los principios desde los que se preconiza el matrimonio homosexual debería mover a reflexión acerca de si el estricto individualismo es el fundamento más adecuado para redefinir una realidad, el matrimonio, que se ha juzgado esencial, universalmente, para el buen funcionamiento de una sociedad. En efecto, los modelos de matrimonio y familia muestran notables variaciones históricas y geográficas, pero con una constante: se los ha considerado instituciones que trascienden el interés meramente individual, por legítimo que sea.

Por otra parte, hay algunas cosas en el presente debate político y mediático sobre el matrimonio que no se comprenden bien. Especialmente dos.

Primero, este proceso de transformación radical del modelo legal de matrimonio y de familia -que termina por influir poderosamente en las costumbres y la ética sociales- se ha ido llevando a cabo fragmentadamente, y a menudo precipitadamente. No se ha propiciado, y a veces ni siquiera se ha permitido, un serio debate intelectual, social o político. Podrá discutirse si el modelo tradicional de familia es de verdad inmutable, o bien si es posible sugerir una metamorfosis integral de ese modelo (o su extinción). Pero no parece adecuado transformar lo que ha sido uno de los pilares de nuestro tipo de sociedad sin abordar los problemas que su radical privatización puede plantear -y los que de hecho lleva planteando desde hace años- con cierta calma y profundidad. Y también con real libertad de expresión, nada fácil en un clima de «discusión» mediática que tiende a estigmatizar, y a descalificar, a quienes se atreven a mantener posiciones diferentes (paradójicamente, tachándolos de dogmáticos y reaccionarios: se supone que lo más dogmático es no tolerar la opinión contraria a la propia).

En segundo lugar, sorprende que la autonomía de la voluntad suela invocarse como argumento sólo a favor de la laxitud de las reglas aplicables al matrimonio, pero no en sentido opuesto. Quiero decir que el mismo principio debería aplicarse a aquellas personas que libremente decidan someter su matrimonio, y su proceso disolutorio, a un régimen más estricto. La opción por privatizar la regulación jurídica del matrimonio -el matrimonio «a la carta»- implica también la posibilidad de que, en virtud de su autonomía contractual, los contrayentes pacten un esquema matrimonial parecido al del matrimonio tradicional. Es lo que se ha tratado de hacer, en muchos estados norteamericanos, con la figura del covenant marriage, recurriendo a las reglas básicas del derecho de contratos.

No estoy seguro de que el actual proceso de transformación jurídica del matrimonio en algunas sociedades occidentales tenga marcha atrás en el futuro inmediato. Pero sí tengo claro que los mismos principios en que se basa -parezcan o no legítimos- permiten el afianzamiento de posiciones favorables al matrimonio-institución. Es algo que no deberían olvidar sus partidarios, y especialmente las iglesias, que son las que principalmente mantienen hoy la necesidad de retornar a una noción de familia centrada en el matrimonio, y a una noción de matrimonio que responda al diseño que ha sido predominante en Occidente durante siglos. Quizá tendrían que apostar por la vía de la responsabilidad social de los ciudadanos más que por la vía de una imposición legal que de momento resulta poco probable. En vez de seguir una estrategia de no contaminación con un sistema jurídico matrimonial que se considera inaceptable, se trataría de utilizar el principio de autonomía de la voluntad para reclamar el derecho a regular la propia vida matrimonial del modo que uno considere más conveniente.

Sida: El "preocupante" éxito de Uganda

Ignacio Aréchaga
Aceprensa 101/05, 14-09-2005
Uganda es un caso raro de éxito en la lucha contra el sida en África. La tasa de infección por el VIH de las personas de 15 a 49 años ha pasado del 30% a principios de los años noventa al 5% el pasado año. En comparación, en Sudáfrica, un país más avanzado, están infectadas el 21,5%. Hay motivos, pues, para mirar a Uganda -un país de 27 millones de habitantes, el 43% católicos- y tratar de copiar esa estrategia que tanto éxito ha tenido. Pues no. A juzgar por la prensa internacional, la situación de Uganda "preocupa". Hasta ha merecido un editorial del "New York Times" (5-09-2005). No, no es que haya aumentado la tasa de infección. Lo que preocupa es que se utilizan menos condones y se acusa al gobierno ugandés de no promoverlos...


