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Fútbol: deporte o espectáculo

El fútbol está cambiando, o ha cambiado. No puedo decir que me guste más. Reconozco que es más espectacular, que es quizá lo que se pide, como a todo: espectáculo, la "experiencia" del consumo. Dejo de lado la cuestión del fútbol como negocio -muy interesante, por cierto-; me interesa como fenómeno social.

La ventaja de leer de vez en cuando sobre el Imperio Romano es que confirmas aquello de nihil novum sub sole. El fútbol lo está haciendo bien, ha incorporado de forma incruenta al panem et circenses a niños y mayores, hombres y mujeres, como entretenimiento global. El cine y otras artes lo tienen crudo como dosis homeopáticas de evasión. Solo se salva la música.

Pero si hablamos de deporte, nos hemos pasado de frenada.

Mamé el fútbol desde que nací. A mi padre le gusta el fútbol, lo jugó y lo ve en televisión -no iba a los estadios, me llevó solo dos veces, y por llevarme-. Con moderación. No era de ningún equipo, era del fútbol. Yo empecé a jugar sin obsesiones, por gusto, y así ha sido hasta que el fútbol me abandonó y colgué las botas. Más bien las tiré a la basura, estaban hechas un asco. He jugado bastante, me hice del Atlético de Madrid a la edad en que uno toma las decisiones fundamentales como la de qué firma le va a acompañar toda la vida.

Recuerdo las tarde-noches de domingo, con mi padre, cenando una tortilla frente al televisor, viendo infumables partidos del tipo Albacete-Logroñés, cuando ya ni siquiera existía la "Furia española". Entonces televisaban a todos por igual. Se nos iba el pie para chutar, y mi padre se enfadaba cuando alguno fallaba o pasaba hacia atrás: y eso era continuo. ¡Cenutrio, maula, tótila!, gritaba.

Johan Cruyff nos salvó. Desde entonces el fútbol fue alcanzando cotas inimaginables de perfección, hasta llegar a lo sublime. Dominio de la técnica, de la táctica, fortaleza física, velocidad y precisión...

Pero se nos ha ido de las manos.

Los jugadores son hoy verdaderos atletas, buenos en todos los aspectos; los equipos técnicos son profesionales al máximo; hasta los equipos normalitos juegan estupendamente -otra cosa es marcar goles-.

El Mundial de Rusia ha confirma mis peores temores. Ante tanto virtuosismo e igualdad, ha ido progresando el para-fútbol. Mucha patada, mucho cuerpo, mucho brazo, mucho agarrón, poco fútbol. Hay equipos que salen directamente a no jugar ni dejar jugar al fútbol. Equipos que así ganan Mundiales y Europa Leagues. Porque son más fuertes, y porque, como son buenos, de vez en cuando lucen en destellos y ganan.

No puedes expulsar jugadores ni pitar penaltis continuamente, porque se resentiría el espectáculo. Así que, agarra, empuja, "encima", que el público está haciendo la ola de espaldas o buscándose en las tomas de grada en las pantallas gigantes.

Los goleadores escasean (el del campeón de Rusia 18 se marchó sin marcar ni un gol), los porteros son buenísimos, los defensas rapidísimos y enormes y "esas faltas no se pitan".

¿Qué pasaría si estos jugadores y equipos tan completos pudieran jugar de verdad al fútbol? Sería el no va más. Para eso sugiero, de entrada, dos sencillas medidas que no requieren empezar a expulsar gente del campo con el aval del VAR: aumentar el tamaño de las áreas y de las porterías.

¡Que viva el fútbol! ¡Que siga el espectáculo!


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