![]() |
Foto atarifa CC |
Hoy, buscando lo que no he encontrado, me he topado con aquellos relatos y me he sorprendido a mí mismo. A la vuelta de más de una década he disfrutado leyéndolos más que, que recuerde, cuando los escribí. Y he pensado que es lo que necesita este blog, de vez en cuando: un poco de fantasía que permita ver, con otros ojos, la realidad que nos rodea. No es evasión, es otra perspectiva, una perspectiva mucho mejor.
Enlazaré estas entradas bajo la etiqueta "Cuentos", y ya veremos lo que dan de si. Serán entradas largas, porque pienso que estas historias, con ser breves, no se pueden trocear, al menos algunas hay que leerlas del tirón. Si alguien lo pasa bien con ellas, me alegraré aún más.*
Antes de publicar esta entrada, voy a añadir alguna cosa que no es mía, y por esto, probablemente, mejor. Me encantan las historias que hay dentro de las historias; viven dentro, pero tienen vida propia, como los embriones. La que ahora os pongo está en una película que se hizo famosa en su día, es cruel e inquietante, muy a tono con su envoltorio y con la escena en la que aparece. Reconozco que me gustan las historias con un punto inquietante y cruel, mi sobrina me lo reprochó a menudo, y las historias de princesas. Es el cuento de la princesa, de Tesis.
-Te voy a contar un cuento, como a los niños.
Había una vez una princesa que vivía en un palacio muy grande.
-¿Y?
-El día en que cumplía trece años, le hicieron una gran fiesta con trapecistas, magos, payasos; pero la princesa se aburría. Entonces apareció un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire. “Sigue saltando, por favor” –dijo la princesa; pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se largó a sus aposentos. Al rato, el enano se fue a buscarla convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque: “ella no es feliz aquí”, pensaba el enano, yo la cuidaré y la haré reír siempre. El enano recorrió el palacio buscando la habitación de la princesa; pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible, ante él había un monstruo con ojos torcidos y sanguinolentos, con las manos peludas y los pies enormes; el enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento entró la princesa con su séquito: “Ah, estás ahí, qué bien, baila otra vez para mí, por favor”; pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso: “ya no bailará más para vos, princesa”, -le dijo; “¿por qué?”, “porque se le ha roto el corazón”. Y la princesa contestó: “de ahora en adelante, que todos los que vengan a palacio no tengan corazón”.
Y colorín colorado, se nos están acabando las cerillas.
Comentarios