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foto atarifa CC |
Aprender a salvaguardar nuestra atención del acoso y a aplicarla a lo que de verdad nos importa -o debería importar- es cosa que no se enseña y que habrá que enseñar. Hace unos días recomendé con más insistencia de lo habitual un artículo de Montese Doval en Aceprensa que me ha gustado muchísimo: "El torbellino es el mensaje". La entradilla dice así: La comunicación efímera, más preocupada por impactar que por dejar huella, ha traído fenómenos como el “infotainment”, el ciclo de noticias de 24 horas, la posverdad o las continuas distracciones. Para salir de esta espiral vertiginosa, es preciso comprender su dinámica: solo así adquiriremos libertad para usar de forma consciente los actuales medios tecnológicos.
Se refiere al mundo de los medios de comunicación, de las noticias; pero es aplicable a toda nuestra vida. Basta observar una parada de autobús, unas personas esperando el verde de un semáforo. Recientemente también asistí a una charla de Ignacio Morón, mi psicólogo de cabecera. Dijo que hay estudios que demuestran que el cerebro necesita actividad para no ponerse nervioso; ante la inquietud de la nada, consultar el móvil lo tranquiliza. Es lo que se llama adicción.
Recapitulando: nuestra atención es adicta a lo efímero e instantáneo, y así es como nos hundimos en el torbellino. Se hace necesario, dice Doval, flotar, no atarse al palo mayor para no ser succionado por la vorágine; flotar y alcanzar la playa para, desde allí, observar el torbellino y entenderlo. Es el poder que la ascética cristiana da al silencio (por ejemplo, Cardenal Robert Sarah, La fuerza del silencio).
Una de mis teorías es que hay muchas personas que no prestan atención a lo bello, a lo bueno, a las demás personas, sencillamente porque nadie les ha enseñado, no pueden porque no saben. Mi campo de prueba es la calle; concretamente las aceras de las calles. Precisamente por eso me ha interesado el artículo que publica hoy en El Semanal Arturo Pérez Reverte. Se titula "Cediendo el paso", y dice: Lo más elemental del mundo, ceder el paso a cualquiera, al que viene de frente, (...) resulta para él algo impensable, por completo ajeno a su comprensión y a su forma de mirar el mundo. No existe, y punto. Nadie se lo ha enseñado en casa o en el colegio, o nadie le ha insistido en ello.
Tenemos pues una dificultad grande para prestar atención a cualquier cosa o persona y, para muchos, además, una incapacidad para prestarla por falta de educación. Paco Sánchez escribe hoy, en La Voz de Galicia (el artículo se llama "Atención"): Si no se atiende, no se entiende. Si no se atiende, no es posible querer, ni siquiera ser amable. (...), vivimos inmersos en una profunda crisis de atención. Apenas atendemos. Atender significa suprimir cualquier otra demanda -interna o externa- que nos distraiga de escuchar a quien habla. No se puede atender a alguien en multitarea.
Tengo la inmensa suerte de vivir en Granada. Junto a otras muchas maravillas, es una ciudad con una actividad cultural y artística desbordante. Un amigo mío dice que no hay público para tanta actividad. Tampoco nosotros, sobre todo si estamos educados para atender, tenemos atención para tanto requerimiento. Por esto hay que flotar hasta el silencio de la playa, observar el torbellino, entender su funcionamiento y seleccionar muy bien los objetos del nuestro bien más preciado y escaso: nuestra atención.
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