
He detectado entre los opinadores españoles cierta decepción, quizá piensan que el discurso de ayer ha sido más bien clásico, nada rompedor, sin aliento épico, sin nada que colgar de la pared. “No, si ha estado bien, bien”, dicen; y ahora están en la tarea de subrayar lo que no destaca por sí mismo.
Pues a mí me ha gustado, qué quieren que les diga; me ha gustado mucho. Me ha gustado ese poner por delante las dificultades, ese apelar a sacrificio de todos –tan lejos de las promesas del oro y el moro de nuestros políticos-, ese asumir el liderazgo con todas sus consecuencias (“Seguimos siendo la nación más próspera y poderosa de la Tierra (…) estamos listos para asumir el liderazgo una vez más”).
Me ha gustado la referencia al deber, la llamada a la responsabilidad, la confianza en la virtud… Entre otros, me han gustado particularmente estos párrafos:
Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.Me parece que sí hay qué colgar de la pared en este discurso, si uno gusta de colgar sentencias en las paredes.
Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.
Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.
Comentarios
Hay que orar y rabajar mucho,
Gracias y bendiciones