Alfonso López Quintás es Catedrático emérito de la universidad Complutense de Madrid Miembro de la RealAcademia de Ciencias Morales y Políticas y Presidente de la Escuela de Pensamiento y Creatividad
Destacados psicólogos afirman que una persona está básicamente formada cuando tiene una idea cabal de la libertad. El protagonista de la obra de Jean Paul Sartre Los caminos de la libertad. La prórroga va a la estación de la que han de partir los movilizados para defender a la patria de la invasión nacionalsocialista. Pero deja que el tren se aleje, abarrotado de jóvenes, y se vuelve a París. Callejea sin rumbo, contempla largamente el Sena, da vueltas a mil pensamientos, se siente invadido de libertad. Todo él es libertad. Pero al final se pregunta: “Y ¿qué voy a hacer yo con toda esta libertad? ¿Qué voy a hacer conmigo”? Sin duda intuyó que su libertad era vacía, no conducía a ninguna meta, no era impulsada por ningún ideal digno de la persona humana.
Un desertor es una persona que rompe amarras con su patria. Cuando un país es invadido por un enemigo, se moviliza entero en orden a su defensa. Todo cambia en él de sentido. Las metas de cada vida quedan supeditadas a la gran meta: defender la patria. Al hacerlo, cobra sentido la vida de cada ciudadano. Matthieu, el protagonista de la obra de Sartre, no se orienta hacia esa meta. Por ello, cuanto haga estará fuera de lugar. Carecerá de sentido. Será un extraño en su país. Se ha desvinculado, es libre, pero tan menguada libertad no le lleva a ninguna parte que dé sentido a su vida. Esa libertad vacía no es fruto de una conquista, sino puro resultado de una huida traidora. El traidor se mueve con una forma de libertad absoluta (ab-soluta, desgajada de todo vínculo), pero, al hacerlo, no hace sino “deslizarse por un astro muerto”. París, toda Francia, el mundo entero es para él un desierto. La libertad vacía deja la vida humana desolada.
Esta situación de desconcierto resulta especialmente penosa para nosotros pues el anhelo de libertad se halla enraizado en lo más profundo de nuestro ser. Es ley de vida que el ser humano quiere emanciparse de cuanto bloquea su desarrollo normal. El bebé se agita en la cuna para ejercitar sus potencias motrices; el niño va perdiendo poco a poco su apego casi fusional a los padres a fin de moverse autónomamente; el joven se esfuerza por independizarse en el pensar y actuar... Es una lucha por adquirir libertad. Pero ¿en qué consiste la verdadera libertad? Descubrirlo es un hallazgo decisivo para toda la vida. Por esta profunda razón, una tarea ineludible del proceso de formación humana es descubrir en qué consiste verdaderamente ser libre.
Por fortuna, el conocimiento de la función que ejerce en nuestra vida el auténtico ideal nos permite clarificar a fondo esta cuestión. Para hacerlo, veamos, por sus pasos, cómo van surgiendo en nuestra vida y articulándose entre sí las diversas formas de libertad.
Diversas formas de libertad
1) La libertad de ejercitar las potencias fisiológicas y psíquicas. La primera forma de libertad que desea ejercitar el ser humano es la de movimiento. El bebé, en la cuna, mueve sus extremidades constantemente y se sentiría muy frustrado si no pudiera realizarlo. A medida que pone en forma sus potencias –moverse, ver, oír, tocar, pensar, recordar, querer…-, el niño tiende a ejercitarlas con avidez.
El paralítico se ve trabado, incapaz de dar rienda suelta a su afán de caminar por propia cuenta, desplegar energías, desplazarse, tomar iniciativas… No se siente libre, y su estado de postración le causa un profundo malestar. Le falla la vida en su misma raíz, porque la libertad de ejercitar las potencias fisiológicas y psíquicas está enraizada en las bases mismas del propio ser.
2) La libertad de ejercitar dichas potencias en todo tiempo y lugar. El recluso que tiene libertad para ejercitar sus potencias naturales, por gozar de buena salud, pero no puede hacerlo donde y cuando quiere siente la cárcel como un encierro asfixiante, pues reprime una tendencia natural. Su deseo de liberación es, en cierta medida, semejante al del minusválido. Aunque la prisión sea amplia y confortable, la imposibilidad de planificar sus movimientos le produce una sensación desazonante de ahogo, semejante al del asmático que se ve rodeado de aire por todas partes pero no puede aspirarlo. Al prisionero le sucede esto respecto al espacio.
3) La libertad de moverse en la sociedad con el indispensable desahogo económico. El que puede moverse sin trabas en un medio social que ofrece múltiples posibilidades de diverso orden pero no puede asumirlas por carecer de medios económicos adecuados se siente privado de libertad. Como acabamos de ver, nuestra primera forma de libertad viene dada por la capacidad de ejercitar sin traba alguna nuestras potencias: andar, ver, oír, hablar, pensar, hacer proyectos de todo orden... Pero el ejercicio de las potencias no es fecundo si no contamos con posibilidades. Leonardo da Vinci tuvo potencias extraordinarias –inteligencia, imaginación creadora, poder inventivo…-, pero no pudo satisfacer su ansia de volar, porque su sociedad carecía de posibilidades para ello -conocimientos científicos y técnicos, recursos económicos, planes políticos...- La falta de posibilidades supone para el hombre una merma de libertad. De ahí que pasar de la penuria económica a la holgura suponga una liberación.