Es sabido que el avance en Uganda en la lucha contra el sida se debió a cambios en la conducta sexual. Desde 1986 las campañas del gobierno lanzaban un mensaje claro conforme a la estrategia que se ha dado en llamar ABC: Abstinencia, fidelidad (Be faithful), usar Condones si falla lo anterior. La llamada a dejar de tener varias parejas, ser fiel a la propia y retrasar las relaciones sexuales en el caso de los adolescentes, dio fruto. El mayor descenso de la tasa de infección por VIH y el cambio más acusado en la conducta sexual se produjeron entre los jóvenes de 15 a 19 años. La promiscuidad sexual de los mayores también bajó. Ningún otro gobierno africano sostuvo tan constantemente la estrategia ABC. Y ninguno ha tenido tanto éxito.

Pero es un éxito preocupante para algunos, por el modo en que se ha conseguido. Sthepen Lewis, antiguo embajador de Canadá en la ONU, y ahora enviado especial de la ONU para la lucha contra el sida en África, está muy alarmado. A finales de agosto declaraba en una teleconferencia que Uganda estaba poniendo más énfasis en la abstinencia y la fidelidad que en los condones. "En los últimos diez meses ha habido una significativa reducción en la utilización de preservativos, orquestada por las políticas del gobierno", dijo. Lewis aseguró que había una campaña para desacreditar el uso de preservativos, dirigida por la mujer del presidente Museveni, y que eso solo podía conducir al aumento de las infecciones.

A la vez, algunas ONG de origen occidental, como el Centro para la Salud y la Igualdad de Género, denunciaban que los condones han subido de precio, que hay escasez de preservativos gratuitos, que el gobieno los retiene, y que desde octubre del año anterior solo se han distribuido 32 millones cuando Uganda necesita entre 120 y 150 millones de condones al año. Por su parte, el "New York Times" asegura que se necesitan 80 millones. Ya se ve que no es una cifra muy "científica".

El ministro de Salud ugandés ha respondido que el gobierno sigue manteniendo la estrategia ABC que tan buenos resultados ha dado. Niega que exista una escasez de preservativos. El gobierno, dice, "es consciente de que hay gente que tendrá que utilizar condones, como prostitutas, parejas descontentas y jóvenes sexualmente activos". Y contraataca diciendo que "existe una campaña de desprestigio coordinada por los que no quieren que se usen otras alternativas simultáneamente con los condones en la lucha contra el sida".

Pero los ataques contra el gobierno de Uganda miran sobre todo a desautorizar la política de EE.UU., que es el mayor donante mundial de fondos en la lucha contra el sida. Así, el citado Stephen Lewis ha acusado a EE.UU. de "poner en peligro" los avances que ha hecho Uganda en la lucha contra el sida. La administración Bush está apoyando programas que no se centran solo en los condones, sino en el cambio de conducta sexual por la abstinencia y la fidelidad. Esto basta para que algunos grupos denuncien que está "moralizando" un asunto que es solo de salud pública. Lo cual no les impide a su vez denunciar como "inmoral" que un gobierno limite las opciones de la gente haciendo mayor énfasis en A y B. En realidad, cuando la moral ayuda al descenso de la tasa de infección de un virus, se convierte en un buen recurso sanitario.

Quizá lo que preocupa a algunos es que el éxito de Uganda demuestre por contraste la insuficiencia y hasta el fracaso de las políticas centradas solo en los preservativos. Pero aquellos que no creen "realista" plantear un cambio en las conductas sexuales deberían al menos atender a la realidad de las cifras. Lo curioso es que gente como Stephen Lewis está más preocupada por la falta de preservativos en un país que ha tenido éxito en la lucha contra el sida que por el fracaso de la estrategia en otros países donde los preservativos abundan.

martes 20 de septiembre de 2005

La conquista de la verdadera libertad

Alfonso López Quintás es Catedrático emérito de la universidad Complutense de Madrid Miembro de la RealAcademia de Ciencias Morales y Políticas y Presidente de la Escuela de Pensamiento y Creatividad

Destacados psicólogos afirman que una persona está básicamente formada cuando tiene una idea cabal de la libertad. El protagonista de la obra de Jean Paul Sartre Los caminos de la libertad. La prórroga va a la estación de la que han de partir los movilizados para defender a la patria de la invasión nacionalsocialista. Pero deja que el tren se aleje, abarrotado de jóvenes, y se vuelve a París. Callejea sin rumbo, contempla largamente el Sena, da vueltas a mil pensamientos, se siente invadido de libertad. Todo él es libertad. Pero al final se pregunta: “Y ¿qué voy a hacer yo con toda esta libertad? ¿Qué voy a hacer conmigo”? Sin duda intuyó que su libertad era vacía, no conducía a ninguna meta, no era impulsada por ningún ideal digno de la persona humana.

