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Transgresores

Me han resultado muy interesantes las reflexiones de Javier Gomá en su reciente artículo, El conformismo de la transgresión (El País, 23 de abril), sobre este fenómeno tan en boca de cualquiera; pienso que explica muy bien qué queda y por qué de la pose transgresora cuando ya no hay nada que transgredir. Dice Gomá, entre otras cosas, que si en otro tiempo la transgresión contribuyó al avance de la civilización, en la sociedad liberada actual su lenguaje es superfluo y lo que exige el aprendizaje moral es otra cosa.

"La cuestión moral ahora pendiente ya no es cómo ampliar la libertad subjetiva sino cómo crear las condiciones para una convivencia pacífica entre millones de individualidades liberadas fomentando entre ellas hábitos de amistad cívica. Convivir implica aceptar positivamente algunos gravámenes restrictivos y esta aceptación exige a su vez un aprendizaje moral y sentimental del ejercicio de la libertad.
(...) En lugar de prestar ese servicio, la cultura dominante -la cultura coetánea- sigue insistiendo con monotonía en el lenguaje de la liberación. No sólo el artista o el filósofo nihilista, todo el mundo es en la hora presente un gran, un inmenso transgresor. Quien más quien menos se reclama provocador, subversivo, inconformista y rebelde. Oh, sí, por supuesto, un gran transgresor, pero ¿de qué y contra qué? El más modoso de los ciudadanos bosteza de aburrimiento ante espectáculos licenciosos que hasta hace poco habrían hecho sonrojarse al mismo Calígula. Ser transgresor es hoy como hacer top less en una playa nudista.
Si la transgresión ha perdido últimamente su èlan liberatorio se debe a que, como señala Bataille, su práctica presupone la existencia de una regla prohibitiva que se contraviene pero no se suprime, y el proceso liberador ha suprimido todas las reglas y no ha dejado nada que contravenir. La transgresión ha sido cosificada por un mercado que absorbe todas sus contradicciones y las integra en su lógica; ha sido institucionalizada por obra de un Estado que la subvenciona y le presta sus espacios oficiales (teatros y museos públicos); ha sido neutralizada por leyes que normalizan una opción sexual condenada hasta hace poco como vicio nefando.
También a mí se me escapa un bostezo ante tanta afectación anacrónica y tanta maniera antica."
Sin embargo, opino que cada época tiene sus "reglas prohibitivas", y la nuestra, por muy liberada que sea, no es una excepción: por ejemplo, resucitar los tabúes caídos. A ver, prueben ustedes a ser políticamente incorrectos de verdad, no solo políticamente correctos incorrectos; prueben a proponer el matrimonio entre un hombre y una mujer, abierto a la vida y para siempre; la belleza del trabajo de la mujer en el hogar y el cuidado de los hijos; la insalubridad mental, moral y física de la homosexualidad; la entrega a Dios en el celibato; la presencia de los signos cristianos en los espacios públicos; la enseñanza pública adecuada a la diferencia de sexos; las simples diferencias que marca la naturaleza de las cosas y las personas.

O arriésguense a crear manifestaciones artísticas que muestren la inferioridad de las culturas musulmanas, nieguen el Holocausto, celebren la colonización y el imperialismo, comparen el aborto con el nazismo, reivindiquen la causa de las potencias del Eje o de los Confederados, exalten la esclavitud, se expresen mediante lenguaje sexista o, simplemente, ejecuten descargas y plagios indiscriminados de otras creaciones culturales.

Y esto por poner solo algunos ejemplos, pues se me ocurren muchos otros. Lo que pasa es que los llamados intelectuales han derribado los tabúes con los que se atrevían o a los que tenían ganas (fundamentalmente sexo y religión católica), y ahora los añoran; porque con todos los otros, vigentes y perfectamente asumidos, ni se atreven ni ganas tienen.

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