Para sentirse libre, debe uno contar con posibilidades diversas entre las que poder elegir. Por eso los niños y los jóvenes suelen considerarse muy libres cuando disponen de numerosas posibilidades y pueden elegir las que desean. Esta capacidad de elección podemos denominarla libertad de maniobra. El gobernante que ofrece este tipo de libertad a los ciudadanos es considerado a menudo como un liberador, un promotor de la libertad. ¿Es ésta una valoración justa? En ciertos casos sí, mas en otros no, pues poder elegir entre muchas posibilidades no equivale todavía a ser libre interiormente. Es sólo una condición para ello, como lo es el ejercicio expedito de las propias potencias -ver, oír, andar...-.
4) La libertad de moverse en la vida social con un plan ilusionante. Uno puede disponer de amplia libertad de movimiento y elección pero no tener un plan de conjunto que oriente sus decisiones hacia una meta, un valor que dé sentido a la vida. Siente satisfacción al poder elegir, pero se ve frustrado al advertir que sus elecciones se mueven dentro de un horizonte vital muy angosto. Hay formas de pensar y de orientar la vida que reducen considerablemente el valor de cuanto se realiza: el amor es reducido a la saciedad de un impulso pasional; el deporte es visto como mera competición, afanosa de ganar a cualquier precio por razones de revancha y prepotencia; el poder es ansiado como medio para aumentar el dominio y la posesión de bienes de todo orden… Estas precarias “concepciones de la vida” someten, en la actualidad, a multitud de personas a servidumbre espiritual mediante los recursos demagógicos de la manipulación. El que es presa fácil de las tácticas manipuladoras carece de libertad interior.
5) La libertad de moverse en un ambiente acogedor. Una persona puede disponer de las diversas formas de libertad indicadas anteriormente, pero hallarse sometido a diversas presiones y chantajes debido a motivos ideológicos, políticos, morales o religiosos. Tiene capacidad para actuar con eficacia y excelencia, incluso en niveles culturales elevados, pero se enfrenta a un cerco de hostilidad que convierte cada decisión en una fuente de riesgos. Los que han vivido alguna época de terror en su vida no podrán olvidar el deseo vehemente que sentían de verse liberados de esa insufrible tensión.
6) La libertad para crear las formas más elevadas de unidad, es decir, formas de encuentro. Supongamos que una persona disfruta de las cinco formas de libertad reseñadas anteriormente -tiene capacidad de ejercitar sus potencias en todo tiempo y lugar, dispone de holgura económica, se halla en un entorno propicio, actúa con una finalidad precisa…- y desempeña, merced a ello, un papel relevante en la sociedad. Podemos pensar que es totalmente libre, pues cuenta con muchas posibilidades y se halla en franquía para elegir las que desea. Debemos recordar, no obstante, que esta elección de posibilidades sólo tiene cabal sentido en nuestra vida si se ajusta a las exigencias que plantea nuestro desarrollo personal. Tales exigencias son las mismas del encuentro, ya que los seres humanos vivimos como personas y nos perfeccionamos como tales creando toda suerte de encuentros, entendidos en su plenitud de sentido. Crear estos modos elevados de unidad es nuestra meta en la vida, nuestro ideal. Hemos de orientar la capacidad de elección hacia dicha meta. En caso positivo, somos “libres para ser creativos”.
La libertad creativa consiste en orientar la vida hacia el ideal auténtico
En las cinco primeras formas antedichas de libertad se pone el acento en la liberación de alguna traba: la imposibilidad de movernos –en absoluto o en determinados lugares-, la carencia de posibilidades económicas, la falta de un entorno amistoso…-. Esto puede inclinarnos a pensar que ser libre es carecer de impedimentos que coarten las diversas formas de juego que deseamos realizar en la vida. Ser plenamente libre se reduce, así, a disfrutar de una plena “libertad de maniobra”. Tal limitación del concepto de libertad lo priva de su sentido más elevado.
Tras explicar esto en un congreso, un joven se acercó a mí visiblemente conmovido y me dijo con gran tristeza: “¡Me ha hecho usted polvo!”. “No era mi intención -le respondí-. ¿Qué le sucede?”. “Hasta hace una hora –agregó- yo me creía la persona más libre del mundo, pues mis padres me mantienen a tope una cuenta corriente y me dejan tomar las iniciativas que desee. Pero yo elijo sólo en virtud de mis apetencias. Y usted acaba de explicar que los deseos no llevan en sí su propia justificación. Por eso, puedo desear algo intensamente, y, al cons