Un desertor es una persona que rompe amarras con su patria. Cuando un país es invadido por un enemigo, se moviliza entero en orden a su defensa. Todo cambia en él de sentido. Las metas de cada vida quedan supeditadas a la gran meta: defender la patria. Al hacerlo, cobra sentido la vida de cada ciudadano. Matthieu, el protagonista de la obra de Sartre, no se orienta hacia esa meta. Por ello, cuanto haga estará fuera de lugar. Carecerá de sentido. Será un extraño en su país. Se ha desvinculado, es libre, pero tan menguada libertad no le lleva a ninguna parte que dé sentido a su vida. Esa libertad vacía no es fruto de una conquista, sino puro resultado de una huida traidora. El traidor se mueve con una forma de libertad absoluta (ab-soluta, desgajada de todo vínculo), pero, al hacerlo, no hace sino “deslizarse por un astro muerto”. París, toda Francia, el mundo entero es para él un desierto. La libertad vacía deja la vida humana desolada.

Esta situación de desconcierto resulta especialmente penosa para nosotros pues el anhelo de libertad se halla enraizado en lo más profundo de nuestro ser. Es ley de vida que el ser humano quiere emanciparse de cuanto bloquea su desarrollo normal. El bebé se agita en la cuna para ejercitar sus potencias motrices; el niño va perdiendo poco a poco su apego casi fusional a los padres a fin de moverse autónomamente; el joven se esfuerza por independizarse en el pensar y actuar... Es una lucha por adquirir libertad. Pero ¿en qué consiste la verdadera libertad? Descubrirlo es un hallazgo decisivo para toda la vida. Por esta profunda razón, una tarea ineludible del proceso de formación humana es descubrir en qué consiste verdaderamente ser libre.
Por fortuna, el conocimiento de la función que ejerce en nuestra vida el auténtico ideal nos permite clarificar a fondo esta cuestión. Para hacerlo, veamos, por sus pasos, cómo van surgiendo en nuestra vida y articulándose entre sí las diversas formas de libertad.

Diversas formas de libertad

1) La libertad de ejercitar las potencias fisiológicas y psíquicas.
La primera forma de libertad que desea ejercitar el ser humano es la de movimiento. El bebé, en la cuna, mueve sus extremidades constantemente y se sentiría muy frustrado si no pudiera realizarlo. A medida que pone en forma sus potencias –moverse, ver, oír, tocar, pensar, recordar, querer…-, el niño tiende a ejercitarlas con avidez.

El paralítico se ve trabado, incapaz de dar rienda suelta a su afán de caminar por propia cuenta, desplegar energías, desplazarse, tomar iniciativas… No se siente libre, y su estado de postración le causa un profundo malestar. Le falla la vida en su misma raíz, porque la libertad de ejercitar las potencias fisiológicas y psíquicas está enraizada en las bases mismas del propio ser.

2) La libertad de ejercitar dichas potencias en todo tiempo y lugar. El recluso que tiene libertad para ejercitar sus potencias naturales, por gozar de buena salud, pero no puede hacerlo donde y cuando quiere siente la cárcel como un encierro asfixiante, pues reprime una tendencia natural. Su deseo de liberación es, en cierta medida, semejante al del minusválido. Aunque la prisión sea amplia y confortable, la imposibilidad de planificar sus movimientos le produce una sensación desazonante de ahogo, semejante al del asmático que se ve rodeado de aire por todas partes pero no puede aspirarlo. Al prisionero le sucede esto respecto al espacio.

3) La libertad de moverse en la sociedad con el indispensable desahogo económico. El que puede moverse sin trabas en un medio social que ofrece múltiples posibilidades de diverso orden pero no puede asumirlas por carecer de medios económicos adecuados se siente privado de libertad. Como acabamos de ver, nuestra primera forma de libertad viene dada por la capacidad de ejercitar sin traba alguna nuestras potencias: andar, ver, oír, hablar, pensar, hacer proyectos de todo orden... Pero el ejercicio de las potencias no es fecundo si no contamos con posibilidades. Leonardo da Vinci tuvo potencias extraordinarias –inteligencia, imaginación creadora, poder inventivo…-, pero no pudo satisfacer su ansia de volar, porque su sociedad carecía de posibilidades para ello -conocimientos científicos y técnicos, recursos económicos, planes políticos...- La falta de posibilidades supone para el hombre una merma de libertad. De ahí que pasar de la penuria económica a la holgura suponga una liberación.

