La Semana Santa, por lo menos en España, es tiempo muy adecuado para la meditación, al hilo de las imágenes que procesionan por las calles de muchas ciudades y pueblos, de las ceremonias litúrgicas católicas (los "Oficios") y de muchas costumbres que tienen como denominador común la fe en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo.
Naturalmente, estos días que están a punto de acabar tienen de todo; pero también esa meditación de la vida y de la muerte, de la fugacidad y el sentido. Muchas son meditaciones directamente religiosas, como corresponde; pero las hay también que desentrañan con lucidez, sobre el cimiento de lo que celebramos, los motivos de lo que se ha dado en llamar el "malestar de la sociedad opulenta".
Andrés Trapiello es escritor agudo, para mi gusto y disgusto, según los casos. Esta vez, me ha sorprendido y agradado mucho su artículo "Este es tu cuerpo", publicado en el Magazine del 22 de marzo pasado. Dice:
No, el católico no oculta ni olvida ni banaliza los cuerpos enfermos, no debe hacerlo si quiere seguir la doctrina de ese Cristo humillado, lacerado, atormentado hasta la muerte y resucitado que exhibe cada Semana Santa para recordar y recordarnos la pura verdad de nuestra condición humana.
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Naturalmente, estos días que están a punto de acabar tienen de todo; pero también esa meditación de la vida y de la muerte, de la fugacidad y el sentido. Muchas son meditaciones directamente religiosas, como corresponde; pero las hay también que desentrañan con lucidez, sobre el cimiento de lo que celebramos, los motivos de lo que se ha dado en llamar el "malestar de la sociedad opulenta".
Andrés Trapiello es escritor agudo, para mi gusto y disgusto, según los casos. Esta vez, me ha sorprendido y agradado mucho su artículo "Este es tu cuerpo", publicado en el Magazine del 22 de marzo pasado. Dice:
Jamás ha conocido la historia de la humanidad un grado tan elevado, y compartido por más gente, del hedonismo. El desarrollo de los placeres corporales se ha sofisticado tanto en el primer mundo que cualquier empleado modesto podría disfrutar de su propio cuerpo, en lo concerniente a sustento, sexo, higiene y confort cotidiano más y mejor de lo que pudieron hacerlo los emperadores romanos o los reyes absolutistas, y la industria destinada a hacernos más placentera, saludable y larga la vida está tan desarrollada que incluso quienes nos beneficiamos de sus adelantos podemos reputarlos a menudo de “excesivos” por innecesarios (...).
Hasta el día en que los cuerpos empiezan a necesitar cuidados médicos (...). Escudándose en que la estampa no es agradable, la sociedad que exhibió los cuerpos sanos ocultará los cuerpos enfermos, viejos o muertos y con ellos todo lo que estos podrían enseñarnos, la lealtad y los afectos puros en la adversidad, como vemos que aún sucede en otras partes del planeta, donde no huyen del dolor, sino que lo comparten sin banalizarlo.
No, el católico no oculta ni olvida ni banaliza los cuerpos enfermos, no debe hacerlo si quiere seguir la doctrina de ese Cristo humillado, lacerado, atormentado hasta la muerte y resucitado que exhibe cada Semana Santa para recordar y recordarnos la pura verdad de nuestra condición humana.
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