Para sentirse libre, debe uno contar con posibilidades diversas entre las que poder elegir. Por eso los niños y los jóvenes suelen considerarse muy libres cuando disponen de numerosas posibilidades y pueden elegir las que desean. Esta capacidad de elección podemos denominarla libertad de maniobra. El gobernante que ofrece este tipo de libertad a los ciudadanos es considerado a menudo como un liberador, un promotor de la libertad. ¿Es ésta una valoración justa? En ciertos casos sí, mas en otros no, pues poder elegir entre muchas posibilidades no equivale todavía a ser libre interiormente. Es sólo una condición para ello, como lo es el ejercicio expedito de las propias potencias -ver, oír, andar...-.

4) La libertad de moverse en la vida social con un plan ilusionante. Uno puede disponer de amplia libertad de movimiento y elección pero no tener un plan de conjunto que oriente sus decisiones hacia una meta, un valor que dé sentido a la vida. Siente satisfacción al poder elegir, pero se ve frustrado al advertir que sus elecciones se mueven dentro de un horizonte vital muy angosto. Hay formas de pensar y de orientar la vida que reducen considerablemente el valor de cuanto se realiza: el amor es reducido a la saciedad de un impulso pasional; el deporte es visto como mera competición, afanosa de ganar a cualquier precio por razones de revancha y prepotencia; el poder es ansiado como medio para aumentar el dominio y la posesión de bienes de todo orden… Estas precarias “concepciones de la vida” someten, en la actualidad, a multitud de personas a servidumbre espiritual mediante los recursos demagógicos de la manipulación. El que es presa fácil de las tácticas manipuladoras carece de libertad interior.

5) La libertad de moverse en un ambiente acogedor. Una persona puede disponer de las diversas formas de libertad indicadas anteriormente, pero hallarse sometido a diversas presiones y chantajes debido a motivos ideológicos, políticos, morales o religiosos. Tiene capacidad para actuar con eficacia y excelencia, incluso en niveles culturales elevados, pero se enfrenta a un cerco de hostilidad que convierte cada decisión en una fuente de riesgos. Los que han vivido alguna época de terror en su vida no podrán olvidar el deseo vehemente que sentían de verse liberados de esa insufrible tensión.

6) La libertad para crear las formas más elevadas de unidad, es decir, formas de encuentro. Supongamos que una persona disfruta de las cinco formas de libertad reseñadas anteriormente -tiene capacidad de ejercitar sus potencias en todo tiempo y lugar, dispone de holgura económica, se halla en un entorno propicio, actúa con una finalidad precisa…- y desempeña, merced a ello, un papel relevante en la sociedad. Podemos pensar que es totalmente libre, pues cuenta con muchas posibilidades y se halla en franquía para elegir las que desea. Debemos recordar, no obstante, que esta elección de posibilidades sólo tiene cabal sentido en nuestra vida si se ajusta a las exigencias que plantea nuestro desarrollo personal. Tales exigencias son las mismas del encuentro, ya que los seres humanos vivimos como personas y nos perfeccionamos como tales creando toda suerte de encuentros, entendidos en su plenitud de sentido. Crear estos modos elevados de unidad es nuestra meta en la vida, nuestro ideal. Hemos de orientar la capacidad de elección hacia dicha meta. En caso positivo, somos “libres para ser creativos”.


La libertad creativa consiste en orientar la vida hacia el ideal auténtico


En las cinco primeras formas antedichas de libertad se pone el acento en la liberación de alguna traba: la imposibilidad de movernos –en absoluto o en determinados lugares-, la carencia de posibilidades económicas, la falta de un entorno amistoso…-. Esto puede inclinarnos a pensar que ser libre es carecer de impedimentos que coarten las diversas formas de juego que deseamos realizar en la vida. Ser plenamente libre se reduce, así, a disfrutar de una plena “libertad de maniobra”. Tal limitación del concepto de libertad lo priva de su sentido más elevado.

Tras explicar esto en un congreso, un joven se acercó a mí visiblemente conmovido y me dijo con gran tristeza: “¡Me ha hecho usted polvo!”. “No era mi intención -le respondí-. ¿Qué le sucede?”. “Hasta hace una hora –agregó- yo me creía la persona más libre del mundo, pues mis padres me mantienen a tope una cuenta corriente y me dejan tomar las iniciativas que desee. Pero yo elijo sólo en virtud de mis apetencias. Y usted acaba de explicar que los deseos no llevan en sí su propia justificación. Por eso, puedo desear algo intensamente, y, al cons